Suele decirse que la muerte nos iguala como personas, que vivamos como vivamos nadie se libra de ella, pero ¿realmente es así? La esperanza de vida en cada país (o incluso la diferencia de hasta 10 años entre barrios de una misma ciudad), las regulaciones de la eutanasia que te apliquen, los ritos y la fe y el acceso a una sanidad u otra no es igual para la totalidad de los (por ahora) mortales, ¿nos llega entonces el final a todos «igual»? Es más, si se llegase a superar la mortalidad, ¿sería accesible para el 100% de la población?
Creo que pensar en la muerte (y hablar de ella) es un ejercicio muy sano de aceptación de una realidad que siempre suele ser traumática, y me ha gustado mucho los diferentes temas entorno a ella que en este ensayo plantea Jordi Ibáñez.