La gala se adivinaba difícil porque, como era habitual desde hacía algunos años, en ella se contraponían dos puntos de vista sobre la función social del cine: el espectáculo frente al compromiso; la necesidad de entretenerse, de aliviarse, el glamour, la fábrica de sueños y los bellísimos trajes de noche de actrices que pisan alfombras rojas o verdes, frente a la urgencia de rebeldía y contestación ante las cosas que pasan... "El eterno retorno", pensó con pereza Daniel Valls.
Era una díscola disimulada. Y esa manera de llamarse a sí misma la llenaba de orgullo porque le sonaba a comedia de Lope o de Calderón de la Barca. Y le había salido así. Tan natural. ¿O acaso la estarían contaminando? Se lo preguntó en voz alta: ¿O es que acaso me estarán contaminando? Pero Natalia de Miguel prefirió no seguir dándole vueltas al asunto. [...] Natalia de Miguel era de la opinión de que casi todas las cosas importantes convenía hacerlas sin pedir ayuda. Se lo recordaba pegando cartelitos en las paredes de su habitación: "Tengo que quererme más", "Debo cuidar mi autoestima", "Si lloras, tus lágrimas no te dejarán ver las estrellas", "Todos los días amanece un nuevo sol". Cada vez que leía este cartelito, sin saber de dónde procedía la asociación mental aunque con el convencimiento de que la asociación mental estaba ahí y tenía que ver con alguna faceta subrepticia de su personalidad compleja, Natalia se hacía una paja. No obstante la masturbación era contraproducente porque, después, le entraban ganas de fumar y de poco servían los mantras, los caramelos de menta, las aterradoras imágenes de pulmones desmoronados como un castillo de ceniza o de encías sin dentadura.
Sopesaba los pros y los contras de adherirse a un manifiesto contra el deterioro de los servicios públicos, en apoyo a los desahuciados y contra la reforma laboral . Para paliar el desastre de un país con cinco millones novecientos sesenta y cinco mil cuatrocientos parados. Y en la formulación de esa cifra no cabían redondeos ni eufemismos. No valía decir "seis millones de parados"o "cinco millones y medio de parados" o "casi seis millones de parados". [...] Daniel admiraba a Angelina y, sin embargo, su carita demacrada en mitad del desierto despertaba en él un punto de desazón, porque no sabía si en la balanza resultaba más pesado el marketing de la solidaridad - "Cielos, qué expresión-2, se censuró Daniel-, las buenas intenciones o la voluntad de intervención política. [...] Charlotte intentaba le trataba de consolar diciéndole que él no era inocente pero tampoco culpable. La mujer mostraba su amor hacia el esposo con ese tipo de contrasentidos. Daniel Valls jugaba con el orden de los factores de la frase y se daba cuenta de que la inversión de sus términos era demoledora.
El montaje teatral de Eva al desnudo sería en blanco y negro; los decorados, el vestuario y el maquillaje de los actores se moverían siempre dentro de las diferentes escalas del gris y el espectador se adentraría en la oscuridad de una sala de cine, experimentando ese tipo de distancia que era el único lugar desde el que se podía ejercer la crítica más allá de la conexión emocional y la búsqueda de las gratificaciones sentimentales. Las decisiones escenográficas no partían, por tanto, de una vocación estética o manierista, sino que eran una opción moral.
Quería que Ana Urrutia, con la voz de viejecita buena de los cuentos, respondiera; "Hija, hija, estoy aquí, en la cajita del reloj me metí". [...] Valeria Falcón se pegó al cuerpo de Ana Urrutua temiendo que el hurón volviera inadvertidamente y, al ver a dos mujeres desvalidas, se lanzase sobre ellas para alimentarse de su sangre. Ni los hurones domesticados pierden su instinto mordedor. 52
Parodiando, es decir, odiando un poco.
Charlotte es clara y Daniel oscuro; ella lampiña, él velloso; ella pulida, pilquérrima, él huele a turba, a veces a sudor; ella es distante y él toca a las personas desde el primer momento. Él es torrencial, cálido; ella, fría en el estrato de la epidermis, pero cada vez que se acuesta con su marido le pone una pasión equivalente a la de Marnie cuando, por fin, supera la frigidez gracias al beso -¿de amor?- de Sean Connery: ojos en blanco carne de gallina, salivación, reflujo y universo de colores que gira y gira y vuelve a girar; ella bebe con moderación dorados champanes y él es un sátiro amante del tintoreto; ella come codornices envueltas en pétalos de rosa o envasadas al vacío con estéticas tiras de remolacha que parecen patitas flotantes de medusa, y él roncha jabalíes asados mientras alguien amordaza al bardo de la aldea. "La última imagen define nuestro tiempo", diría Daniel Valls en uno de sus arrebatos de fogoso pesimismo. [...] La bellla bróker había asumido que una de sus funciones en la vida consistía en proteger al actor, al extraordinario ser humano, de su propia sensibilidad y de los cada vez más frecuentes ataques externos. 59
"Qué zorra, tú tía", se lamentaba la Urrutia. "Sí, un poquito", respondía Valeria, que recordaba muy bien que si tía nunca le había echado una mano en sus comienzos. "Después me lo agradecerás", decía Laura Falcón. "Qué pedazo de hija de perra..."73
Clic, clic pg 79
A saber: para Álex, los hombres verdaderamente grandes dejaban ver la magnitud de su grandeza en esos tiempos en los que no pasaba nada. En esos tiempos en los que era muy difícil adoptar un comportamiento épico o una norma de conducta capaz de romper con lo establecido. Cuando la normalidad no es normal y existen razones para coger el caballo alado y cortar la cabeza de una Medusa siempre despeinada y muy necesitada de pasarse una lendrera. Razones para ponerse impertinente. Quizá es que los tiempos buenos no existen, son lugares quiméricos, y siempre hay que estar con el sable en alto. [...] Pero a la vez a Álex le habían inoculado lentamente la idea de que ese acto que a él le nacía de dentro ni era heroico ni práctico. Era violencia y vandalismo. El verdadero héroe contemporáneo debía ser un maestro en templar gaitas. 118
El reportaje fotográfico de George, colgado del abrillantado bíceps de Stacy, habían sido vendido por una buena causa. La gente compraba galletas por una buena causa. Bebía refrescos por una buena causa. Las buenas causas servían para vender un montón de cosas. Le dio un retortijón. 121
Valeria se dio cuenta de que no sólo las palabras, sino también los gestos, estaban corrompidos por el tópico. 158