En cuanto a literatura y gustos a la hora de escoger lecturas, creo que es obvio que uno de mis lugares felices siempre será la fantasía. Y hay un tipo de obras dentro del género, por las que siento debilidad y a las que yo llamo cariñosamente “fantasía pequeña”. Tratan de historias en las que la magia es importante, por supuesto, pero que no por ello dejan de tener un punto más intimista que activo o fantasioso, ponen a los personajes con sus dudas, miedos y deseos más humanos como parte central de la trama y muestran caracteres que se mueven en una rica gama de grises, más que en los blancos y negros absolutos. Y todo eso convive armoniosamente junto a toda suerte de aventuras estrafalarias, criaturas fantásticas, objetos mágicos y caminos peligrosos. El argumento de la historia no es lo único importante, también lo es el viaje espiritual del héroe o heroína durante el mismo. Y en muchos casos, ponen a las mujeres en el centro del todo el entramado, mostrando una historia en la que la autoafirmación, la maternidad, el paso del tiempo y el amor también pueden resultar esenciales e interesantes. Se trata de un tipo de novela de fantasía que, creo, se veía más en los 90-80, y que ahora para el lector moderno puede resultar un tanto lenta y demasiado centrada en los detalles, puesto que ahora lo que se lleva en el género son historias llenas de giros de guion e impasses en la que todo vaya rápido y no haya apenas un minuto de respiro. Pero sin duda alguna, creo que uno de los ejemplos más bonitos y mejor ejecutado, que he tenido la oportunidad de leer de esta “ pequeña fantasía” es la novela que voy a reseñaros, donde Barbara Hambly da su toque personal al género con una maestría apabullante.
Cuando un poderoso y oscuro dragón pone en peligro su reino, el príncipe Gareth pone rumbo a las inhóspitas y salvajes Tierras del Invierno para buscar la ayuda de John Aversin, el único Vencedor de Dragones que queda con vida. Pero cuál será su desilusión cuando descubra que el héroe de sus baladas tiene más pinta de porquero que de caballero andante. Y que mantiene una relación con Jeyne Waynest, una diminuta hechicera de poderes modestos y escasa belleza. Los tres se dirigirán a la capital del reino, donde se encontrarán con una conspiración política orquestada por la terrible amante del rey. Y en la cual Jeyne deberá emprender una búsqueda de sí misma y tomar una decisión terrible: elegir entre su amor por John y sus hijos y sus deseos de ser más poderosa.
Publicada en 1985 “Vencer al Dragón” es la única novela de Barbara Hambly que ha sido publicada con más o menos continuidad en España. Esta autora británica ha ganado numerosos premios de prestigio del género de la fantasía y cuenta con no pocas novelas escritas a sus espaldas, pero no muchas de ellas han llegado al mercado hispano. Entre ellas las continuaciones de la obra que nos ocupa, la cual fue escrita como una novela independiente, pero a principios de la década del 2000 fue seguida de varias continuaciones que, por lo que cuentan, no llegan al nivel conseguido por la primera parte. Quizás eso explique que no hayan sido traducidas al español. De todas maneras, el libro, al ser ideado como auto conclusivo, puede leerse independientemente, ya que la historia queda perfectamente cerrada. De hecho, uno siente al terminarlo que el cuento ha sido narrado y no necesita más, y eso es algo que servidora ha agradecido cuando en el mercado de los fantástico abundan últimamente, tantas bilogías, trilogías y demás sagas conformadas por muchos libros.
La trama de la novela puede parecer, a priori, bastante típica y convencional, dentro del género de la fantasía: un reino que está en peligro por una terrible criatura, y un grupo de héroes que realizan un viaje para derrotarlo, y en su destino se encontrarán con que el pavoroso dragón solo es la punta del iceberg de un entramado más complejo que extiende sus raíces en los recovecos de la corte. Pero la gracia de todo este meollo es la manera tan original que tiene la autora a la hora de manejar todos estos elementos, el toque tan profundamente personal que les da. Barbara Hambly crea una historia intimista, con unos personajes matizados y de personalidades bien delimitadas. La gracia del libro es como todo lo relacionado con el dragón, la fantasía y la subtrama al más puro estilo “Juego de Tronos” conviven perfectamente con el desarrollo de los personajes y con su evolución a lo largo de la historia, especialmente los que vemos en Jayne y Gareth. Ninguno de los personajes, con excepción de la sibilina Zeyne, responde a lo que muchas veces nos encontramos dentro de los cánones de la fantasía. En “Vencer al Dragón” no nos encontramos con héroes hermosos y bien formados que todo lo saben y todo lo logran con poderosas y ancestrales armas y sus resplandecientes armaduras, ni tampoco a ningún elegido por amor a la profecía. Ni tampoco veremos a una heroína que, o bien debe de ser salvada una y mil veces por su amado, o bien es una hechicera de grandes poderes e inmensa seguridad en sí misma que todo lo puede con su fuerza. John y Jeyne son una pareja cercana a los 40, y ninguno de ellos es gran cosa. Los dos les dan patadas a los clichés fantásticos y bailan alegremente por encima de ellos con sus personalidades llenas de dudas, sus debilidades profundamente humanas venidas de la edad y las heridas físicas y el poderoso y estrecho vínculo que ya comparten al inicio de la historia. Porque ni siquiera en eso Hambly se permite ser convencional, ya que dentro de la trama la creación de la historia de amor principal no necesita ser una piedra angular dentro de la misma, porque esta ya existe previamente. De hecho, el vínculo que comparte la pareja es refrescante por lo sano y consistente que es. Y repito, la novela fue publicada en el año 1985. Pero en esto, al igual que muchos aspectos, ya era bastante adelantada a muchas de las cosas que ahora encontramos que se publican dentro del Corpus…
Hambly se divierte usando los estereotipos típicos del género a su voluntad. Cuanto te adentras en las páginas de esta historia es imposible dar nada por seguro, porque la autora juega mucho con todas estas ideas preconcebidas. Es cierto que en “Vencer al Dragón” sí que podemos encontrar algunos de los elementos más característicos de la fantasía épica, como un sistema de magia bien asentado que, sin ser, especialmente complejo, cumple perfectamente su función dentro de la historia. Y también descubrimos un mundo de fuerte sabor medieval en el que conviven varias razas de criaturas, siendo una parte muy a tener en cuenta de la lectura, las relaciones que hay entre ellas. Pero en cierto sentido, se siente como si toda esa ambientación no fuera más que el marco y la excusa para presentarnos las andanzas de los personajes y la evolución que van teniendo a lo largo de la historia. Especialmente los de Jayne y Gareth. Este, cuando empiezas a leer, puede dar la impresión de que va a ser el gran protagonista de una historia que el lector va a conocer a través de los ojos de la hechicera. Porque el personaje del príncipe tiene todas las papeletas, al ser un joven inexperto y un tanto bobalicón que no conoce nada más que la corte y las leyendas y baladas que tanto ama, y que lanzado al mundo real descubre que la ficción no es más tangible que el viento y que la realidad puede ser bastante más mediocre y truculenta de lo que él nunca hubiera podido imaginarse, lo que, obviamente, le obligará a transformarse y evolucionar en todo un ejemplo de que este del héroe épico.
Pero pronto, el lector descubrirá con deleite que esta es la historia Jeyne Waynest, un personaje fascinante por su profunda humanidad. Y de nuevo tengo que hablaros de cómo Hamley se adelanta en muchos aspectos a su época, al demostrarnos a una heroína que no tiene nada de heroico y si de temible Documented humano. La disyuntiva de Young no tiene nada que envidiarle a la de grandes héroes de la literatura universal, como Ulises o Hamlet, ya que está en una constante y dolorosa duda entre hacer lo que más desea, que es dedicarse por entero a su poder, y el profundo amor que siente hacia el hombre al que ama y los hijos que le ha dado. Jayne no es joven, no es hermosa y tampoco es poderosa, y todo eso le pesa con la fuerza de un yunque. Durante toda la novela nos encontraremos con una mujer que ha llegado a la mediana edad frustrada pese a todo lo bueno que tiene, que constantemente medita sobre las decisiones que tomado y sobre todo aquello que podría haber sido y al final no sucedió. Jeyne pone todo en tela de juicio, empezando por sí misma. Y en ella he encontrado muchas cosas que me han resultado poderosamente cercanas, y que han hecho que fuera imposible no conectar con ella. Es maravilloso como en medio de la fantasía Hambly se las apaña para crear un personaje tan realista, tan bien construido y con un arco evolutivo tan ameno como bien ejecutado, una madre y esposa que es capaz de conmover mientras te metes en su mente. La manera en que Hambly desmenuza con ellos los tópicos femeninos en a la fantasía es magistral, al igual que lo es como la autora convierte todo eso ya no solo en el centro emocional de la novela, también en uno de los motores de la propia trama. Y como para eso se vale en la contraposición entre Jayne y una Zeyne con una personalidad quizás más plana y un papel más tópico como mala malísima de este quest épico. Pero que aún así, resulta soberbia como villana principal. Resulta emocionante como es lo que Jeyne siempre quiso ser, pero a la vez sabe que nunca será, para bien o para mal. Porque sin duda, Jeyne Waynest es uno de esos personajes que ya no vas a poder olvidar cuando la conozcas por primera vez. O por lo menos ese es mi caso, de ella surgen las relaciones más interesantes que se establecen en esta obra, y no digo más porque creo que una de las gracias de esta lectura es descubrir por uno mismo de qué vínculo estoy hablando…
Todo este viaje emocional viene bien macerado por la pluma de Hambly, hermosa y atmosférica, no centrada en lo intimista y en las descripciones de entornos y sensaciones. Y esto lo hace con una suave potencia, que logra meterte totalmente en la ambientación. Su forma de describir es melancólica y delicada. Y creo que es una suerte que la historia haya sido tan cerrada y la trama tan relativamente escueta. Porque hay muchos momentos en los que tanta descripción exterior e interior hace que la lectura resulte demasiado densa, momentos en los que se percibe un poco estancada y en los que cuesta meterte en ella. Además, el ritmo que la autora imprime a la historia es bastante sutil y plácido, hay momentos en los que uno echa en falta un poco más de acción y rapidez. Todo esto ha favorecido que haya habido momentos en los que concentrarme en lo que tenía entre las páginas del libro me haya costado un poco. Pero aún así, soy la primera en reconocer que también esto forma parte del innegable encanto de “Vencer al Dragón” , una novela melancólica con sabor a cuento de hadas oscuro. Una historia que parece que ha sido contadas muchas veces, pero que el buen hacer de su autora da un interesante giro de tuerca que la hace adictiva, única y especial. Incluso el dragón tiene entre estas páginas una personalidad tan matizada que acaba convirtiéndose en uno de los grandes alicientes de la lectura. Una obra que pone lo humano y realista, a disposición de la fantasía más épica, que nos habla de la relaciones humanas, las decisiones difíciles, los deseos inconfesados y el amor. Y, sobre todo, sobre la necesidad de ser fiel a uno mismo y aceptar lo grande y lo pequeño, lo hermoso y lo gris, que uno encuentra en su existencia. Tal y como aprende su protagonista.
Tenia “Vencer al Dragón” desde hacia muchos años en mis estanterías, esperando pacientemente su momento. Las circunstancias han hecho que haya terminado leyéndolo en este momento, que quizás no hubiera sido el que hubiera escogido. Siempre tuve el pálpito de que me iba encantar esta lectura, y buscaba un momento especial para poder lanzarme a ella. Independientemente de eso, sé que en cualquier momento que lo hubiera leído lo hubiera amado tanto como finalmente ha sucedido.