Durante el siglo XIX y parte de la primera mitad del siglo XX el folletín fue, seguramente, el formato literario más consumido por la mayor parte de la población, especialmente por aquellas que no leían mucho ni se interesaban por la mal llamada "alta literatura". Es muy difícil acceder a ciertos tomos cuando todo el dinero que ganas lo usas para sobrevivir y más difícil aun leer sobre determinados temas tras 10 horas de extenuante trabajo. Sin embargo, no vaya uno a pensar que solo las clases humildes y trabajadoras disfrutaban de esta literatura popular, los potentados e ilustrados la consumían con igual avidez, aunque algunos se cuidaran mucho de mencionarlo en sus círculos sociales.
Pese a los grandes nombres que dieron lustre y prestigio al medio, el folletín medio era, como mínimo, mediocre, y gracias. No dejaba de ser literatura de evasión para las masas, por lo que debía seguir unos esquemas concretos: historias de enredo y misterio, pero fáciles de seguir, que te mantuvieran enganchado y te obligaran a comprarte el siguiente capítulo; solían caer en el melodrama y tirar a lo sensacionalista; muchos personajes, pero con la profundidad psicológica de un charco: los malos tenían que ser malísimos, y los amantes, amantísimos; todo tenía que estar escrito de manera simple, párrafos cortos, descripciones superficiales, mucho dialogo y al grano, que se lea rápido y fácil y más rápido y fácil se olvide. Tal vez estás no sean las características definitorias de Crimen y Castigo, pero desde luego si son las de Belfegor, el fantasma del Louvre, de Arthur Bernède. ¿Qué quién es Bernède? Pues eso.
En una línea muy similar al Fantasma de la Opera, pero con la mitad de gracia y carisma, Bernède nos ofrece un misterio con una atmosfera escabrosa: un robo en un museo, aparición fantasmal incluida, una investigación policial y un detective de excepcionales dotes, y una historia de amor insustancial. Es el folletín por antonomasia, con todos sus clichés y excesos. Si tienes 13 años lo vas a disfrutar como un enano, si ya haces cola en el paro como un servidor posiblemente te resulte insoportable.
Ojo al manojo. Un ser enmascarado se ha colado en la Sala de los Dioses Barbaros del Louvre, y al ser sorprendido por un guardia se ha esfumado por arte de magia, dejando un moribundo en el suelo y un enigma en el aire ¿Quién es el misterioso intruso y que buscaba en el museo? ¿Cómo ha logrado infiltrarse y escapar sin ser localizado? ¿Acaso nos las vemos con un fantasma real o con un talentoso ladrón? Para descubrir todo esto tendremos que acompañar a Chantecoq, rey de los detectives (sic), y su acompañante el reportero Bellegarde.
Bien, vamos a empezar por lo más llamativo y cargante: cómo está escrito el libro. He mencionado anteriormente que el folletín medio no brillaba por su estilo, y está claro que Bernède no ambicionaba el Nobel, ni lo pretendía. Pero esto se pasa de castaño oscuro. Hay capítulos que parecen listas de la compra por la escasa extensión de los párrafos y la cantidad de diálogos. Lo de los diálogos es de juzgado de guardia: he visto menos exclamaciones y preguntas retoricas en el anime. Hay páginas enteras repletas de conversaciones en las que no se dice nada relevante, pero hay tanta una efusividad, entusiasmo y sorpresa por un lado seguida por una incomprensión, confusión y lentitud mental por otro, que uno llega a preguntarse por la clase de estupefacientes consumidos por los interlocutores. No sabéis lo rápido que agota a uno esta forma de hablar. Eso sí, hace que el libro se lea rapidísimo.
Por otro lado, los personajes son bosquejos a carboncillo con sus personalidades escritas en un post-it y pegadas a la frente. Chantecoq es el detective, es inteligente e ingenioso; Bellegarde es el coprotagonista, es impulsivo y valiente; la hija de Chantecoq está enamorada, y esta enamorada; la ex-novia de Bellegarde es artista, es apasionada y celosa; el policía que investiga el caso oficialmente es Javert trabajando para la ONCE, tan diligente como obtuso. No se puede decir mucho más, en el momento en que se presentan sabes cómo van actuar hasta el final, en ningún momento te van a sorprender. Quizá Chantecoq, pero no es sorprendente que el detective... ¿sorprenda? Mención especial a los papeles femeninos principales, definidos por la única cualidad admirable para una dama a principios de siglo XX, la de enamorarse y ligar su destino lealmente al del varón. Entrañable. En el caso de la hija de Chantecoq esto último es doblemente doloroso, pues uno imagina que al ser hija de un hombre de tantísimos recursos como describen a Chantecoq -punto importante, describen- ofrecería a la historia un contrapunto interesante. Pero mi gozo en un pozo. Hablando de Chantecoq, hay algo importante que me gustaría destacar.
Soy un verdadero talibán del principio narrativo del "muestra, no cuentes". Admito que en ciertas historias este principio no siempre es aplicable, y en otras da igual porque la trama, o los personajes, son lo de menos ¿Por qué saco a colación esto? Porque desde el minuto uno en que se presenta Chantecoq se nos hace un inventario de sus habilidades excepcionales y su currículo, pero durante la mitad de la historia se limita a ir de aquí para allá haciendo lo que haría un policía, y uno no especialmente inspirado. Eso sí, no hay momento en que no le estén dorando la píldora por su agudeza. La corona al rey de los detectives, hasta más o menos la mitad, le viene muy grande, y solo se sostiene porque el autor te dice que es el puto amo, aunque no lo sea ¿Os imagináis un cuento de Sherlock Holmes atrape a Jack el Destripador preguntando a la portera si ha visto pasar a un señor ensangrentado con una cabeza humana en la mano, en tanto que Watson le está recordando al lector lo brillantísimo por cómo ha llevado la conversación? Pues así se siente uno.
Pero vamos a ver, ¿por qué las tres estrellas? Por dos motivos. El misterio, que es la principal baza de la novela, te mantiene en vilo hasta el final y no se hace previsible en ningún momento. Y siendo los personajes los NPCs sin alma que son, esto último es bastante refrescante. Además, se lee tan rápido que llegas a ignorar todos los defectos ya enumerados. Incluso, conforme avanza la historia, vemos un Chantecoq verdaderamente brillante. Bebe mucho de Holmes, sus habilidades excepcionales no van más allá de disfrazarse y la química, por lo que no llega a tener una identidad propia. Al menos, la resolución del caso le redime un poco, y el desenlace, dentro de lo exagerado que es, cumple.
El subtítulo del libro es lo que más desmerece, para mí, a la novela. No sé si viene de largo y fue una decisión de marketing para promocionar el folletín en su época, o por el contrario fue un añadido de la miniserie de los 60 que terminó por fagocitar al libro original, pero este libro ni se recuerda al Fantasma de la Opera, ni cuenta con esa atmosfera gótica y romántica que tenía la obra de Leroux y que la hace un verdadero clásico. Esta es una novela de misterio de aprobado justo, que nadie se lleve a error pensando en que hay un componente sobrenatural porque no vais a disfrutarla. Si te gustan los folletines e historias del estilo, es una distracción simpática, si no lee a Leroux, El fantasma de la Opera y El misterio del cuarto amarillo son mucho más estimulantes. Eso sí, alejaos de las continuaciones, a esas napalm. No es de los mejores Góticas. Espero que Xelucha este mejor...