"Traté de escribir una obra que no se limitara a ilustrar la vida de uno de los escritores más importantes del mundo, sino que transmitiera ese momento en el que una persona debe afrontar de golpe algo grande y merecido que activa esas zonas adoloridas del interior que le susurraran que no es verdad aquello que ha conseguido o que no es verdad aquello que ha conseguido o que no se lo merece. Porque conoció el rechazo, la humillación, la deseperación, porque fue alguna vez un niño al que le arrebataron lo más importante. Porque es peruano".
Se corre el telón y Mario Vargas Llosa está arriba del escenario, cuando recibe la llamada telefónica que le adelanta que en catorce minutos se anunciará a la prensa que le ha sido otorgado el Premio Nobel. Un momento para hacer un balance y una reflexión sobre su vida.
E irán apareciendo distintas personas de su vida, familiares y amigos, que dialogarán con el niño y el joven que fue, y también, con la distancia que dan los años, y en algunos casos, la muerte, con el hombre maduro que espera el anuncio del Premio Nobel.
Aparece el niño Vargas Llosa, y su padre implantado y despótico: "No le pegues a mi Mamá." La fuga de la dura realidad a través de la lectura y la fantasía, con el fondo de la condena permanente del padre "Déjate de mariconadas", y el Colegio Militar "que lo va a hacer hombre"; con sus ritos crueles y humillantes, como vuelca más adelante en La ciudad y los perros.
Y el superviviente joven Vargas Llosa, tratando de orientar su vida hacia su vocación, mientras se enreda en la militancia política, hasta que la disciplina y la obediencia comienzan a asfixiar su espíritu de libertad, y nuevamente es rescatado por la literatura. El viaje iniciático, de náufrago, a París; el aliento y las palabras promisorias de Julio Ribeyro, Julio Cortázar, García Márquez, Bryce Echenique, los amigos de siempre y el esencial tío Lucho. La añoranza del tiempo que vivió en Piura, en el norte del Perú, y el segundo intento de revivirla y homenajearla con versión definitiva y amalgamada de La casa verde.
Y van apareciendo, con mayor o menor incidencia, los personajes de su novelas: Lituma, La Chunga, Mayta, Pantaleón, Zavalita, el Hablador entre otros.
Y como un nuevo período como un acto de responsabilidad, que se inicia en forma auspiciosa, y termina como una de sus experiencias más dolorosas: su candidatura a la presidencia del Perú. "¿Que necesidad tienes de hacerlo, Mario", dirá Patricia; "Lo tuyo es escribir".
Una obra en un acto, sin espacios para respirar, y muy buen ritmo, que debiera leerse de una sentada, aunque con las múltiples interacciones de los personajes no es fácil.
Me gustó mucho. Tal vez debería decir que es recomendable para lectores de Vargas Llosa, aunque también podría servir para quien quiere iniciarse en su obra o simplemente para disfrutar de una buena obra.
¿Es que acaso todo lo que inspira la figura de Mario Vargas Llosa termina siempre en fuego y épica?
Esta es una de las mejores piezas teatrales que se hayan podido escribir sobre el oficio de escribir siendo latinoamericano, sobre el vaivén constante e inestable que significa dedicarse a la escritura de ficción en un contexto social y cultural que enaltece en exceso la acción concreta y desprecia cualquier trabajo intelectual.
Mariana de Althaus logra que la biografía de Vargas Llosa que todos conocemos sea la excusa perfecta, el gancho preciso, para introducirnos en el territorio personal, íntimo y apenas reconocido, de las ilusiones perdidas y los sueños cumplidos, de los anhelos frustrados y los logros inesperados, de la dicha familiar y el consuelo de los amigos, de la energía épica para insistir en lo que creemos y también de la tristeza de irse despidiendo de esas ideas y de esas personas que alguna vez iluminaron nuestros días. Ese territorio íntimo que es, a la vez, compartido, en el que se engendra esa exigente y tácita responsabilidad que tarde o temprano descubrimos, y que consiste en la lucha permanente y obvia contra las circunstancias, contra lo que nos ha tocado, las dificultades personales o colectivas, las desventajas, esas derrotas ajenas que nos han sido heredadas, los prejuicios y esa ruina del pasado que, muchas veces, secunda nuestros pasos.
Mariana de Althaus disecciona al detalle, escena tras escena, diálogo tras diálogo, la lucha compartida de un grupo de buenas personas, madres y abuelos que cuidan, hijos que agradecen, amigos que ayudan, parejas que celebran, los tantos Mario que escriben -en el ayer y en el antesdeayer-, para sobrevivir al estado de cosas que les ha tocado e intentar cambiarlo o superarlo o mejorarlo, sin dejar, por ello, de ser fiel a sí mismos, de reconocerse a sí mismos tal como son, sin traicionarse ni olvidar el núcleo de su propia identidad y ternura, esa primera red de soporte vivencial: la sucesión de personas que nos protegieron del mundo cuando éramos niños, y que nos cuidaron sin pedir nada a cambio, sin siquiera pensar en ello, y que solemos llamar, en lenguaje coloquial, familia.
No es sólo un homenaje al afamado escritor. Está basado casi íntegramente en «El pez en el agua», las memorias de Vargas Llosa, pero es más que eso.
Es la cartografía teatral, dramática, detallada y conmovedora de un impulso humano casi automático, casi esencial: el impulso inesperado y urgente de agradecer, o recordar, nombre por nombre, a una variedad de personas cuando logramos algo difícil o improbable. ¿De dónde surge ese impulso? ¿Cómo surge? ¿Qué secreta relación se teje entre el logro conseguido y la persona nombrada o recordada? ¿Cómo así se une ese presente de victorias y ese pasado de vínculos? ¿Cómo es que, de pronto, como la viejita del Titanic al final de la película, subimos las escaleras y todos los recordados nos aplauden? ¿Y por qué esa alegría al borde de las lágrimas, por qué esa emoción? ¿Por qué lloramos al ver su presencia, real o esperada? ¿Qué quiere decir todo eso?
Mariana de Althaus lo responde y nos lo muestra. Responde cada una de esas preguntas y nos empuja al lugar de las emociones extremas. A lo largo de su pieza, reímos con gracia, degustamos el sonido de algunas frases célebres, volvemos a ver a grandes escritores en escena (Gabriel García Márquez, Sartre, Camus, Luis Loayza, e incluso la voz de Cortázar), nos preocupamos con ansiedad de los preparativos para lo que sea (un viaje, una publicación, un examen, un matrimonio, un complot universitario), nos paralizamos ante la violencia sádica de un marido contra su esposa y de un dictador contra su pueblo, y nos maravillamos ante el mundo desbordado de la literatura, de la celebración jubilosa de la ficción y la participación cada vez más constante de personajes ficticios salidos de las novelas de Vargas Llosa, de cada una de sus novelas, y el modo por el cual cada uno de ellos interactúa con personas de verdad, el juego hermoso de ver a Mario hablar con Carlos Ney, a la Chunga respondiendo a Abelardo Oquendo, a Lituma respondiendo al tío de Mario, a Carmen Balcells hablando de Carmen Balcells y al poeta, al esclavo, a la niña mala, a Trujillo, a Mayta, al Hablador.
Lo que comienza como una reunión familiar en Cochabamba (Bolivia) y Piura (Perú), donde un tal niño Mario es el engreído de tíos y abuelos, y siempre que pueden juegan a recitar versitos o contar anécdotas, y después se convierte en la tempestuosa, agria y jaranera vida limeña, criolla y mediocre, termina convertida en una polifonía formidable de personajes de ficción con personajes de nombres reales, que, bajo el ritmo de «La casa verde» o «Conversación en la Catedral», intercambian opiniones desde lugares y tiempos distintos, entremezclándose, anundando cada uno con su parlamento el descenlace exhuberante del logro universal contemporáneo, el final célebre, la llamada discreta a las cinco de la mañana, y el anuncio posterior, en vivo, en directo, a nivel mundial, del parnaso mediático del Premio Nobel.
Mariana de Althaus nos transporta a todos los momentos personales que para Mario Vargas Llosa fueron significativos o decisivos, y que lo ha contado en un sinfín de entrevistas y perfiles, pero también, como los grandes dramaturgos, nos interpela en nuestros sentimientos, en ese espacio imposible para la razón, y nos conduce a ver, o a redescubrir, el extraño fuego que anida entre nosotros, la energía que nunca se agota, la voluntad; y esa ternura que, a veces, o casi siempre, solemos olvidar.
Aquí no hay homenaje a través del humor, como en «Los genios» de Bayly. Aquí hay impulso, "encourage", soplo, fuego a través del homenaje.
- Me gustó toda la pieza. Me gustaría verla actuada, estremecerme con ese final, llorar de alegría, llorar como cuando lloramos con «La vida es bella». Llorar porque se resiste, se hace, se escribe, se sueña. Y también porque me gustaría oír estas frases épicas que le dicen al joven escritor: Cortázar: «Voz sos América, la tuya es la verdadera luz americana, su verdadero drama», García Márquez: «creo que en el mundo de la amistad se vale un poco de generosidad, ¡pero no tanta, viejo!», Barral: «cuando terminé Conversación en la Catedral, me sentí como si hubiera estado en Lima en ese tiempo y hubiera ejercido simultáneamente de puta y de cachaco», Balcells: «Nunca se repetirá algo como aquello».
- Léanla con medio litro de cerveza Pilsen Callao 🍺 y escuchando, entre pausa y pausa, a todo volumen, «Rebeca», de Arturo 'Zambo' Cavero y Oscar Avilés 🎶
Admiración es la palabra por la cual Mariana de Althaus decidió publicar un drama sobre la vida de Mario Vargas Llosa. Y más que admiración, es el deseo de narrar una nueva historia como nunca la han contado; es decir, un desafío. Cuenta Marian que la idea surgió cuando el escritor peruano ganó el Nobel de Literatura. Pensó en la impresión que tuvo tras recibir la llamada de la academia y los recuerdos que pudieron invadirle en ese momento. Se pregunta: ¿Reflexionaría sobre su pasado, sus obras y los personajes que lo acompañaron desde niño? Es una larga vida para contar, pensaba, y más complicado aún porque ya existía una publicación sobre su propia biografía (Pez en el agua) años atrás; además de decenas de libros que contaran sobre este aspecto. Entonces, ¿qué de nuevo podía ofrecer? La literatura es fuego dio paso a una nueva propuesta escénica. Se trató de representar la biografía del autor partiendo desde el instante de la llamada hasta los recuerdos que lo llevan a repasar su infancia, recrear diálogos y anécdotas que dan mayor lucidez a ese factor emocional y creativo que poco se han llegado a valorar por los escritores que lo citan. La obra dilucida los rencores, las expectativas, el proceso creativo y la debilidad o frustración en cada etapa; aspectos que otras obras ignoran (tienen una imagen omnipotente y brusca de Vargas Llosa; más como un personaje político y rencoroso con el Perú que un artista con convicciones políticas). Nos hace conectar con un hombre que, desde sus inicios, ha tenido una sola meta en la cabeza: ser un escritor. Pero, para serlo, ha requerido de muchos años de disciplina para desarrollar su propia voz narrativa. Incluso en los aspectos políticos, el personaje de Llosa no se aleja de esa limitación emocional: la política fue un gran episodio que trajo consigo sus más grandes detractores y rechazos, por lo que sus miedos y enfados traían consigo la búsqueda y aplicación de un ideal que envidiaba de otros países frente al nuestro. ¿Por qué no apostar por ello? Y eso fue lo hizo. La obra de Mariana podría definirla como un psicodrama, una catarsis o introspección sobre la vida de un personaje real, así como una mirada artística sobre las motivaciones personales de un escritor, que, aparentemente, se han camuflado con seriedad, la misma que lo caracteriza a Vargas Llosa en sus entrevistas y discursos (como fue el que dio al recibir el premio Rómulo Gallegos y que se usa como título para esta obra de teatro).
Dentro de las obras de Mariana de Althaus, esta destaca por su rigor tanto al darnos la información como al mantener la voz del protagonista. Realmente se siente, como sentí al leer "El Pez en el Agua", que es Mario Vargas Llosa hablándome. Siento que hacia el final las anécdotas se vuelven más cortas y puntuales, obviamente, este cambio de ritmo, debe obedecer a una necesidad escénica que no se requiere en el texto para lectura. Todo un reto para montarla, me parece, por la cantidad de variopintos personajes con los que nos encotraremos durante la obra y que, en muchos casos, nos llevarán a sorprendernos porque muchas veces, los personajes famosos, no suelen asociarse entre sí como ocurrión en la vida de Mario Vargas Llosa y, por supuesto, ocurre en esta obra. Me ha gustado más que otras obras de la misma autora, como "El Sistema Solar". Aún así creo que tiene otros textos que superan a este por la libertad creativa ya que esta obra está limitada a contar una vida que ya sucedió y cuyos eventos conocemos de una u otra manera.
La obra de teatro tiene el acierto de saltarse las fronteras del tiempo, el espacio y los niveles de la realidad. Me hubiera gustado ver más anécdotas de Vargas Llosa que sucedieran después de las elecciones de 1990. Por ejemplo, cómo escribió «La fiesta del Chivo». Por momentos, sentía al libro una adaptación de «El pez en el agua».
Es un libro agradable, brinda la información precisa. Aunque en ciertos momentos me perdía en la lectura, seguramente por no estar acostumbrada a leer en este formato. Me dió frases inspiradoras y la definitiva sensación de que la literatura es fuego
La literatura debe ser crítica y rebelde, debe incomodar a la sociedad, sirve para denunciar injusticias, cuestiona la realidad, y sobre todo mantiene viva la idea de cambiar y mejorar.
La literatura es fuego no es solo una obra sobre Mario Vargas Llosa. Es, ante todo, una puesta en escena sobre la vulnerabilidad de quien, aun con todos los laureles, carga heridas que la gloria no borra. Mariana de Althaus parte de la figura del Nobel peruano para construir un drama que va más allá de la biografía: es una exploración emocional sobre el talento, el rechazo, la infancia quebrada, la memoria, y la necesidad de escribir para sobrevivirse.
Con un uso sutil y consciente de los recursos teatrales —las voces múltiples, los saltos temporales, los personajes que se funden entre ficción y realidad—, la autora entreteje episodios clave de la vida de Vargas Llosa: su niñez, sus lecturas formativas, su relación con los afectos y con la violencia, sus conquistas y sus contradicciones. Todo bajo la idea de que la literatura, más que una vocación, fue su forma de arder y de salvarse.
La obra no busca idealizar, sino humanizar. A través de diálogos afilados, referencias literarias bien dosificadas y una estructura escénica precisa, Mariana de Althaus convierte la vida de MVLL en una obra coral y palpitante, donde los libros, los personajes y los fantasmas personales dialogan entre sí. La literatura aquí no es un pedestal: es herida, defensa, consuelo, furia. Fuego.