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240 pages, Hardcover
First published January 1, 2005
Hace poco que leí, en el blog de mi buen amigo Pedro, su análisis amargo de la realidad actual de la literatura fantástica española, uno de varios últimamente dentro de este mundillo del género en nuestro país. Es un tema que tiende a provocar reacciones polarizadas, más bien primarias, que me parece que enmascaran una discusión que ni está de más, ni tiene porqué ser otra cosa que constructiva. No comparto el planteamiento de Pedro —Yo me siento más cómo entre tonos de grises que entre blancos y negros, tal vez porque escribo desde la duda permanente—, pero coincido con algunas de las cosas que dice o algunas de las que interpreto, tal vez equivocadamente . Mis impresiones —y oye, ni estoy sentando cátedra ni soy un experto en el tema— son las siguientes:
Dicho esto, creo que el género fantástico autóctono tiende a la buena salud, y soy el primero en disfrutar de su zona de confort y de sus libritos convencionales de literatura fantástica mainstream, muchas veces mal escritos. Eso no me impide buscar una dieta variada con frecuentes excursiones fuera del género.
Y ahora alguien tendría que preguntarme, ¿tú no ibas a hablar de Danza de Tinieblas? Pues sí, a eso venía yo, a hablar de la estupenda novela de Eduardo Vaquerizo y al final parece que parafrasee lo que ya se hizo en Sin Solapas, pero a alzarnos a hombros de gigantes hemos venido, así que vamos a ello y veamos qué misteriosa cadena de asociaciones me ha llevado a escribir esta introducción tan rebuscada.
La novela de Vaquerizo lleva en mi lista de libros a leer desde que se empezó a hablar de ella al publicarla Minotauro, hace cerca de diez años, y en mi estantería desde el Festival Celsius del verano de 2013, donde me agencié un ejemplar —acompañado de su secuela, Memoria de Tinieblas, editados esta vez por Sportula— dedicado por el propio autor. He tardado meses en empezar a leerla y lamento todos y cada uno de los minutos de ese retraso (hiperbólico es mi apellido). He disfrutado la lectura a muchos niveles, no todos ellos relacionados con lo literario. Aunque la novela es una ucronía, lo que hace avanzar la trama es un thriller bastante efectivo que atrapa al lector y le obliga a pasearse por la España alternativa inventada por Vaquerizo, pero para mi ese aspecto, el ligado al argumento, casi es lo de menos. Lo que convierte a Danza de Tinieblas en un libro especial y en un buen ejemplo de literatura de género de calidad son dos cosas que, en este caso, se retroalimentan: su elaboración de un castellano que combina por igual arcaísmos y neologismos, por un lado, y la reconstrucción de una España retrofuturista que se convierte en un escenario magnífico que no me extraña que su autor se resista a abandonar.
Veamos la sinopsis oficial, sacada de la web de Sportula:
Felipe II muere en vísperas de la batalla de Lepanto y su hermano Juan de Austria, que vuelve victorioso de la guerra, ocupa el trono. A partir de ahí la historia deja de ser tal como la conocemos y, en un siglo XX alternativo, el cabo Joannes Salamanca investiga una serie de asesinatos que lo llevarán a descubrir cosas que quizá habría preferido que permanecieran ocultas.
Mientras recorre un Madrid poblado de cabalistas, carros a vapor, nobles disolutos, monjes inquisitivos y varios individuos de dudosa catadura, Salamanca descubre las oscuras raíces de un misterio que podría hacer tambalearse todo el Imperio.
Danza de tinieblas es, sin duda, uno de los más logrados steampunk que se han escrito. Abandonando el modelo anglosajón y victoriano, Eduardo Vaquerizo se centra en recrear en esta obra una España y un Madrid que no son los que conocemos, pero parecen tan reales como ellos.
El lenguaje es lo primero que llama la atención, claro. Vaquerizo opta por vocabulario castizo lleno de neologismos —me tienta inventar, si nadie lo ha hecho ya, el concepto de neoarcaismo para describir lo que hace en realidad— que le da a su prosa una textura fascinante. El resultado, además de atractivo, es un texto vivaz tanto en los diálogos como en los fragmentos más expositivos, un hacer algo nuevo del lenguaje. Exige cierto esfuerzo por parte del lector, cierto, pero en ningún momento pone en cuestión la accesibilidad del texto. Me recuerda a lo poco que he podido leer del Capitán Alatristre de Arturo Pérez-Reverte, y lo digo como halago. Mirad un ejemplo especialmente colorista —y más extremo que la mayoría del libro, que nadie se asuste— sacado de un diálogo entre el cabo Johannes Salamanca, el alguacil protagonista de la historia, y uno de sus informantes:
—¿Qué tal, Salamanca, cómo va todo?
—¿Te he tratado yo mal alguna vez, Chinche?
—Bueno, he perdido la cuenta, Salamanca.
—¿Eh? —No, Salamanca, nunca. Vosotros, los de la madera, nunca dais.
El fraile lo miró con sus grandes ojos de pájaro. El Chinche apartó la vista.
—No me seas turrito, Chinche, que te salto los pocos sitios que te quedan de una manguara.
—No me ajáis Salamanca, que finto a todos por ti siempre y tú nunca estás fino conmigo.
Joannes metió mano al sobaco logrando que el Chinche se agitase nerviosamente. Sólo se tranquilizó cuando el alguacil sacó la manaza, la abrió y le mostró un puñado de cuartillos de plata. Se le abrieron mucho los ojos para ver aquella mísera fortuna.
—Andas sobrao de guita, fandurrón.
—No es tuya aún, pinche otario, carbufón.
—¿Qué quieres que te raje?, está todo como facilón y plano.
—Pues quiero saber de un gilastrón que finó poco de un mes atrás.
—Aquí finan todas las tardes cien.
—Un cabalista viejo al que se le arrimó la lumbre a los rizos.
Es magnífico. No sé qué pensaría un lingüista al respecto, pero para mi es uno de las principales virtudes de Danza de Tinieblas, una de las cosas que le dan personalidad. También contribuye, claro, al trabajo de ambientación de época que propone el libro.
Porque Danza de Tinieblas, ya lo he dicho, es una ucronía, uno de los subgéneros de la ciencia ficción que más dudas taxonómicas me provoca. La divergencia con la historia que ha llevado a la realidad que habitamos (el punto Jonbar), se produce cuando Felipe II muere por culpa de un accidente de caza que lleva a su hermano, Juan de Austria, a ocupar el trono del Reino de España. Eso da lugar a una rama de la historia en la que, en el 1927 en el que transcurre la novela, España es una de las primeras potencias mundiales, tanto a nivel económico, como político y tecnológico. Hay muchas otras divergencias, no pocas de las cuales sin duda se me habrán escapado —una cosa que tienen las ucronías es que me hacen sentir enormemente inculto—. De hecho, y aún a riesgo de incurrir en la ira de los teóricos de la ciencia ficción, la novela contiene otros dos puntos Jonbar menos evidentes: la muerte de los equinos por culpa de una plaga en tiempos medievales y la no expulsión de los judíos por parte de los Reyes Católicos en 1492. Es importante porque no se trata sólo de que la presencia judía y sus tradiciones desempeñen un papel importante en Danza de Tinieblas, sino de cómo Vaquerizo las utiliza para darle vistosidad a su historia. Para mi, es uno de los aspectos más divertidos de la novela y a pesar de que a partir de un momento determinado es relativamente sencillo adivinar hacia dónde se dirigirá la cosa, esa previsibilidad en ningún momento perjudica a su desarrollo.
A pesar de la riqueza de su mundo, Vaquerizo se acoge —acertadamente, si me preguntáis a mi— al famoso show, don’t tell de Hemingway y reduce al mínimo la exposición, llevándonos a conocer su mundo de la mano al cabo Salamanca, acompañándole en su investigación de la ola de asesinatos que dejan Madrid sembrado de cadáveres con una relación cada vez más aparente y nos vamos adentrando en una conspiración llena de cabalistas judíos metidos a informáticos retrofuturistas, agentes de la inquisición que bien podrían haber sido ninjas con una pequeña transposición geográfica y las complejidades de un plan tramado por un rival capaz de poner en jaque a la cúpula de la mayor potencia que el mundo ha conocido. O había conocido. O habría conocido, que esto es un lío. En cualquier caso, es una estrategia directa que funciona, le da ritmo a la narración sin simplificarla y, combinado con el elaborado lenguaje del libro, convierte su lectura en una experiencia inmersiva.
Vale la pena hablar del protagonista de la novela, el cabo de alguaciles Joannes Salamanca. Me gusta como lo describe la novela en un fragmento seleccionado por el propio Vaquerizo en su blog:
Joannes Salamanca, cabo de alguaciles, veterano de los tercios, hijo de emigrantes holandeses y más conocido como mascaburras, suspiró audiblemente. Era un hombre grande, ancho de hombros; un muro serrano construido para vencer al viento y la nieve hubiera tenido las mismas proporciones. El pecho, al respirar, parecía extendérsele hasta casi reventar los lazos de la camisa, por lo demás ya forzados por las lorzas excesivas del talle y la anchura de espaldas. En medio de su cara, ancha y rubicunda, dos ojos pequeños, dos cabezas de alfiler de color azul, observaron el comedor del cuartel, las mesas repletas, el aire cansado de humo, los hombres de uniforme apoyados en las paredes, charlando, fumando, esperando que la tarde se hiciera noche.
Salamanca es un arquetipo, un personaje inasequible al desaliento a pesar de enfrentarse a una situación que le sobrepasa y a la que va ganando puntos a fuerza de pura tozudez y por el tamaño, por citar un atributo muy ibérico, de sus enormes cojones. Es un héroe que ya hemos leído, poco original, pero bien construído, coherente y perfectamente capaz de sostener la trama sobre sus (no os imagináis cuánto) castigadas espaldas. El grado de violencia del que es víctima Salamanca a lo largo de la novela es enorme hasta hacer rechinar los dientes del lector, aunque al menos se alimenta bien, loado sea Vaquerizo. Menos atención reciben algunos de los personajes secundarios, aunque raro es el que no presente alguna doblez en su carácter que sirva para aderezar el tono cada vez más conspiranoico de la historia.
Las únicas objeciones que le pongo a la trama tienen que ver, sobre todo, con la parte romántica de la motivación de Salamanca y con alguna otra solución argumental que recurre a lo sobrenatural de una forma que ha puesto a prueba mi capacidad de suspensión de la incredulidad. Son dos detalles que a mi me han chirríado, pero no me atrevería a calificarlos de errores. Para otros lectores pueden funcionar.
Me pregunto si está tan claro que Danza de Tinieblas es una ucronía. Está claro que la contiene, vamos, y el propio Vaquerizo reconoce la influencia del Pavana de Keith Roberts, además de dedicar la introducción a dejar clarísimo el punto Jonbar a partir del cual se desarrolla la historia, pero también es cierto que la historia abandona temprano la voluntad de explorar una rama alternativa de la historia para lanzarse a narrar una aventura de claros tintes fantásticos y con pocos visos de verosimilitud. No me interpreteis mal, el esfuerzo de reconstrucción (¿reinvención?) histórica es enorme y, hasta donde yo alcanzo, impecable. Incluso es su aspecto más llamativo, pero la aplicación de la etiqueta sin matices me provoca alguna duda. No es que tenga ninguna importancia…
También me consta —se lo escuche decir autor durante la presentación de Memoria de Tinieblas en una HispaCon— que se ha criticado su adscripción al steampunk, pero eso me genera menos dudas. En cualquier caso es evidente que la novela dialoga con ese género tanto como con la ucronía: Crítica al imperialismo, tono social, reconstrucción de una estética y un lenguaje, etc. En ese sentido incluso podría considerarlo más steampunk que otras obras anglosajonas más conocidas, aunque tampoco es plan de ponerse bizantino. Además, nunca me ha gustado la palabra "steampunk", me parece preferible la etiqueta, más amplia, de "retrofuturismo", a la que Danza de Tinieblas se ajusta perfectamente. En ese sentido os diría que le echarais un vistazo al artículo sobre el origen del steampunk que publiqué hace unos meses en Literatura Fantástica. Danza de Tinieblas responde bien a algunas de las ideas que intenté recoger allí.
En cualquier caso, y volviendo a mis tres propuestas de la introducción, me parece que Danza de Tinieblas (a) es un magnífico ejemplo de literatura fantástica española de calidad —y comercial, diría, aunque desconozco si la realidad ha refrendado esta última impresión—; (b) bebe de unos esquemas, o al menos de un lenguaje, muy propios de nuestro país sin negar referentes anglosajones en cuanto a la elección del subgénero y recursos de la trama; y (c) no está libre de riesgo estilístico, aunque este es menor a nivel argumental. Ni es el único ejemplo ni tiene porqué ser el mejor. Cuando se habla de la salud de un género literario, como de otras cosas, me parece que es más importante la calidad que la cantidad o, dicho de otra manera, cuentan más las excepciones que la norma. Danza de Tinieblas puede muy bien ser una de esas excepciones.