Fue Pequeñeces (1981) una de las novelas que alcanzó mayor éxito y escándalo en las postrimerías del siglo XIX. Aparecida en revista, conserva la organización estructural del folletín y está impregnada de un naturalismo que podría llamarse providencialista. La visión ideal e intransigente que el autor quiere imponer a su mundo hace que la realidad narrada quede afeada y, en concreto, el estamento de la aristocracia. Las convicciones religiosas del padre Coloma —y las políticas, como observa Rubén Benítez en su estudio— produjeron esta personal alegoría, llena de interés.
Solo los capítulos 1, 2 y 8 del libro IV corresponden a lo que uno esperaría de una novela escrita por un jesuita en el siglo XIX. El resto corresponden a lo que todos esperamos de la mejor novela realista desde el siglo XIX: un narrador de lengua viperina, personajes de todos los colores y tamaños, situaciones desopilantes, un par de crímenes, algo de misterio y todo el repertorio de técnicas folletinescas, que Coloma sabía utilizar con virtuosismo.
P.S. Leo esta obra en la edición crítica de Cátedra; no sé cómo será la de Espasa (col. Austral), ni si seguirá más o menos disponible en librerías. Lo que sí sé es que esta obra necesita el acompañamiento constante de un lector especializado, y lo que Cátedra ofrece apenas puede calificarse de palmaditas en la espalda. Las notas del editor científico se limitan a identificar ciertas variantes, por lo demás anodinas, presentes en algunas ediciones históricas, así como algunas deudas que Coloma tiene contraídas respecto de La Ilustración Española y Americana (es evidente que tuvo delante, al escribir su novela, unos cuantos números de esta revista, fechados entre 1872 y 1878); pero incluso los lectores cultos actuales necesitarán que alguien les recuerde algunos aspectos de la intrincada política del Sexenio, que les aclare el sentido de varias expresiones de época y que traduzca alguno de los numerosos términos franceses, latinos o ingleses que entreveran en sus discusiones los personajes. ¿Quién sabe hoy qué es una cadina, o una kermesse, o lo que significaba «sacar hilas»? ¿Cuántas personas pueden deducir hoy que con «las bufas de Arderius» se alude a las coristas del Teatro de los Bufos? ¿Quién tiene aún presente lo que representó Manuel Ruiz Zorrilla dentro del republicanismo de su tiempo? ¿Alguien recuerda inmediatamente que el duque de Aosta era ni más ni menos que Amadeo de Saboya? Una profesora de Historia Contemporánea se lo pasará en grande, pero la mayoría de lectores quedarán completamente huérfanos.
Aunque un poco larga y con muchas páginas con datos históricos excesivos al final es una buena novela donde vemos como la sociedad española no ha cambiado ni cambiará. Al final son todo pequeñeces perdonables.