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208 pages, Unknown Binding
First published January 1, 1919
La vida de Dostoievski es la de un personaje del AntiguoRelación de la literatura maldita con los juegos de azar:
Testamento, heroica, en nada moderna ni burguesa. Está obligado eternamente a luchar con el ángel como Jacob, a rebelarse contra Dios y a doblegarse como Job. Sin un instante de seguridad ni de reposo, debe sentir siempre la presencia de Dios, que lo castiga porque lo ama. Para que el camino llegue al infinito no puede descansar feliz un solo minuto. A veces parece que el demonio de su destino contiene su cólera y le permite seguir como a los demás por la senda común de la vida, pero la poderosa mano vuelve siempre a levantarse para empujarlo de nuevo a la maleza, entre zarzales ardientes. Si lo encumbra, sólo es para hundirlo en abismos más profundos y mostrarle toda la magnitud del éxtasis y de la desesperación; lo levanta a las alturas de la esperanza, donde otros más débiles se derriten en la lujuria, y lo arroja al abismo del dolor, donde todos los demás se estrellan en la aflicción: como a Job, lo destruye siempre en los momentos de mayor seguridad, le arrebata mujer e hijo, lo aflige con la enfermedad y lo deshonra con el desprecio, para que no cese de disputar con Dios y así, con su rebeldía incesante y su esperanza inquebrantable, se haga más merecedor a sus ojos. Es como si aquella época de hombres tibios se hubiera reservado a éste para mostrarle qué masa titánica de placer y tormento todavía es posible en nuestro mundo y él, Dostoievski, parece notar vagamente sobre su cabeza la fuerza de esa poderosa voluntad, pues no se defiende de su destino, nunca levanta el puño.
Dostoievski provoca al Destino con el juego: lo que pone sobre el tapete no es sólo dinero, y siempre su último dinero, sino también toda su vida; y lo que gana es una enorme excitación nerviosa, un miedo mortal, pánico, un sentimiento cósmico demoníaco.Esta concepción conecta con El ruletista de Cartarescu, con Veinticuatro horas en la vida de una mujer, que leí recientemente, y con El jugador, que me apetece leer pronto ahora que tengo frescas las posibles asociaciones.
Para mí la tragedia de los Karamázov no es inferior a los lances de Orestes, a la épica de Homero, al sublime perfil de la obra de Goethe. Todas estas obras son incluso más simples, más llanas, menos ricas en conocimientos, con menos visión de futuro, que la de Dostoievski. Con todo, son más gratas y amenas para el espíritu, procuran alivio al sentimiento allí donde Dostoievski sólo ofrece saber. Yo creo que deben este efecto distendido al hecho de que no son tan humanas, de que no son sóloAún así, hubo algunos puntos con los que no estuve del todo de acuerdo y matizaría:
humanas. Están enmarcadas por un cielo radiante, por el mundo, por el hálito de campos y prados, por una constelación en el firmamento donde el sentimiento
angustiado puede refugiarse y liberarse con alivio. Homero, en medio de las batallas, de las carnicerías humanas más sangrientas, intercala unas cuantas
líneas descriptivas, y el lector respira la brisa salada del mar, la luz plateada de Grecia brilla sobre la sangre del campo de batalla, y el espíritu, así embriagado, contempla la fragorosa lucha de los hombres como una pequeña y vana locura frente a la eternidad de las cosas. Y uno respira, libre de la aflicción humana. También Fausto tiene su domingo de Pascua, entierra su eterno pesar en la resquebrajada naturaleza y lanza sus gritos de júbilo a la primavera del mundo. En todas estas obras la naturaleza redime al hombre del mundo de los hombres. En Dostoievski, en cambio, no hay paisaje ni distensión. Su cosmos no es el mundo, sino sólo el hombre. Es sordo a la música, ciego a las imágenes, insensible al paisaje: paga su ciencia del hombre, insondable e incomparable, con una enorme indiferencia hacia la naturaleza, hacia el arte.