"A Hellman Pardo no le hace falta ver la sangre para reconocerse en la proximidad de la herida. En la profundidad del poema, se afecta al pulsar el territorio del desastre" -Mery Yolanda Sánchez
"Hellman Pardo: anatomista de la soledad y las palabras" -Rómulo Bustos Aguirre
Valdría la pena preguntarse por qué seguir escribiendo poemas sobre las masacres ocurridas en Colombia después de las moscas de María Mercedes Carranza y las fotografías de Jesús Abad Colorado convertidas en écfrasis por Pablo Montoya. Miento, no vale la pena preguntarse asuntos cuya respuesta es evidente: seguimos escribiendo de Mapiripán o de Bojayá porque su grito abierto será el signo de nuestro siglo y todavía le debemos a nuestro dolor el lenguaje capaz de expresar la imposibilidad de expresarlo. Tardaremos años, largos y muchos, en encontrar el modo.
Por eso vale recalcar el trabajo de quienes se toman la molestia en abrir brechas, en dar machetazos en la trocha para encontrar caminos nuevos. La poesía de Hellman Pardo es un abrir grietas en campos llenos de maleza y su tradición es doble: por una parte, como los ya mencionados poetas, se esmera en volver a mirar de nuevo el dolor de un país en guerra; por otra, su Macondo se llama Catalpa y en el fondo es más Comala que Macondo, una patria de muertos, de ausentes, de silencios, donde se teje la vida que queda cuando el garrazo de la violencia pasa tiñendo los ríos. Las masacres de Colombia, los dolores de Catalpa, de eso va este libro, o al menos de eso va para mí, que no veo en los demás poemas la calidad de estos y que considero que se basta con los que responden a estas dos preocupaciones (que son una sola, por supuesto).
Ahora, para ocuparnos un poco de ese resto de poemas, aclaro que no son malos. Pardo tiene el oficio de la palabra y sabe sopesar sustantivos y adjetivos para conseguir textos de calidad estándar a lo largo de su obra. Dicho en contante: creo que sabe bien ser editor de sí mismo. No hay aquí poemas que uno bufe, ni versos que parezcan copias de manuales de estilo poético del siglo xix. Aquí hay un poeta capaz, dispuesto a buscar metáforas y a jugar con sus influencias, incluso a burlarse de los festivales de poesía y la reiteración de vetustos personajes alrededor de los pájaros, la noche y los árboles. Pardo esquiva esas réplicas, y sabe que no basta esquivar para ser buen poeta. De ahí que ponga el esfuerzo extra y juegue a crear su mundo, a pulir los insumos de éste, el nuestro, y llevarlos como cristales a ése, el suyo.
Catalpa ha sido un gran hallazgo. Recorrí sus calles, releí sus canciones, me perdí en sus laberintos. Los personajes que lo habitan le dan contorno, lo hacen real, lo llenan con anécdotas y con juzgados y con una historia oficial que bien puede ser la de la primera parte del libro (el recuento de masacres, el balbuceo para intentar decir el abandono y sin sentido de la muerte). Desde el relojero hasta el vigilante de la prisión, del que vende vidrios hasta la actriz fracasada: Catalpa es París, y es Medellín, y es Nueva York, y es todo universo donde han paseado los amigos seguros de su vulnerabilidad. Catalpa es una gota de sangre secándose junto al rocío de la mañana, bajo un tempranero sol que rasga la niebla como los dientes la oruga la hoja del plátano.
Por leer a Catalpa, por fundarla, por habitarla y soñarla y compartirla, creo que Hellman Pardo tendrá un lugar en mi memoria, que volveré a leer todo su desamparo con la vampírica delectación de quienes, lectores, nos alimentamos de las heridas abiertas en la tierra. Porque esa sangre fresca, aunque duela, nos enseña la importancia del oxígeno, nos llena de motivos para pararnos y volver a caminar. Aunque el camino, entre malezas, no se distinga claramente.
Un crítico dijo hace poco que la poesía latinoamericana más conservadora se hacía en México y Colombia. Estoy de acuerdo, y este libro de Hellman Pardo es un ejemplo. De donde vengo, a las joyas baratas que aparentan ser de oro las llamamos joyas de fantasía. Lindo nombre para designar algo que brilla, pero que en el fondo es bisutería. Su escritura es vieja, llena de arabescos, pero sin verdaderas hazañas.
“Bajo qué movimiento esa pálida muerte/llegará con sus arcabuces”. “El viento/ese antílope que rumia corazones”. “Las alas húmedas de abandono”. “Los rastrillos en las tapias donde circula la intemperie”. “Hace algunos años/amasaba el pan de la memoria…”. “Ahora/en el filo de la ausencia”. “Un galope súbito en los azulejos del alma”.
Sus adjetivos no dejan ver, sus metáforas no iluminan. Un consejo zen: tal vez unos meses dedicado a la mecánica automotriz le permita ver las cosas de otra manera.