Hará pedazos mi corazón, pero no espero otra cosa.
Tiritarán los árboles, detrás de cada hoja adivinaré un pájaro con su misma cara, el sustento me llegará por bocas enemigas, tórtolas piadosas enviarán mensajes, en cada tronco y cada rama encontraré una señal amenazante o propicia, me olvidaré del deber, olvidaré a los amigos, las cosas por hacer se irán acumulando y quedando atrás la caza y el vuelo.
La naturaleza se detendrá en un pozo de dudas por mí, y yo me quedaré atrás. Pero no espero más: hará pedazos mi corazón.
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En este poemario, Luisa Castro nos invita a un ejercicio de quietud paradójica: transformarnos en una estatua ecuestre. Mientras las estatuas nacen con la vocación de permanecer, de desafiar al calendario, la naturaleza está , por definición, destinada a la finitud.
De esta tensión surge una pregunta punzante: ¿quién no ha deseado ser piedra para contemplar la belleza sin el miedo a perderla? Sin embargo, habitar la eternidad tiene un precio: la condena del testigo. Desde la infinitud del mármol, observamos la vida con ojos melancólicos, rozando con los dedos la muerte ajena sin poder intervenir.
Al final, descubrimos que la belleza no está en lo que dura, sino en la mirada de esa estatua que ve las golondrinas cruzar su cielo de piedra y las hojas cambiar de color, aceptando que, aunque nosotros seamos de mármol, nuestro corazón late al ritmo de lo que perece.
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