Leer sobre teorías científicas fringe es un placer ni siquiera culpable. A veces me pregunto por qué me gusta tanto, y me respondo con una idea que encontré también en el prólogo de este libro. La ciencia de verdad, o sea la ciencia, hace tiempo que es inasequible para el público lego. Me encantaría poder entender teoremas matemáticos complejos, saber sobre cosmología, y física cuántica, y teorías de la conciencia, pero me falta el tiempo y probablemente me falta la capacidad. La mayoría de los personajes que alumbraron las teorías de este libro, me doy cuenta, son legos como yo. Pergeñaron teorías grandiosas, que podrían cambiar nuestra forma de ver el mundo o la propia historia humana, y lo hicieron gracias a su falta de formación académica, algo que puede leerse en dos sentidos: para sus contrarios, la ignorancia profunda de los datos, incluso del método científico (el cherry picking abunda por estos lares), es la condición de posibilidad de esas teorías; para los partidarios, casi siempre otros legos, esa condición es el no haber sido modelados por el establishment científico, ser capaces de pensar out of the box. Yo no podría más que ponerme del lado de los primeros, considerando la cuestión seriamente, pero también opto por el enfoque literario: la verdad es belleza, y la belleza es verdad. Estas teorías, que no resistirían ningún análisis, me parecen atractivas porque me retrotraen a una época en la que el mundo era todavía misterioso y podían darse estas enormes vueltas de tuerca científicas. Ahora quizás queden cosas por descubrir, pero sospecho que están todas fuera de mi alcance. Una de las ventajas de la ciencia ficción es que puede prescindir del rigor, y la ventaja de la ciencia fringe sobre la ciencia ficción es que su referente pretende ser el mundo real que habitamos, lo que multiplica sus imaginarias consecuencias.
Creo que Alex Boese comparte esta maravilla, y da cuenta de eso su particular selección de teorías. No elige las más irredimibles, sino algunas que pueden incluso sonar plausibles. Nos explica, en primer lugar, la necesidad de estas teorías, porque cada una de ellas emerge de un misterio cosmológico, biológico o histórico; luego, las evidencias que las soportan y, finalmente, las abrumadoras evidencias en su contra. Es como un truco de magia revelado, que también invita a reflexionar sobre los procedimientos del razonamiento falaz. Es muy fácil que, si seguimos la argumentación de uno de estos pseudocientíficos, nos parezcan razonables; pero, en cuanto les encontramos el truco, y los miramos en retrospectiva, se revelen carentes de sentido (reflexionaba sobre esto hace poco, a raíz de un video Quantum Fracture en el que se presentaban cinco pruebas de que 1=0 – el truco, en todos los casos, era el mismo).
Boese también intercala algunas historias de “weird became true”, teorías que en algún momento fueron consideradas fringe, y que ahora son mainstream, incluyendo la deriva continental, la hipótesis africana sobre el origen del hombre y, la gran estrella, el modelo copernicano (que, en su tiempo, sobre todo antes del rigor de Kepler y de Galileo, era una teoría fringe en toda regla). Entre ellas, sobre todo, vale la pena leer la que se refiere a las cuevas de Altamira – una historia de la que no había tenido noticias, hasta ahora, y que termina en una nota patética. Pero estas historias relativamente felices tienen poca relevancia si hablamos de ciencia fringe (incluso centrarse en ellas sería un acto de cherry picking). Vayamos a lo nuestro. Comparto acá mi Top 5 de teorías fringe en este libro:
Teoría n°5: La idiocracia. Parece ser que los seres humanos nos estamos volviendo cada vez más tontos. No individualmente (¿o quizás?) pero sí como especie. Contrario al cliché, parece que nuestros antepasados de la Edad de Piedra eran más inteligentes que nosotros. Esto porque, en esa vida salvaje, la única ventaja evolutiva de los seres humanos era la inteligencia: un carácter favorecido durante años por la evolución. Hace unos 12.000 años, la inteligencia humana alcanzó su pico máximo. El registro fósil evidencia que los cromañones tenían un cerebro más grande, tanto en términos absolutos como relativos, que el del ser humano moderno. ¿Qué pasó hace 12.000 años? La agricultura. La vida se hizo más fácil, y fue más fácil que los seres humanos menos brillantes dejaran descendencia. Ahora es casi incontestable: con los métodos anticonceptivos modernos, lo más probable es que aquellos que no saben usarlos sean quienes más hijos tengan. De hecho, este es el argumento central de Idiocracia una película de comedia que le presta el nombre a la teoría. Hay una pregunta obvia: ¿por qué, si somos cada vez más tontos, nuestros avances tecnológicos son cada vez mayores? Porque también somos cada vez más, y porque además tenemos una capacidad única para socializar el conocimiento.
Teoría n°4: Nos robaron 300 años. Antes de leer el libro, conocía una propuesta similar elaborada por el matemático ruso Anatoly Formenko. Pero en el caso de Formenko los años robados son casi mil, y esto responde a una gran conspiración en la que estaría involucrada la Iglesia Católica. Esta otra, del alemán Herbert Illig, es más modesta, y responde ante todo. Es interesante el dato del que se prendió Illig para construir, o reconstruir, todo lo demás: cuando el Papa Gregorio XIII instauró su famoso calendario, sus astrónomos ajustaron la fecha en diez días que se habían “perdido” con el calendario juliano; más o menos, uno por cada siglo que est estuvo en uso. Pero la cuenta, si la hacemos hoy, nos dice que deberían haber ajustado trece días, y no diez. Así que, ¿dónde están esos trescientos años que faltan? Bueno, para Illig, esos años son en realidad 297: los comprendidos entre el 614 y el 911 d.C. Son años que en realidad nunca ocurrieron, a los que Illig llama “phantom time”, algo que deduce de la falta de registros contemporáneos, y de hechos en general, en ese período (que es, en gran medida, lo que se conoce como la Era Oscura). El falsificador del tiempo, en este caso, sería Otto III, Emperador del Sacro Imperio Romano, que por razones políticas quería vivir en el año 1000, o sea cerca del fin de los tiempos. El Papa, y sobre todo el hecho de que el calendario cristiano no estuviera entonces extendido, ayudaron en el engaño. Por supuesto, la teoría de Illig no se sostienen ante un puñado de hechos básicos: los hechos que sí ocurrieron en este período, que incluyen a Carlomagno, a Mahoma y a los vikingos; la evidencia arqueológica y astronómica; el paralelo con otras regiones del mundo donde se computaba el tiempo de manera más fidedigna. Sin embargo, al mismo tiempo tiene algo borgiano que hace difícil renunciar a ella del todo – y, como toda teoría seudocientífica, nos invita también a pensar en la manera en que, en general, las ciencias no seudo construyen conocimiento. En este caso, por ejemplo; ¿cómo sabemos cualquiera de las cosas que creemos saber sobre el pasado?
Teoría n°3: Némesis. Cada 26 millones de años, con espantosa puntualidad, ocurre en la Tierra una extinción masiva. Este dato es, hasta donde sabemos, un hecho. La comunidad científica no lo discute, pero sí discute sus causas. La de Némesis es una de muchas hipótesis que tienden a explicar el fenómeno, pero esta, en particular, resulta más poética y más perturbadora que las otras. La idea es que nuestro Sol tiene una estrella que lo acompaña. Los sistemas solares binarios son exóticos, sí, pero han sido observados. Esta estrella sería una enana roja, pequeña, difícil de detectar, oculta probablemente tras la Nube de Oort. Némesis no solo explicaría las perturbaciones que generaron los eventos de extinción en la Tierra, sino también otras anomalías en las órbitas de objetos transneptunianos. En astronomía, muchas veces se ha avanzado de esta forma, teorizando nuevos objetos a partir de ecuaciones que no cierran. Lo de Némesis, no obstante, fue propuesto en 1984, y desde entonces faltan las evidencias y sobran las explicaciones más satisfactorias para esos fenómenos. Su presencia posible, lovecraftiana, me sigue resultando incómoda.
Teoría n°2: Los dinosaurios se extinguieron en una guerra nuclear. Esta idea se relaciona directamente con la llamada hipótesis siluriana, que no es una hipótesis sino un experimento de pensamiento. Y dice así: si una especie inteligente hubiera habitado nuestro planeta con anterioridad, digamos hace 100 millones de años, ¿qué evidencias nos habrían dejado de su paso por la Tierra? La respuesta es, sorprendentemente, que no muchas. De esto se habla también en otro libro, The World Without Us, que nos invita a pensar en lo que ocurriría si los humanos despareciéramos de un día para el otro. En 100 mil años, nada más, desaparecería nuestra huella de carbono. El Monte Rushmore sucumbiría a la erosión en 7 millones de años. Las estatuas de bronce, en 10 millones de años. El plástico duraría quizás 40 millones más, cuando los microbios finalmente aprendieran a comérselo. Estamos solo a medio camino de los 100 millones, y ya casi no hay registros de nuestro paso por la Tierra, excepto los restos fosilizados de algunos ejemplares de homo sapiens, los materiales radioactivos que creamos y las ondas de radio, eternas, que echamos a andar por el espacio. No sería imposible, entonces, que una especie antes de nosotros hubiera hecho todo esto. Una teoría que se maneja hace rato es que los deinonychus (mal llamados, en Jurassic Park, velociraptor) tenían características muy similares a nuestros ancestros simiescos: eran bípedos, poseían pulgares oponibles, visión binocular y grandes cerebros. Estuvieron a un paso de la inteligencia, pero el consenso científico dice que nunca lo lograron, quizás porque la baja en los niveles de oxígeno de la atmósfera evitó que sus cerebros siguieran creciendo. ¿Y si no hubiera sido así? Los proponentes de esta teoría fringe dice que los deinonychus, o alguna otra especie similar, se convirtieron en la primera civilización en dominar la Tierra. Y la primera en destruirla. Todos los signos que hoy atribuimos al impacto de un meteorito podrían tener otra causa quizás menos plausible: un invierno nuclear. Es una perspectiva atrayente y al mismo tiempo incómoda. Lamentablemente, las mismas bases de esta teoría -la falta de evidencias dejada por esta civilización hipotética- también hace imposible confirmarla.
Teoría n°1: Los seres humanos somos híbridos. ¿Sabías que, en promedio, un 18,4% de los espermatozoides de un humano macho son anormales o disfuncionales? En contraste, esto ocurre solo con el 0,2% en el caso de nuestros primos más cercanos en el árbol evolutivo, los chimpancés. Una anomalía que podría explicarse si asumimos que los seres humanos somos híbridos. Porque, contrario a la creencia popular, los híbridos, en su gran mayoría, no son estériles, sino que lo tienen más difícil para reproducirse. Esta observación viene de Eugene McCarthy, un biólogo, con un doctorado en ciencia evolutiva y un futuro aparentemente prometedor, que decidió por su propia cuenta convertirse en un científico fringe. Como especialista en híbridos, McCarthy ve híbridos por todas partes, y tiende a atribuirle a la hibridación un rol central en la evolución de las especies. Así es como McCarthy llegó a su particular perspectiva sobre el origen del homo sapiens. Ahora bien, si somos híbridos, ¿híbridos de qué? Nuestro parentesco cercano con los grandes monos es innegable. Pero, ¿qué características no compartimos con ellos? A diferencia del chimpancé, por ejemplo, los seres humanos carecemos (normalmente) de un vello corporal copioso, sudamos, tenemos una capa de grasa subcutánea, cuerdas vocales dispuestas en forma piramidal y narices prominentes. También bebemos alcohol y nos gusta nadar. Hay solo un animal con el que compartimos todas esas características, y ese es el sus scrofa. Un animal, de hecho, tan similar anatómicamente al ser humano, que se lo suele usar como conejillo de indias para distintos experimentos. Un animal que se consume masivamente, pero que sin embargo es un producto prohibido en muchas culturas, pues se sospecha que su carne es la más similar, en sabor, a la de los seres humanos. Este animal es el cerdo. La teoría de McCarthy, por supuesto, no pasa de ser un “mito científico” (Freud dixit), pues no hay evidencias genéticas ni de otro tipo para considerar esa atávica historia de amor entre una hembra chimpancé y un macho porcino (de la otra manera no hubiera funcionado, anatómicamente). Sin embargo, hay algo de esta teoría que la hace, al menos probabilísticamente, más cierta: que no resulta para nada halagadora a nuestra especie. Recuerden, y vuelvo a citar a Freud, las tres grandes heridas narcisistas en la historia de la ciencia: Copérnico, Darwin, el propio Freud. Es difícil, hasta hoy, admitir que descendemos de simios, a tal punto que los teóricos new age nos dicen que somos híbridos de extraterrestres superiores, y muchos les creen.
Menciones honoríficas. Algunas teorías que ya conocía de antemano, y que no me impresionaron tanto, pero que de todas formas vale la pena explorar son: la que da título al libro, avanzada por Terence McKenna; la teoría de la inmortalidad cuántica; el potencial explosivo de los planetas, y la posibilidad de que Jesús fuera un hongo (una frase que puede leerse de dos maneras distintas, o hasta tres, pero esto voy a guardármelo para alguna historia de ciencia ficción).