Y con este ya he terminado toda la obra traducida al español de uno de los padres de la novela negra japonesa, Seicho Matsumoto. Un viaje que ha ido de más a menos, de escenarios atípicos, planteamientos interesantes a historias que, ya sea por la diferencia cultural o por decisiones del propio autor, difícilmente podrían considerarse novela negra; que digo, ni siquiera policiaca. Y es que Matsumoto no busca desarmar al lector urdiendo una intrincada trama criminal que, con ingenio, pericia y un poco de suerte, acabe con el genio criminal entre rejas, algo que solo ocurría en El expreso de Tokio, mi favorita del autor, pero ausente en el resto de novelas. Tampoco parece querer hacer un retrato de su época, limitándose de tanto en tanto a unas pinceladas de brocha gorda, como en la novela que nos ocupa.
La chica de Kyushu tiene una tesis clara: la justicia no está al alcance de los pobres. La protagonista viaja desde Kyushu, la isla más septentrional del archipiélago japones, a la capital para limpiar el nombre de su hermano, un profesor de instituto acusado de haber asesinado a la usurera local. Todas las pruebas apuntan al hermano, incluso éste ha confesado el crimen luego de los rigurosos interrogatorios de la policía, por lo que el caso está aparentemente resuelto y ningún abogado parece capaz de interceder por el acusado. Aún así, la protagonista lo sabe inocente, por lo que acude a Tokio para entrevistarse con Kinzo Otsuka, el mejor abogado de todo Japón y la única esperanza de que se haga justicia. Sin embargo, cuando la protagonista cuenta el caso y su precaria situación económica, el abogado rehúsa defender al hermano. Sin la ayuda del abogado, el hermano es condenado y muere al poco de ingresar en prisión. Cuando Otsuka, movido por la culpa, decide investigar el sumario del caso descubre que, efectivamente, el hermano era inocente del crimen del que se le acusaba. Pero ya es demasiado tarde.
En principio, parecería que esta novela va a tratar de la investigación para descubrir al verdadero asesino de la usurera y limpiar el nombre del hermano de la protagonista. Parecería, y de hecho lo es durante la primera mitad del libro. Sin embargo, tras cuatro novelas de este autor he descubierto que sus tramas nunca son lo que parecen, y que esta investigación, en realidad, esconde otra historia, más perversa: una historia de venganza. Para empezar, la identidad del verdadero asesino no tiene importancia, porque en cierto punto de la novela ésta se revela de manera implícita. Luego de la aparición extraordinaria de unos personajes en determinado punto de la historia queda claro que la investigación solo era un ardid de Matsumoto para mantenernos entretenidos. De hecho, tras esta irrupción no se vuelve a investigar, el foco cambia ¿Y qué ocurre? Pues que todo queda improvisado, salido de la nada, como si a la mitad de la novela se hubiera aburrido de la historia o se hubiera percatado de una falla esencial y, en vez de arreglarla, hubiera preferido construir sobre lo ya construido sin importar el contraste resultante.
Otro problema que me he encontrado en la novela es la constante repetición de aclaraciones. Cada nuevo dato que se nos revela se nos repite una y otra vez a cada capitulo, como si Matsumoto tuviera miedo de que el lector se perdiera -cuando en ningún momento la trama presenta tal complejidad- o la novela se hubiera publicado originalmente por fascículos. De hecho, esto último fue lo primero que pensé, que cada inicio de capitulo venía con una recopilación de los hechos más importantes de los capítulos anteriores a modo de recordatorio. Pero no es así, pues en un mismo capitulo un personaje es capaz de volver a enumerar, casi parafraseando, lo que ya se ha enumerado en párrafos anteriores por el narrador u otro personaje. El cansancio que produce os lo podéis imaginar y solo se hace soportable por la breve extensión de la novela.
Por lo demás, el final, aun teniendo sentido, ocurre con demasiada precipitación. No es que salga de la nada, pero si que todo desemboca en una tromba en las últimas cinco páginas, de nuevo, como si el autor se hubiera aburrido de su historia o estuviera deseando terminarla. Es decir, que Matsumoto termina la novela marcandose un King de manual.
Si queréis iniciaros con este autor, os recomendaría que empezarais por El expreso de Tokio, una novela policiaca mucho más convencional, o Un lugar desconocido, con una premisa mucho más original y un desarrollo bastante peculiar.