Esto hubiera estado bien si fuera yo un adolescente leyendo El rey criollo en los años setenta. El tomo no es asombroso, quizá porque quiere ser, a propósito, muy poco literario. Entiendo por qué habría generado atención en su momento: el lenguaje irreverente, las referencias musicales y su ambiente rockero, la voz narrativa desde el arquetípico macho mexicano que no se censura nada. Ya viéndolo desde la actualidad resulta básico y sólo a veces divertido.
Aún así, hay un par de cuentos memorables. “¡No te adornes, no te adornes!”, a mi parecer el mejor del volumen, relata la historia de Lidia, una chava que luego de ser drogada y violada —y de apenas entenderlo—, va a una fiesta a las afueras de la ciudad donde se siente fuera de lugar. El umbral es bueno, y la transformación mejor. Hay alusión y claridad: Lidia quiere recuperar su sexualidad.
“El encuentro”, que a José Agustín le parecía prescindible, a mí me resulta el segundo mejor cuento. En él conocemos la historia de un amorío entre Alejandro y la madre de un amigo suyo. El final es quizá el mejor de todo el tomo por reflexionar en torno al aborto de una manera ambigua pero potente. Por último, “Aquí en la playa” es la historia de una peda de varios días en Acapulco, donde Pablo, el protagonista, se desprende de su grupo de amigos para pasar todo el viaje encerrado en un burdel, enajenado con una prostituta de nombre Silvia, de la que, por momentos, parece estarse enamorando o, al menos, generando sentimientos de posesión y celo. Es quizá el cuento más temático: hay conflicto de clase, de género y de un individuo perdido en su lucha por encontrar significado en un mundo vano y sórdido.
Un libro importante, supongo, en la medida que es una exploración, una respuesta que va en contracorriente a la literatura que se escribía en esos años. Pero ofrece poco más que unos cuantos juegos con el lenguaje. Y no envejece bien, aunque no lo digo necesariamente solo como algo apenas negativo, sino para entender que este es, más que muchos, un libro de su época.