Solzhenitsyn, víctima él mismo del gulag, dio a conocer al mundo la realidad del sistema de campos soviéticos en los años 70. Sin embargo, a nivel popular creo que el gulag a día de hoy sigue siendo un gran desconocido.
Todos sabemos que hubo represión en la Unión Soviética estalinista, todos sabemos que hubo campos en Siberia y que millares de “disidentes” fueron enviados a dichos campos y que muchos murieron en ellos. Pero poco más. Ni el cine ni la literatura han profundizado en el tema como lo han hecho con su equivalente nazi: la persecución de los judíos y los campos de exterminio. Eso, a pesar de que el sistema de campos soviético se estima que afectó a más de 14 millones de personas, de los cuales más de 1 millón perdieron la vida, aunque no existen números fiables. Y si bien es cierto que estas cifras pueden parecer menores frente a los 11 millones de víctimas del Holocausto nazi, o aunque también es cierto que en la mayor parte de los regímenes totalitarios se dan hechos similares (tenemos próximos los ejemplos de Argentina o Chile, por no hablar de los Jemeres Rojos o tantos otros…), nada de ello le resta importancia, pues no todo es cuestión de números. Corremos el peligro de creer que sólo los nazis fueron monstruos, cuando, en realidad, el monstruo habita en cada uno de nosotros si se le da la oportunidad de actuar con impunidad. Por ello, todos estos hechos no deben ser nunca olvidados; quizás su recuerdo no evite que se repitan, pero al menos nos permitirá estar más alerta.
Como decía, Solzhenitsyn fue pionero en la denuncia del sistema del gulag. Sin embargo, leer “Archipiélago Gulag” es arduo. Porque, aunque reconozco el inmenso valor que tuvo en su día, como obra monumental, enciclopédica y repleta de datos y referencias, algo fundamental en su momento para darle la credibilidad que requería, eso mismo hace que resulte muy poco atractiva para quien busque un conocimiento somero de la historia del gulag, a través de lecturas menos densas.
Y eso es justamente lo que permiten obras como ésta de Monika Zgustova. Totalmente alejada de la exhaustividad del Archipiélago Gulag de Solzhenitsyn, resulta en cambio una obra amena, fácil de leer, asequible a todo el mundo. Porque, al estilo de las obras de Svetlana Alexiévich, se trata de la transcripción de entrevistas a nueve mujeres que sufrieron el gulag. Sus relatos, aun siendo experiencias personales, nos permiten descubrir qué era y cómo funcionaba el sistema de represión soviético, y, tan importante como eso, cómo lo vivían sus víctimas.
He leído ya varios testimonios similares, de víctimas del gulag, de víctimas del holocausto, de experiencias en las guerras… y hay algo común a casi todos, y supongo que intrínseco a la condición humana: que a las víctimas no les gusta recrearse en lo trágico. Destacan los buenos momentos, las amistades, los actos de bondad entre la barbarie… y aunque el contexto es esa misma barbarie, o quizás precisamente por eso, por tratarse del contexto que lo bañaba todo, no se abunda en detalles sobre ello. Pese a todo, leyendo sus testimonios es posible llegar a hacerse una buena idea también de hasta qué puntos llegaba esa barbarie.
Los gulags no eran campos de exterminio, al menos en su concepción. Se trataba de prisiones, de campos de trabajo. En la práctica, sin embargo, aparecía la naturaleza humana: como en cualquier sistema de prisiones donde no existan garantías legales, los guardianes eran dioses, y los presos, escoria infrahumana. Los castigos a menudo implicaban una velada condena a muerte, con penas a las que era imposible sobrevivir, como por ejemplo dejar al preso desnudo en el exterior durante la noche siberiana. O disparando, por "intento de fuga", a quien simplemente tropezaba y se desviaba momentáneamente de la fila durante una marcha. Por no hablar de las muertes por desnutrición, frío o enfermedad, en unas condiciones de vida infrahumanas.
Leyendo casos como estos, uno se da cuenta de lo poco que diferencia unos campos de otros, unos regímenes de otros, unos verdugos de otros. El hombre es un lobo para el hombre. En Alemania, en Rusia, o en España. Da igual.
Pero hay algo en la esencia del gulag que lo diferencia de otros sistemas represivos: la absoluta arbitrariedad en la selección de sus víctimas. Porque, naturalmente, no quiero decir que tenga justificación perseguir a nadie por su religión, raza o creencias… pero es que en el caso del gulag, la arbitrariedad era absoluta: cualquiera podía ser acusado de enemigo del régimen sin necesidad de pruebas, ya fuera por denuncia anónima de un vecino envidioso, por ser familiar o conocido de alguien previamente acusado de lo mismo, o simplemente por enamorarse de un extranjero, entre cientos de posibles causas de sospecha. Por no hablar de haber tenido la mala suerte de haber tenido que pasar la guerra en territorio ocupado por el enemigo, o haber sido hecho prisionero durante la guerra. Todos ellos eran motivos de traición, de sospecha de espionaje, de conspiración contra el régimen…
En el gulag terminaron prisioneros de guerra alemanes, presos comunes, disidentes políticos reales o imaginarios, pero también millares de personas normales y corrientes, y millares de intelectuales de toda índole. Sin nada en común entre todos ellos, excepto haber tenido la mala suerte de estar en Rusia durante el régimen estalinista. Nada más. Nadie estaba a salvo. Nada menos que catorce millones de víctimas de un sistema demencial, desquiciado; víctimas que arrastraron secuelas físicas y psicológicas durante toda su vida, aunque “sólo” un diez por ciento de ellos encontraran la muerte en los campos.
Acabo ya, que me estoy extendiendo demasiado. Pese a todo, no es éste un gran libro, supongo que porque Zgustová no es Alexiévich. A partir de su primer tercio, las entrevistas empiezan a resultar algo repetitivas, y llegado a la mitad ya parece que el resto de las páginas no tienen mucho nuevo que aportar; de hecho, las últimas entrevistas empiezan a alejarse del argumento central del libro para hablar más bien de la represión a los intelectuales en la Rusia comunista. Pese a todo, aunque no constituya una obra memorable, sus protagonistas merecen que conozcamos sus historias. Puede que conocerlas no evite que vuelvan a repetirse, pero al menos no podremos decir que no estábamos avisados.