Una historia chiflada. Como para una obra de teatro. Eso me dijo la Nona. Pero no, esa obra no podía ser —según la Nona— un drama de denuncia. Tampoco un thriller efectista. Cualquiera de esas alternativas —según la Nona— le quitarían el filo a esa potencial obra escrita por nadie. Porque la situación chiflada que planteaban los hechos reales —un grupo de escritores hablan y hablan de literatura mientras en la pieza de al lado se construyen bombas y se tortura y se asesina— tenía que ser —necesariamente, para la Nona— una comedia. Y así, al fin, la novelista y actriz que actuaba en obras de otros, por fin se convertía en dramaturga. Porque, no importando el medio, la Nona es una narradora tremenda y delirante. Y que no pierde el foco. Siempre cuenta historias para salvar a alguien. Marcelo Leonart.
Patricia Paola Fernández Silanes (Santiago, 1971), más conocida como Nona Fernández, es una actriz, escritora, guionista y feminista chilena. Hija única de madre soltera, Nona Fernández creció en un barrio de avenida Matta cercano al mercado persa Bíobío. Como actriz, fundó la compañía Merri Melodys, participó en montajes de muchas obras teatrales y ganó como mejor actriz un concurso del Centro Chileno-Norteamericano de Cultura. Sus cuentos aparecieron primero en diversas antologías de concursos, y su primer libro de relatos salió a luz el año 2000: El cielo. Dos años más tarde publicó su premiada novela Mapocho.
Fui a ver la obra hace unas semanas y me gustó tanto que quise volver a revisar el guión. Lo leí con las imágenes aún latentes y me pareció genial, es muy entretenido ver qué cosas se construyen sobre el escenario, qué otras se cambian. Después de ver y leer esto, admiro aún más a la Nona, tan creativa y lúdica, encuentro extraordinario poder hacer humor del horror. Pero me cargó, tanto en el libro como en la obra, los innecesarios prólogos de Leonart, no suman nada y solo me dejan con la sensación desesperada de querer figurar: latero. Obviando eso, que es absolutamente irrelevante: VEAN Y LEAN EL TALLER.
Me fascinó el humor negro! Qué capacidad para recuperar paisajes tan oscuros de nuestra historia con una trama tan divertida y escalofriante al mismo tiempo. Seca la Nona!
me gustó harto, en especial los personajes: los Rubenes que se confunden y son, a la vez, contrapuntos del otro; Cassandra que ignora todo, cuando es portadora por su nombre de la profecía, y la representación del testigo imposible a través de "La mujer que vio lo que no debía ver". y bueno, todo lo demás, una obra sobre el horror que es difícil de nombrar, reconstruir y abordar.
Una obra de humor negro que te permite adentrar en uno de los pasajes más macabros de la historia de Chile. Me encantó la mezcla de personajes. Me gustaría mucho verla montada.
Cada vez que leo a Nona Fernández quedo entusiasmada. "El taller" es fascinante. El humor negro de la obra, los personajes y la historia. Uf. Maravilla.
La obra El Taller, de Nona Fernández, explora una de las paradojas más repugnantes de la dictadura chilena: la coexistencia perversa entre una escena cultural y artística fanática del régimen y una maquinaria del terror que operaba con absoluta impunidad. Basada en hechos reales, la obra se sitúa en la enorme casa de la escritora Mariana Callejas y su esposo Michael Townley, ambos agentes de la temible Dirección de Inteligencia Nacional (DINA). Allí, separados solo por paredes, convivían un taller literario y un centro de tortura, en pleno Lo Curro, exactamente en Vía Naranja 4925, el barrio más cuico de la época.
Este punto de partida se convierte en el núcleo de una historia que oscila entre la farsa y la pesadilla. El Taller se inscribe dentro del teatro posdictatorial chileno, el cual problematiza el horror en sus montajes, sin recurrir a la crudeza explícita, propia del cine gore, sino a través de estrategias simbólicas y reflexivas, pero nunca evasivas, necesarias para que la memoria se asiente sobre el presente y permita asumir, sin ambages, que las sabandijas que estuvieron con el dictador siguen entre nosotros y se han reproducido con mucho éxito y amenazan con regresar apenas nos descuidemos. En este caso, Nona Fernández recurre al humor negro como una forma de distanciamiento crítico, pero no para descafeinar la historia, sino que para evidenciar, a la vez, su absurdo y su abyección. Es una sátira feroz, pero a la vez una denuncia.
La trama se estructura en torno al taller literario que dirigía Callejas. Los personajes, inspirados en escritores que asistieron entusiastamente a esas reuniones —y que hoy, como ratas inmundas que son, lo reniegan cada vez que pueden—, discuten sobre la calidad de sus textos, el uso de metáforas y las tendencias literarias de la época, sin ver —o sin querer ver— lo que ocurría en las habitaciones contiguas. La anfitriona, una versión ficcional de Callejas llamada María, ejerce un carisma inquietante y dirige las conversaciones con precisión quirúrgica, delimitando qué aspectos de la realidad pueden ser mencionados y cuáles deben ser ignorados.
Mauricio: ¿Escucharon la noticia? Venía en el auto y de repente dieron un extra terrible en la radio. Cassandra: (Nerviosa) ¿Qué pasó? Mauricio: Acaban de matar a don Orlando Letelier. Rubén Chico: (Sorprendido) ¿Al mi-mi-ministro de Allende? Mauricio: Explotó su auto en una calle de Washington. Cassandra: ¿En Washington? (A María) ¿El Tomy no te dijo nada recién? Mauricio: ¿Tu marido está en Washington? María: Pero no debe tener idea o si no me lo habría comentado. Mauricio: Don Orlando iba con su asistente. Los dos murieron. Cassandra: ¡Qué horror! Debe haber sido un atentado. Rubén Chico: Po-po-por supuesto que fue un atentado, si los autos no andan explotando solos. Cassandra: ¡Los narcos! ¡Otra vez los narcos! Esto me suena a ajuste de cuentas. Rubén Chico: (A Mauricio) ¿Qué más se sabía? Mauricio: Nada más, si esto pasó hace poco. No hay claridad de nada. Rubén Chico: ¿Po-po-por qué no ponemos la radio? María: Chiquillos lindos, no quiero ser mala onda, pero si nos ponemos a escuchar las noticias no vamos a trabajar nada. Cassandra: Es cierto, además yo no quiero escuchar calamidades. ¿Para qué? Rubén Grande: Yo hace ratito que no veo noticias. No aportan para nada al trabajo literario. ¿Démosle mejor?
Mientras transcurren las tertulias, ruidos extraños, presencias fantasmales, explicaciones ambiguas y movimientos improbables dentro de la casa dejan entrever que no todo lo que ahí pasa es literatura. La tensión crece. Uno de los asistentes al taller se propone escribir un cuento sobre el atentado al general Prats y su esposa en Buenos Aires. Recibe desaprobación y cinismo. En este juego de silencios y complicidades, El Taller muestra con crudeza cómo la cultura puede coexistir con el horror, no como resistencia, sino como parte del mecanismo que lo normaliza.
María: ¿Por qué no habías venido, lindo? Mauricio: Tuve unos problemas. María: ¿Qué problemas? Mauricio: (Perturbado) Recibí unas llamadas telefónicas medias raras. María: ¿Cómo raras? Mauricio: Llamadas anónimas que me decían que me fuera a la chucha, que me iban a sacar la cresta. Todos lo miran sorprendidos. Cassandra: ¡No puede ser! Tienes que hacer una denuncia a carabineros. Rubén Grande: Es como en tu cuento sobre el General Prats. Mauricio: Es exactamente igual. Yo contesto y lo primero que escucho es una respiración medio macabra. Después la voz de un gringo empieza a echarme chuchadas. Cassandra: ¿De un gringo? Mauricio: (Imita el acento) Te voy a volar la raja conchadetumadre. Ándate a la misma chucha, no te metas en huevadas. María: ¿Y estás seguro que esas llamadas son reales, Marcelo? Mauricio: Mauricio. María: ¿Estás seguro, Mauricio? ¿No te las estarás inventando? Mauricio: ¿Cómo voy a inventar una cosa así?
El desenlace de la obra no busca grandes revelaciones ni giros dramáticos; la tragedia ya estaba escrita desde el inicio, el verdadero golpe está en la conciencia del espectador, en la pregunta incómoda sobre qué significa haber sido testigo de algo y haber decidido no ver. Más allá del retrato de personajes patéticos y reales, El Taller reflexiona sobre la complicidad y la negación: ¿qué veían realmente los escritores que asistían a esas reuniones literarias? ¿Cómo procesaban los rumores, los susurros, las presencias fantasmales? La obra no ofrece respuestas, sólo nos entrega un retrato perturbador de la banalidad del mal, encarnada en un grupo de intelectuales que, entre copetes y frivolidad, compartían un espacio con el horror más atroz.
El caso de Mariana Callejas y Michael Townley es emblemático dentro de la historia de la dictadura, no solo por la impunidad que rodeó sus trayectorias (ella, muerta apaciblemente en un hogar de ancianos; él, como agente de la CIA, cambió de identidad y de vida, residiendo en EE.UU. condecorado como héroe del anticomunismo), sino porque expone el rol ambiguo de ciertos sectores de la élite cultural en esos años. La obra, al rescatar esta historia, no solo nos recuerda un episodio macabro, sino que nos interpela sobre la fragilidad de la memoria y la comodidad de la omisión.
Una comedia negra muy graciosa, que muestra cuando el horror y la tontera se juntan.
Obra basada en los talleres literarios dirigidos por la agente de la DINA Mariana Callejas, escritora con cierto prestigio literario en la década de los setenta. Estos talleres sucedían en su casa de Lo Curro, el cuartel Quetrupillán, donde, a la par de su esposo, el gringo Michael Townley, ayudaba a fabricar artefactos explosivos, drogas químicas y a torturar a personeros contrarios al régimen militar de Augusto Pinochet. Sus talleristas, superficiales, ciegos, o quizá simplemente indolentes, al parecer, desconocían este rol de agente secreta de su compañera y su esposo gringo.
Mención honrrosa a Cassandra, grupie total de su Capitán General, pero que, a su vez, idolatraba de sobremanera la figura del brujo Rasputin, un campesino venido a menos, que, a punta de manipulaciones, logró posicionarse en el Palacio de los Zares y, con ello, contribuir al derrocamiento de los últimos Zares.
Vamos a concordar que leer teatro no es fácil. Al menos para mi, no se obtiene la misma experiencia que en la prosa y, claro, siempre sería mejor ver la obra montada. Debo confesar que complementé la lectura de este libro con la obra que está (estaba?) en yutúb. Con humor negro, esta obra nos cuenta la delirante historia del taller de lectura que tenía Mariana Callejas en su propia casa, mientras los peores crímenes eran planeados en los cuartos adyacentes, durante la dictadura en Chile.
Me gustó pero no sé, cómo es teatro no sé. Estrellas de disfrute: 3. No se cómo hablar de textos teatrales 🥲 así que eso no más. Quizás para gente con otros gustos puedan ser 5. Igual influye que Justo estoy escuchando un podcast histórico súper detallado sobre Rasputín y en mi mente estaba todo el rato: nooo, no fue así y Jajaj en fin.
El desarrollo de una historia macabra a través de un relato repleto de humor negro que va cautivando a través de ingeniosos diálogos que se van tornando cada vez más oscuros y van exponiendo una verdad que pide a gritos ser revelada, pero que los excéntricos (y muy bien escogidos) personajes que componen el cuadro se niegan a aceptar.
Espero que se acabe pronto la pandemia para poder ir a ver esta obra de teatro. Es una comedia negra con muchas aristas que analizar: desde la dictadura hasta la literatura. Los talleristas están dispuestos a escribir novelas sin darse cuenta lo que ocurre bajo sus propias narices y, cuando ven la realidad, solo algunos la aceptan y se remueven. Los demás deciden seguir siendo ciegos. Es una obra entretenida y angustiante a la vez.
"Érase una vez una mujer que vio lo que no debía ver".
"María: Eso quieres tú Mauricio? ¿Cambiar la Historia? Mauricio: Yo solo quiero escribir un libro".
"Cómo puedes saber cuál es la diferencia entre un sueño premonitorio y una pesadilla? ¿Son de colores distintos? ¿Tienen olores diferentes? ¿Qué clase de magia ocupas, Grigori Yefimovich, para distinguir un sueño común de uno premonitorio?".
La he leído varias veces y siempre le encuentro más cositas. Esta vez la miré desde la perspectiva de la ironía con la que trabaja a sus personajes y es sinceramente la mejor óptica para ver el comportamiento de los talleristas. ¿Realmente se puede tener tanta ceguera?
¡Qué buena obra! Una de las cosas por las que me gusta mucho leer dramaturgia es porque siempre me sorprenden los niveles que puede alcanzar la reflexión en un texto tan acotado. En este caso, Nona nos habla de la importancia de la memoria (el pasado como una herramienta para salvar el presente) y de la responsabilidad de los artistas frente a lo que pasa en el mundo.