Díaz Mirón merece su lugar entre los grandes poetas del siglo diecinueve. Por lo que veo, los lectores de hoy en día no aprecian su perfección técnica, pero cualquiera con un poco de instrucción sabría encontrar en su obra un parteaguas en la lírica hispanoamericana (¿sabían que Rubén Darío le dedica un poema a Mirón en el que lo elogia?). Está bien que un poeta no te guste, el gusto es una cosa a parte, pero acusar a Mirón de que su poesía tiene ripios es tener un profundo desconocimiento de su época y su estilo.
“Serán mis fibras con otro aspecto, ala y corola y ascua y vapor; mis pensamientos transfigurados, perfume y éter y arrullo y sol. Soy un cadáver ¿cuándo me entierran? Soy un viajero ¿cuándo me voy?”
Tiene sus momentos. Pocos, pero algunos. Lo malo es que la rima consonante y la métrica tan repetitiva convierte algunos poemas en una tortura culterana de mala compostura. Hay, sin embargo, experimentos interesantes, buenos, graciosos.
El gaviero
¡Qué gallardo, qué ligero, qué velero bergantín! ¡Causa envidia según flota a gaviota y a delfín!
[...]
Esos juegos hacen que valga la pena el libro. Otros son experimentos formales demasiado culteranos como para disfrutarse bien.
Es un poeta de referencia. Sus "Espinelas" son deliciosas y ese puntillo anticlerical y sátiro que tiene da gusto de leerse. Pero en general la manufactura de sus poemas es demasiado dura y con poca gracia. Le pondría 2 estrellas y media, pero no se puede.
De por sí mi relación con el modernismo mexicano es conflictiva... Salvador Díaz Mirón es cursi y patriotero, donde parece que habrá potencia del lenguaje se nos revela la rima fácil y arbitraria. Evítese como la peste.