Valoración real: 7/10
Durante mi infancia leí numerosos relatos de Las mil y una noches, pero siempre como parte de antologías más o menos recortadas. Pero no fue hasta ahora que tuve ocasión de leer la versión completa, con cada uno de los relatos, incluyendo el de Scheherezade (también llamada Sherezade o Sherezada, en algunas traducciones) y el sultán, que sirve de pretexto para los otros.
Hacía un par de años que lo tenía en mi poder, pero su extensión me desanimaba un poco, teniendo, como tengo, tantas lecturas pendientes. Hasta que este año me dije: es ahora o nunca.
Imagino que la historia principal debe ser por todos conocida, pero como hace tiempo aprendí a no dar ningún conocimiento por dado (enseñanza que debo fundamentalmente a mis alumnos de secundaria), les cuento brevemente de qué va:
El sultán Shahriar descubre a su esposa engañándolo con un esclavo. Eso lo lleva a enloquecer de dolor y, tras ejecutar a los causantes de su infortunio, toma la decisión de casarse todos los días con una joven diferente, a la que manda a decapitar a la mañana siguiente. Ya había mandado matar a tres mil mujeres cuando la hija del gran visir de Shahriar, Scheherezade, se ofrece al rey en contra de la voluntad de su padre, con el fin de aplacar su ira.
Una vez en las cámaras reales, y tras consumar el matrimonio, Scheherezade le pide al sultán dar un último adiós a su amada hermana, Dunyazad. Al acceder a su petición y encontrar a su hermana, ésta le pide un cuento, como secretamente había planeado Scheherezade, y, así, la esposa del sultán inicia una narración que dura hasta el amanecer siguiente. Pero no termina la historia, sino que la abandona en un momento crítico, prometiendo finalizarla al día siguiente, si su señor se lo permite. La misma estrategia empleará noche tras noche, hasta ganarse el amor y el respeto del sultán, y con eso el perdón definitivo.
Las mil y una noches es un libro apasionante en muchos sentidos. Por un lado, los relatos son en su mayoría muy entretenidos, y abarcan una multiplicidad de géneros, desde el humor, como en “El joven rengo y el barbero de Bagdad”, hasta la tragedia (podría dar aquí decenas de ejemplos) y, si bien la mayoría podría calificarse como maravillosos (en el sentido de pertenecer a un mundo mágico habitado por hadas y genios), otros se mantienen dentro del más completo realismo, como la trágica historia de amor entre Abdulhassán, príncipe de Persia y Schemselnihar, favorita del califa Harún Al-Raschid (que, por cierto, no conocía de antes y fue uno de mis relatos favoritos de todo el libro). También en su extensión son de lo más variados. Algunos son tan largos como una novela breve; otros, sumamente breves, como “La historia del cuesco memorable”, que no supera las dos páginas.
Desde el punto de vista temático, si bien las historias son bastante variadas, encontramos en ellas algunos tópicos que se repiten con cierta frecuencia: hombres poderosos que son engañados por sus esposas (un tema bastante sorprendente, si consideramos quien cuenta estos relatos y en que circunstancias); hombres que se obsesionan perdidamente por mujeres a las que no conocen más que por su imagen, o que están fuera de su alcance; los genios que conceden deseos a quienes los liberan; otros genios malvados, que abusan de sus poderes secuestrando o causando daño a los humanos; las metamorfosis de hombres o mujeres que, por brujería, se ven súbitamente convertidos en animales; los jóvenes imprudentes, que dilapidan en fiestas -junto a un grupo de supuestos amigos- toda la fortuna heredada de sus padres, y luego recurren a esos falsos amigos, quienes les dan la espalda; hombres pobres que gracias al destino se ven súbitamente encumbrados a una situación muy por encima de sus posibilidades; hombres buenos y generosos cuyos hermanos son mezquinos y celosos de sus éxitos…
En segundo lugar, algunos relatos se valen de técnicas narrativas que sorprenden, considerando su antigüedad. Además de la estructura de relatos enmarcados -ya bastante conocida y empleada por aquella época- encontramos recursos como el narrador poco confiable, la ironía dramática (cuando el lector tiene mayor información que los personajes sobre lo que ocurre) o la profecía autocumplida.
Por último, también es un libro apasionante por todo lo que nos permite conocer sobre la sociedad y la cultura árabe medieval (especialmente musulmana, aunque también encontramos personajes judíos y cristianos). Una cultura totalmente distinta de la nuestra, exótica y llamativa, pero también, en más de un aspecto, terrible. Por ejemplo, algo que hoy nos puede resultar chocante es el poder absoluto de los reyes, califas y sultanes, que podían decidir caprichosamente y con total impunidad sobre las vidas y propiedades de cualquiera de sus súbditos. La misma historia de Scheherezade y Shahriar es una prueba cabal de esto, pero se advierte en prácticamente todos los relatos.
Por ser un clásico de todos los tiempos, es difícil valorar Las mil y una noches de una manera objetiva. Fácilmente podemos caer en el error de ser demasiado críticos, olvidando que se trata de una obra medieval, y encima perteneciente a una cultura de por sí muy distinta a la nuestra. Pero también sería un error ser demasiado tolerante.
Más allá de todo su valor literario y cultural, no es una obra perfecta: El principal defecto que le he encontrado es la disparidad de calidad entre algunos relatos y otros. Es algo que ocurre hasta en los libros de cuentos de un mismo autor, pero aquí, por tratarse de una colección de relatos tradicionales extraídos de distintas fuentes, es mucho más evidente.
Algunos relatos son excelentes, como el ya mencionado romance entre Abdulhassán y Schemselnihar, o los viajes Simbad el marino. Otros, en cambio, están tan repletos de incoherencias y situaciones absurdas, que entran en el terreno de la comedia involuntaria. Un ejemplo de esto es el relato de los amores entre Kamaralzamán, príncipe de la isla de los Hijos de Jaledán y Budur, princesa de la China, que se continúa en la historia de sus hijos, los príncipes Amigad y Assad. ¡Qué relato más malo! Es uno de los más largos, pero está tan repleto de incoherencias y absurdos que es de no creer. Realmente, nada en esta historia tiene el menor sentido.
Además, dicha historia presenta un rasgo que aparece en la inmensa mayoría de los relatos: están escritos como si todo el mundo fuera árabe. Muchas historias se sitúan en lugares distantes y distribuidos por todo el mundo, pero, por ejemplo -a excepción de Simbad el Marino, justo es reconocerlo- en ninguna se plantea la dificultad del idioma. Todo el mundo se entiende perfectamente en árabe. No solo eso, en todos lados las personas se valen de las mismas monedas, se visten a la usanza musulmana y ostentan los mismos títulos (por ejemplo, Aladino se casa con la hija de un sultán, pese a que la historia transcurre supuestamente en China). La absoluta carencia de contrastes culturales resulta risible para el lector moderno. Pero, cuando lo ponemos en perspectiva, tiene algo que nos produce cierta ternura, como nos ocurre ante los desvaríos de un niño pequeño que no termina de entender como funciona el mundo.
Algo que me llamó la atención es cómo van variando la extensión y estilo de los relatos a lo largo del libro: de los cuatro tomos que tiene mi edición, el primero es el que posee mayor cantidad de relatos enmarcados (historias dentro de otra historia); el segundo y tercero, los que incluyen los relatos más extensos y, en general, los mejor desarrollados; mientras que el último incluye cantidad de relatos breves y de escasa calidad, incluyendo unos cuantos que tienen el aspecto de parábolas, moraleja incluida. Es llamativo en esta última parte, también, lo contradictorias entre sí que resultan algunas historias: podemos pasar, sin escala, de una parábola que cuenta cómo Alah premia a quienes hacen las cosas bien y obran con justicia, a otro relato en el que el protagonista hace todo mal, engaña a cuantos se cruzan en su camino, y termina saliéndose felizmente con la suya. Por último, otro rasgo que me sorprendió es el de cómo se abrevian cada vez más los relatos correspondientes a cada noche: las primeras 500 noches ocupan aproximadamente ⅔ del libro, si no más, mientras que las últimas transcurren rápidamente, como si el compilador estuviera ansioso por terminar.
En resumen, me gustó mucho el libro. Es necesario, por supuesto, leerlo con plena conciencia de la cultura y época a la que pertenecen, pero si eres capaz de ponerlo en perspectiva, se puede disfrutar. Fue hermoso redescubrir algunos relatos que recordaba de mi infancia y encontrar otros que, o no había leído antes, o tenía completamente olvidados. Si bien algunas de la historias son demasiado absurdas, o tan reiterativas que me aburrieron un poco, el saldo general es ampliamente favorable.