Me encontré con una joya: una de esas piezas que justifican la alegría de leer. Sin esperar mucho más que relatos futboleros orientados a mover la pasión, como el converso que se asegura que no falte la alabanza en su vida, leí a Galeano esperando conmoverme por esas historias de fútbol, sencillas y fugaces, llamadas a justificar el gusto por la vida, por la pelota y su salto, por la algarabía del que siente que su vida se juega con los pies, a pesar de la cabeza. Exceptuando el portero, último testigo del lamento, el fútbol se juega a la velocidad del presente que se habita: no hay lugar a riesgos, ni jugadas aleatorias; antes bien, con todo y su imprevisibilidad, el deporte se habita antes que practica. Galeano es astuto, conoce este principio como fanático que es, y lo explota hasta convencernos de la premisa fundamental de estos relatos: el fútbol es una metáfora de la realidad. Ello le permite al uruguayo esgrimir todos estas semblanzas de la vida humana alrededor de la pelota: desde explotados y explotadores, dictadores centroamericanos, colonos y colonizados, la patria como césped en el que ruedan las ilusiones; pasando por el hincha, mancha anónima cuya historia reclama desde la tribuna; hasta llegar al propio Galeano y su visión de las glorias de la pecosa (Maradona, Higuita, Thuram, Zidane, Forlán, Suarez, Pelé, por nombrar algunos), aquí se reclama una vida: la de aquel que, soñando con los pies, tejió sus sueños de niño con las manos. Aquí está Galeano: el escritor que soñó con los pies aquello que sólo podía darle la cabeza. Ese niño que supo agitar estadios desde la máquina de escribir.
Decido colocarle cuatro estrellas en vez de las cinco por una sencilla razón: hay un par de fragmentos reiterados que, de una edición más honesta, hubiesen sido eliminados. Creo que hizo falta un editor que, antes que extender el libro, hubiese pensado en lo innecesario que resulta leer el mismo fragmento dos o más veces.