L'histoire de la modernité est d'abord celle d'une discrimination : en érigeant la vitesse en modèle de vertu sociale, les sociétés modernes ont inventé un vice, celui de la lenteur - cette prétendue incapacité à tenir la cadence et à vivre au rythme de son temps.Partant d'une violence symbolique et d'un imaginaire méconnu, Laurent Vidal fait la genèse des hommes lents, ces individus mis à l'écart par l'idéologie du Progrès. On y croise tour à tour un Indien paresseux et un colonisé indolent à l'époque des grandes découvertes, des ouvriers indisciplinés dans le XIXe siècle triomphant ; plus proches de nous, le migrant en attente ou le travailleur fainéant restent en marge de l'obsession contemporaine de l'efficacité.Mais l'auteur révèle avant tout la façon dont ces hommes s'emparent de la lenteur pour subvertir la modernité, à rebours de la cadence imposée par les horloges et les chronomètres : de l'oisiveté revendiquée aux ruses déployées pour s'approprier des espaces assignés, les hommes lents créent des rythmes inouïs, jusque dans les musiques syncopées du jazz ou de la samba. En inventant de nouveaux modes d'action fondés sur les ruptures de rythme - telles les stratégies de sabotage du syndicalisme révolutionnaire -, ils nous offrent un autre regard sur l'émancipation.Mêlant la rigueur de l'historien à la sensibilité d'un écrivain qui puise aussi bien dans la littérature que dans les arts, cet essai ouvre des horizons inédits pour repenser notre rapport à la liberté.
Soy una de esas ingenuas que juega al Euromillón. Pero no todas las semanas, únicamente cuando el bote sobrepasa los 30 millones. Con menos de eso apenas solucionaría todas las necesidades que harían de mí una mujer plenamente feliz. Porque sí, sueño con no trabajar nunca más. ¿Significa esto que no me guste mi trabajo? No. Significa que preferiría no necesitarlo para pagar las facturas. Mi sueño es vivir siempre en primavera/verano, no volver a pasar frío un invierno; agotar mis días en playas paradisiacas, con un buen libro en la mano y rodeada de mis amigas, que, por supuesto, tampoco tendrían que volver a trabajar o sólo lo harían por puro placer. Quiero vivir el ritmo de los lentos, de los que se resisten a dejarse arrastrar por la aceleración que nos impone el mercado. Quiero ser una inadaptada, una perezosa, una vaga, una inútil. Quiero vivir en los márgenes. Fui mucho más consciente de ello durante el confinamiento de 2020, cuando un virus nos encerró y obligó a pausar la vida. Una vida al servicio del capitalismo, del mercado, que nos obliga a unos ritmos antinatura y nos encorseta con normas sociales donde la rapidez, la productividad y la eficiencia son sinónimo de estatus social. Una vida, un modelo social, donde servir y trabajar y además hacerlo rápido son sinónimos de virtud. ¿En qué momento nos dejamos convencer no sólo para renunciar, incluso para menospreciar, al descanso, la lentitud, al placer, al hedonismo? ¿En qué momento accedimos a convertirnos en instrumentos, sometimos cuerpo y mente a un ritmo antinatural en favor de una producción que ni siquiera disfrutamos? ¿Quiénes están detrás de la depreciación de la lentitud? A todo ello trata de dar respuesta Laurent Vidal en “Los Lentos” haciendo un repaso histórico, político y económico de este patrón rítmico absolutamente alienante y discriminatorio, de esta violencia simbólica de un sistema que señala y asfixia a aquellos que no pueden o no quieren adaptarse a la maquinaria del progreso. Este ensayo es al mismo tiempo denuncia y alegato. Una llamada a la reflexión y la ruptura, a la revolución y la resistencia.
En 1996, Sokal, profesor de física de la universidad de Nueva York, publicó un artículo en la revista postmoderna de estudios culturales Social Text, perteneciente a la universidad de Duke. Al día siguiente de la publicación, el autor que ese artículo supuestamente científico, reconoció que aquel artículo era una tomadura de pelo, era lo que vulgarmente se conoce como paja mental, todo era una invención suya cuyo único objetivo era una crítica a la intelectualidad postmoderna. A su palabrería, a su vacuidad, a su nada llena de palabras words, words words... Que diría Hamlet. De ese escándalo, donde el autor hacia mofa del establisment intelectual ,escribió más adelante un libro titulado "más allá de las imposturas intelectuales" donde criticaba el lenguaje de toda esa intelectualidad francesa y los tachaba de lo mismo, de escribir de la forma más oscura posible, con un lenguaje con apariencia de ciencia y seriedad, y que no venían a decir nada. Naturalmente los intelectuales franceses se defendieron acusando a Sakol de que criticaba lo que no entendia, que si no conocía conceptos profundos de filosofía, que si no había leído suficientes obras de ellos, que si le faltaban conocimientos de matemáticas, bueno, siendo catedrático de física en una universidad, algo de matemáticas sabrá, digo yo.... Este libro se enmarca en este contexto. Típico intelectual francés que de repente descubre una noción novedosa e inédita, y asombra al mundo intelectual, como en su día lo hizo Max Weber y otros. El libro es normal que sorprenda a lectores con pocos conocimientos históricos y que los deje asombrados con un análisis del lenguaje verborreico y huero, la etimología de las palabras, las citas de autores que usa en abundancia, no llegan ni sirven para defender la hipótesis que plantea, escribe para no llegar a ningún sitio y da vueltas sobre el mismo. Reconozco que solo leí la mitad del libro porque me resultaba de una pobreza intelectual notable; no soy catedrático de historia ni mucho menos, pero tengo mis lecturas, y el libro no me aportaba nada. No puede hacerlo porque el planteamiento mismo de partida está errado. Es como que nada de lo que cuenta existe. Es todo una invención suya como buen intelectual francés posmoderno. Iguala la pereza y lentitud, los junta, cuando a lo largo de toda la historia la inmensa mayoría de la población trabajaba para ganarse la vida, y el trabajo era en función de los ritmos de la naturaleza. Incluso esa rapidez que crítica de la industrialización no aparece strictu sensu hasta que Ford aplica el taylorismo para fabricar el Ford T, y eso fue en 1914. Pasa por alto que cada clase social tiene un concepto del trabajo y por lo tanto de las formas temporales y espaciales de su realización..pasa por alto como influyó (y lo hace deliberadamente porque lo conoce) como las concepciones religiosas influyeron en la diligencia de las personas hacia el trabajo. Creo que trata de rastrear en la historia el origen de esta sociedad estresada donde, en ciertos ámbitos, sí se valora y fomenta el valor de la rapidez. No lo logra, cada época tiene sus valores y hay valores que aparecen en una generación y desaparecen dos generaciones después. El libro es una pérdida de tiempo y un juego intelectual, donde aflora muy por debajo, la vanidad y soberbia de la clase intelectual francesa
Me gusta lo que propone y lo que defiende, rastreando los orígenes del desprecio hacia la lentitud, la ociosidad y la pereza en un mundo capitalista que nos obliga a ser constantemente productivos, rápidos, eficientes. Me interpela porque creo que este rechazo va en contra de lo humano. También me gusta cómo lo liga con el colonialismo y el racismo. Es un libro bastante ágil (paradójicamente, al tratar sobre "los lentos") y con un carácter accesible y divulgativo. No se embarra en ser ensayo estrictamente histórico o filosófico, sino en saber contar lo que tiene que contar, justificadamente, pero sin excesos tecnicistas ni académicos. Y eso que estamos hablando de un teórico francés, que les gusta a ellos el intelectualismo y el andarse por las ramas (en cierta manera, por su inmensa cantera histórica de teóricos y pensadores sociales, tienen motivos para ello).
Un libro necesario en estos tiempos de aceleración. La genealogía que hace Vidal del concepto de "los lentos" y sus implicaciones modernas son reveladoras. Disfruté mucho su representación de los puertos en Nueva Orleans y Brasil como centros donde los lentos se desenvuelven en otro ritmo y cómo la música -surgida de las comunidades negras- es un enlace esencial para ello.
Resumen crítico rápido: El libro, pese a su riqueza de referencias, deja una sensación de incompletitud. Las ideas se exponen más que se discuten, y el lector queda con la tarea de extraer conclusiones críticas que el autor no termina de abordar. Aunque parte de una intuición interesante (la relación entre lentitud, fragilidad y modernidad), el exceso de citas y la falta de un marco analítico propio hacen que el ensayo se convierta más en un catálogo de opiniones históricas que en una reflexión profunda sobre nuestro tiempo.
Más detallado: Antes de abrir el libro, imaginaba que me encontraría con un ensayo-reflexión que funcionara como un manual, describiendo sistemas sociales a lo largo de la historia y explorando cómo la lentitud ha servido como forma de resistencia, especialmente en la era de la aceleración que vivimos hoy. Pensaba en un texto que pusiera en diálogo la velocidad contemporánea, marcada por el consumo inmediato de experiencias, comidas, vacaciones o relaciones, con la lentitud como valor social alternativo.
Sin embargo, el libro toma un rumbo muy distinto. A lo largo de sus páginas, el autor reúne una abrumadora cantidad de referencias históricas y filosóficas para sostener la existencia, a lo largo de la historia, de un grupo social al que denomina “los lentos”.
En la primera parte, incluso teoriza que este conjunto es, en esencia, un grupo de personas perezosas. Reconoce que en la modernidad la velocidad se ha convertido en símbolo de virtud social: más eficiencia, más producción, más acceso al desarrollo y, por ende, mayor estatus. Plantea una asociación inicial interesante (la relación entre lentitud y fragilidad social) pero no la desarrolla, perdiendo la oportunidad de conectar esta idea con problemas actuales como el acceso a la vivienda, el transporte eficiente o simplemente nuestras relaciones sociales que hoy en día están de manera fluida y rápida a través de las redes sociales.
La propuesta se reduce casi exclusivamente a la recopilación de citas y testimonios de autores que han caracterizado a ciertos colectivos como “lentos, perezosos, débiles o cobardes”, en contextos tan diversos como la Edad Media religiosa, la Revolución Francesa, la esclavitud en América o la persecución nazi.
Esta recopilación deja demasiado espacio a interpretaciones arriesgadas, pues en mi opinión, el autor no siempre distingue entre lentitud y opresión. En varias ocasiones, utiliza la etimología o el léxico como soporte argumental sin contrastar si la causa de la “lentitud” es cultural, estructural o impuesta por condiciones externas.
Se echa en falta una voz propia que dialogue o contraargumente con las fuentes. Por ejemplo, cuando Andrew Ure afirma que “el trabajo obrero solo requiere atención y destreza para corregir pequeñas aberraciones…”, el autor se limita a mencionar la necesidad de disciplina, sin cuestionar la deshumanización y la explotación laboral del siglo XIX.
Del mismo modo, cuando define que “los lentos quedan reducidos a cuerpos incapaces de adaptarse a la modernidad”, ignora que muchos de esos “lentos” han sido, en realidad, resilientes, sobreviviendo a las decisiones y crisis generadas por quienes ostentaban el poder.