“El deseo camina sin volver los ojos atrás
estalla como un recién nacido frente a un cuerpo que
ofrece familiarmente dos desnudos
el desnudo de dos naturalezas distintas
en una misma figura que poseer”
Ser cuerpo. Alma, ofuscada por exterior, cuando recuerda su hogar corporal, se traslada a otros planos. Escapa un firmamento en la ofuscación del deseo. A un horizonte donde el tiempo incrustado en la carne percibe las mutaciones como responsable maltrecho. A una inquietud en se despoja toda calamidad que el tiempo abate (“Hay que huir de los techos / las horas fluyen bajo ellos” (23)) para evaporarnos en aquello que llena de anhelo.
“Noches de adrenalina”, primer libro de la poeta peruana Carmen Ollé, es de una vigorosidad y elocuencia impresionante. Bebe el éxtasis urbano que gira en torno a las ciudades de Lima y París para poner ojo en los cuerpos que corren entre el acecho nocturno, sin jamás hacer caso omiso a lo que significa cuestionar roles impuestos. Es una poesía erótica, política y delirante, que enfrenta numerosas preguntas para posicionarse como agente activo: “¿Nuestras partes se cercenan por falta de belleza o de carácter?” (32). Se percibe aquella presión corporal que aplasta hasta el punto en que la auto imposición se vuelve un virus del que se necesita extirpar con urgencia. Por lo mismo, aparece constantemente a lo largo de la obra esta necesidad de libertad: “¿La liberación del planeta parte de mi liberación? / y esta necesidad es elitista? / Un cuerpo que sufre insoportablemente exige / al margen del sistema solar y las estrellas / su liberación inmediata” (15). Hay que manifestar esta realidad, y la palabra que Ollé gesticula, denuncia con euforia tales cadenas impuestas.
Quiero destacar el aspecto delirante que contiene la presente obra, ya que sabe retratar con excelencia aquel embeleso que empuja movimientos clamados a ser puestos en juego. Por ejemplo, los siguientes fragmentos encumbrados de deseo: “LOS ÁNGULOS Y LOS RECOVECOS DEL VIENTRE / LOS DOBLECES DE LAS PIERNAS / LA TENSIÓN DE LOS PUÑOS / LA EBRIEDAD DE LAS UÑAS EN LA CUMBRE / EL PESO DE LOS PÁRPADOS HUNDIDOS / EL ADAGIO DEL ALIENTO” (60-61). Son numerosos los momentos en que se concibe cuerpo el placer y forja estados donde la entrega deja empapar los poros de la piel estrecha. Incluso, un poema escrito tal como una obra de teatro, retrata la claridad ofuscada por excitación; sin embargo, se confiesa la dificultad del mismo ejercicio: “(…) las escenas no / fueron trazadas fielmente en el proscenio / de la historia de estos sueños hastiados / y los rostros cobrizos de los espectadores / se escurren por la blanda hierba” (58-59). Aun así, en este retrato tan abstracto y alocado, la pluma poética logra dar en el clavo con excelencia.
Es importante considerar que no por este éxtasis del deseo se va a dejar de lado la ternura que implica una entrega desaforada: “Las palabras transmiten el temblor de los labios / me desvisten en el bosque entre nieve chamuscada / con la risa que desconcierta accedo al miedo en la / tonalidad crispada de sus ojos cuando él representa / mi deseo con sus gestos y me contiene” (65). Se aísla un ir y venir entre múltiples poemas, cómo la entrega total se va acercando y concretando por el mutuo deseo fundido, pero también alejando frente a las presiones que implica una vulnerabilidad presionada por miedos enterrados entre los laberintos de manifestarse deseo.
En el último poema, se manifiesta un evaporar: “mi energía se dilapida en lo maravilloso / de una arquitectura formal / se expande sobre un campo rasurado” (93). Se abren las puertas de un destino que ha sido elucubrado y perseguido con ceguera clarividente.
Y, a veces, nuestra insistente ofuscación es quien nos amarra del inquieto anhelar.
Por eso, ¿qué es desear?