Empecé esta reseña pensando que la memoria es un poco como la reescritura: al repasar o revivir recuerdos los desgastamos, es decir, los vamos puliendo, vamos creando una historia que poco a poco se convertirá en la oficial o definitiva sobre algún acontecimiento o experiencia. Pero, pensándolo bien, la memoria es un proceso y un modo de reescritura.
Como prueba, este libro de Elena Garro, que recoge por un lado, escenas de su vida en 1937, poco después de haberse casado con Paz —a quien ese año acompañó al II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, en España, en plena Guerra Civil—; pero por otro, al ser reescrito para su publicación en 1987 —aunque terminara publicándose hasta 1992, pues en el primer intento Paz amenazó con demandar a la editorial—, también contiene una nueva mirada a esas escenas, con la perspectiva que le dieron los casi 50 años entre una y otra reescritura. Por esto, no es un relato cronológico, ni quizá fiel más que a su propia autora, quien intercala en el texto experiencias y reflexiones de uno y otro momento casi sin que nos demos cuenta. Al final, es como si todo sucediera en un mismo instante: el de la lectura.
Mi primer acercamiento al libro fue un fragmento suelto en el que Elena se burla veladamente de otros invitados latinoamericanos al Congreso —aunque siempre con nombre y apellido—. Y sí, en general, en estas Memorias abundan las críticas sobre el comportamiento absurdo de "los intelectuales" de la época. En especial, me gusta que la primera frase del libro es "Yo nunca había oído hablar de Karl Marx" y hacia la mitad, después de por orgullo propio haber ido a las fuentes a ver si todo lo que le habían dicho sobre la revolución rusa, la guerra civil y lo que vino después era como estos intelectuales le sermoneaban, dice "también descubrí que los marxistas no han leído a Marx, ni a los marxistas". Sirva esto además como ejemplo del tratamiento que de esta experiencia hicieron "los intelectuales" en sus obras o memorias sobre la Guerra Civil Española, contra lo que esta mujer observadora y llena de sinceras opiniones escandalosas e imprudentes, revive aquí.
Pero también es cierto que este relato contiene crónicas y viñetas tristísimas sobre la desconfianza en el otro, el hambre, el miedo, la podredumbre, la pobreza y la muerte —todo esto propio de la guerra que sucedía a veces de fondo, a veces muy de frente—, en la que estos intelectuales no podían pensar, ni crear y a los que a veces Elena tenía que vigilar para que lograran trabajar, a pesar de que ella estuviera allí "sin saber cómo ni porqué, iba a un Congreso de Intelectuales Antifascistas, aunque yo no era anti nada, ni intelectual tampoco” y de que siempre se le tratara con condescendencia por güerita, mocosa, rubita, niñita, camaradita, taruga, mocosa pendeja o esposa. Somos testigos tanto de la relación horrenda que sostiene con Paz, como de la juguetona que tiene con Juan de la Cabada; de los abusos de poder del coronel Adalberto Tejeda, entonces embajador en Francia —quien, entre otros atropellos, dejó en total desamparo a un Revueltas alcohólico, necio y muy pobre—; de la desmitificación de los "grandes creadores" a los que no asiste ninguna musa cuando se las necesita; y, claro, de cómo Elena comenzó a hacerse de esa reputación de personaje "complejo" e incómodo dentro de la historia de las letras hispanoamericanas.
Con todo, tengo la sensación de que me faltó entender mucho del fondo de sus piensos: a veces no distingo si el personaje está pecando de ingenuo o de malicioso, o si Elena se esconde más de lo que se expone en estas Memorias —¿tal vez lo necesario para que se le permitiera publicarlas?—. Ya vendrá la relectura. Por ahora, esta línea que me parece contundente: "Si alguna imagen me quedó de España fue la imagen de la madre de Machado, de pie en aquel comedor por el que zumbaban moscas…"