Este libro no es para cualquiera. Pero la recompensa es enorme. Sería un 3 o 4 estrella durante medio libro, pero termina convirtiéndose en 5.
El comienzo me pareció un engaño. Una historia en exceso confusa, que no parecía ir hacia donde prometía.
Sin embargo- y aunque hay que esperar casi hasta la página 145- todo se decanta de manera precipitada. Lo que en un inicio era confuso ya no lo es, porque terminas entendiendo el formato en el que está escrito, y lo que representa. Son 10 capítulos con sub capítulos que repiten nombre:
“La novela de José Daniel” son capítulos con un personaje que habla en futuro simple. (Lo que genera suspense y expectativa contante a pesar de estar narrando lo que hace).
“El testamento de Felipe” son delirios de un personaje loco que se refiere a sí mismo en plural. (Lo cual es confuso, y desdobla a la gente que comparte escena con él)
“La cuenta regresiva de Ramon” son capítulos con flashbacks al pasado remoto (a 1940); y “los recuerdos de Mario”, son otros capítulos con un personaje que tiene flashbacks (recuerdos) a su propio pasado, pero en nuestro presente.
Entre medias hay capítulos como “La crónica de Olga” o “el Diario de Karen”, que están protagonizados por dos mujeres cuya relación con el resto no se desentraña hasta casi el final de la novela. Relación que es absolutamente secundaria, y que sin embargo aportan algunas de las reflexiones más hermosas, y alguno de los trasfondos más ricos, que he leído nunca en un personaje secundario.
Pero hay otros como “El mudo lenguaje de los objetos”, en los que los objetos hablan. Una pistola. Un libro. Un ordenador. Son los protagonistas hablando mudos en manos de los demás personajes de la novela. Y otros capítulos, como “Hipótesis”, son disquisiciones sueltas sobre comunismo, pero coherentes y perfectamente integradas en el contexto de la novela.
O lo mejor- y peor- los capítulos que se llaman “Proyecto Coyoacan”, en los que asistes a una entrevista grabada, pero solo se transcriben las respuestas, no conoces los personajes que las dan, ni de lo que hablan, no sabes quién hace las preguntas. No entiendes de dónde vienen estos párrafos sueltos, que son respuestas a preguntas que se intuyen, pero conforme lees te das cuenta de que están haciendo un retrato de algo.
Todo lo anterior es muy confuso. Mezcla demasiados estilos y narradores. Y parece que no va hacia una novela de viajes en el tiempo; pero joder, acaba cogiendo sentido conforme avanza, y lo que en la página 130 aún no lo tiene, en la 140 precipita; y revalorizas todo lo anterior como una maravilla.
Los personajes acaban ubicados, y las rarezas se vuelven genialidades, acabas entendiendo perfectamente quién es quién, y las últimas 70 páginas ya no son confusas, si no un desenlace desenfrenado. Hasta el punto de que el primer capítulo se entiende de verdad, al leer el penúltimo.
De repente, solo queda una cosa, dar lo prometido, y puede que el libro no termine como yo pensaba. Pero no importa como termine. Decídelo tú. Lo importante es que todo es tiene cariz de perspectiva real, de plan desquiciado, pero posible, de argumento excesivo y delirante.
El desenlace está tan bien dirigido, y los personajes terminan por dibujarse tan rápido, y tan bien; que te da igual si al final no estás ante un regreso al futuro de rojos: el camino ha merecido la pena.
Ya lo dice Mario- o Miguel-
“¿Y si soy, piensa, uno más de los delirios paranoicos de la mente desquiciada de mi amigo Felipe Caballero, quien nació dentro de 30 años, va a morir hace dos? ¿o el protagonista de un guion trasnochado, escrito por mi admirado Jefe Fierro, en una ciudad, que es esta y es otra, en la que no para de llover mierda? ¿Y si soy el deseo secreto de un anciano ruso de cumpleaños? ¿o parte de la confusión de la novela de algún escritor subterráneo allá en Buenos Aires? ¿qué pasa si, peor aún, solo soy una pesadilla culpable del otro del que fui, y con un poco de suerte, si la Máquina funciona de regreso, volveré a ser? ¿Cómo podría salir de acá, si este que creo ser no fuera más que el fantasma de la imaginación o la locura de alguno de nosotros de cualquiera de todos nosotros? “
Ni el protagonista sabe quién es, o si es real. Eso tienes que decidirlo tú. Y para eso, este libro, ya digo, no es para cualquiera, y exige un esfuerzo entrar en él, pero igual que su primer capítulo, que no es más que el penúltimo, yo reitero: la recompensa es enorme.
Para terminar, dos reflexiones
Una de Olga, sobre el periodismo: “Hay unas pocas cosas que sé de este oficio que elegí.
Sé, porque me lo enseñó mi profe Santos, que es la última trinchera de los hombres y las mujeres libres contra la mierda del sistema, aunque a veces sea una trinchera que haya que compartir con el enemigo. Él decía que es como si te metieran el cielo y el infierno en una licuadora y tuvieras que trabajar en movimiento. Una especie de albañilería del sentido común, decía”.
Otra de Karen, sobre la muerte: “hay días que no lo aguanto más. Noches, sobre todo. Esta noche, sin ir más lejos. Conozco a Doña Eustaquia desde que me mudé aquí. JD ya la conocía. Es una antigua vecina de cuando la colonia era menos exclusiva y una madre soltera y operaria, podía tener su casita aquí. Trabaja todo el día en una fábrica de muñecas en Neza y no usa, vaya uno a saber por qué, cell phone.
Hace un rato, cuando estaba comprando en la tienda de aquí junto, me contaron que Eduardito, su hijo, acababa de morir en un accidente de moto. Un niño de 23 años que iba a la casa de su novia driving con el caso puesto y en una esquina, encontró a un hijo de la motherFucking, chingada que venía distraído o pendejeaba con el móvil, patinó en el asfalto mojado por la lluvia y lo lanzó contra la vidriera de una lonchería. Y ahí quedó su cuerpo de 23 añitos, tajado por los cristales, sobre los panes y las tortas, mientras las costillas rotas, clavadas en sus pulmones le llevaban la vida. Doña Eustaquia llegó hace 22 minutos a su casa y hace 21 que ruge como un animal al que están destripando. Hay, entre su casa y la nuestra, tres pisos, dos ventanas cerradas, todo el ancho de la calle, y la lluvia que no deja de caer desde hace días. Pero su rugido atraviesa los tres pisos de distancia, perfora los vidrios de las ventanas cerradas, cruza la lluvia incesante, traspasa la música que suena aquí en casa y la charla de JD y el pinche argentino hasta llegar aquí. Grita que no es verdad, que la están chingando, que venga. Ven, grita a su hijo que lleva ahora muerto, con los pulmones perforados por sus propias costillas. Ven, hijito, no me hagas esto. No, grita, no. Ven.
Eso es el dolor. Eso es la muerte. Esos alaridos desgarradores. La pesadilla de la cama vacía en el cuarto del hijo de doña Eustaquia. La cena que nadie comerá esperando en la nevera. La discusión que ya no volverán a tener sobre la fuckin moto. Todo es espanto. Está en esos gritos. Pero solo yo la escucho. (…) (su marido está en otra habitación haciendo cosas de la trama de la novela). Nadie sabe lo sola que me siento. Mañana tengo que salir temprano para el club, enfrentar a my Little Chaparritas, planificar jugadas, entrenar, maniobras y practicar encestes. Actuar como si todo fuera estar bien. Pero nada va a estar bien. Una tarde cualquiera, cuando vayan o vuelvan de su casa, va a aparecer un asshole motherfucker patinando en la lluvia y las va a mandar a morir entre panes y tortas. Un día saldrán de jugar al Basketball para ser secuestradas y que les roben un riñón en una operación ilegal que las dejará al borde de la muerte. Un día abandonaron todo para irse a vivir un amor descabellado y todo parecerá con tanto sentido, pero un año después van a abortar porque él es muy viejo, y tú muy pendeja, y no se lo van a perdonar nunca (…).
La cosa sigue, porque como ya digo, Karen, pese a ser una nota al pie de la historia de otro, es un personaje que merece una novela.
Todos, en “todos nosotros” debería tenerla.