La pregunta que nos plantea Doblin y que flota en toda la narración es la siguiente: ¿El destino es inamovible? ¿Da igual como actuemos? ¿Nuestro futuro está marcado? Hace tiempo leí por ahí que aunque así fuera, aunque ese determinismo fuera así de crudo, nosotros debemos actuar como si no estuviéramos condicionados y pudiéramos dirigir cada cual su destino, sobre todo para no abrumarnos.
“Hay que estar despierto, hay que estar alerta, no está uno solo. En el aire puede granizar y llover, con eso no se puede hacer nada, pero contra muchas otras cosas si se puede hacer. Ya no gritaré como antes: el Destino, El Destino. No hay que venerarlo como si fuera el Destino, hay que mirarlo a la cara, agarrarlo y destrozarlo”
Tremenda la radiografía que hace de la Alemania de entreguerras, la desolación de la sociedad tras la derrota en la I G.M y la enorme crisis que arrastran. Se percibe de primera mano aquello que ya habíamos estudiado en la asignatura de Historia, aquel cierre en falso de la I GM tras la firma del Tratado de Versalles. Ya estaba en ciernes la II G.M. De ese peaje y humillación hacia los vencidos, así lo consideró Alemania, nació un furibundo nacionalismo. El resto es historia. Movimientos extremos, anarquismo, comunismo… y como no, el nacimiento del nacionalsocialismo, ese movimiento nazi radical imparable. Ese es el caldo de cultivo del año 1927 y 1928, cuando se escribió este libro.
Se cuenta muy bien el agotamiento existencial del protagonista Franz Biberkofp, un tipo que a mi no me resulta especialmente querido, y que no ve forma de salir de una vida condicionada hacia el precipicio desde el momento de nacer: una guerra en la juventud, un paso por presidio y un abatimiento ante el futuro incierto. Que bien narra esa angustia Doblin.
El retrato que hace Doblin más que de ese protagonista un tanto siniestro, es de la Berlín de los bajos fondos, los barrios orientales. Lenguaje callejero, canciones nacionalistas o anarquistas, consignas y proclamas. Las clases marginales y del hampa, los vecinos del bloque, el panadero, el abogado, la supervisora de la tienda…sus preocupaciones, sus miserias, inquietudes, la precariedad del momento. Por momento recuerdas grandes obras clásicas que tienen ese formato: La colmena de Cela, La vida instrucciones de uso de Perec. Y narraciones en que la ciudad es la protagonista. En una de los anexos finales se habla de Manhathan Transfer, de acuerdo.
Doblin es valiente, escribe con la alegría y la confianza de los grandes: esa capacidad de narrar por momentos cosas absurdas, a veces sin sentido, a veces surrealistas. Eso solo se lo conozco a los grandes novelistas. Lo comparan con el Ulises de Joyce: a mi no me lo pareció, salvo por la valentía de ambos autores, la innovación y el protagonismo que cobra la ciudad, aquí Berlín, allí Dublín.
A veces me ocurre que estás con un libro que te parece bueno y de repente lees un párrafo y de buenas a primeras se convierte en una obra de arte. Este fue el momento en que cambió mi opinión de Berlín Alexanderplatz, página 359:
“Eva sostiene la cabeza de Franzen en sus brazos. Contempla desde arriba la cabeza: la clínica de Magdeburg, le aplastaron el brazo, mató a la Ida, Dios que pasa con este hombre. Siempre tiene mala suerte. La Mieze estará muerta. ¡Hay algo que lo persigue! A la Mieze le ha pasado algo. Eva se derrumba en una silla. Levanta las manos horrorizada. Franz se asusta. Ella no hace mas que sollozar. Está segura, hay algo que lo persigue, a la Mieze le ha pasado algo”
Sin el contexto pudiera tener poco sentido, pero dentro del contexto, este párrafo me llenó completamente, me dije “esto es realmente bueno”.