Consultando mis lecturas en Goodreads compruebo, sorprendido, que llevaba casi cuatro años sin leer nada de Pérez-Reverte. Lo último que leí suyo, Falco, no fue santo de mi devoción, la encontré una novela deja vu, una de esas historias que te recuerdan, en todo, a otras escritas por el mismo autor cambiando el decorado. Afortunadamente, no he podido elegir mejor una lectura para acabar con tan largo ayuno revertiano.
Quién se acerque a esta novela esperando encontrar una biografía de Rodrigo Diaz de Vivar, legendaria figura de la Reconquista por todos conocido, se va a llevar la misma decepción igual que el que esperaba encontrar numerosas batallas a espadazo limpio y acción frenética. Lo digo como aviso porque no han sido pocas las reseñas que he encontrado sintiéndose poco menos que estafados. Entonces, al grano: ¿qué es Sidi? Sidi es una estampa del Cid, una clase magistral de liderazgo que podría haber tenido como protagonista a otros grandes generales de similares virtudes y fortalezas, a saber, la veneración que inspiraban en sus hombres sin perder su condición de iguales en el campo de batalla, sin dejar de ser otro soldado más. Es un relato de frontera, uno en el que los rifles y los sombreros son sustituidos por espadas y yelmos, los indios cambian sus tocados de plumas por turbantes y enemigo es aquel que carga hacia ti lanza en ristre, poco importa que lo haga gritando Santiago y cierra España que Allahu Akbar.
Como he dicho antes, Sidi no cubre, ni por asomo, toda la vida del Cid, sino sus años de exilio trabajando como mercenario para reyes cristianos o reyes moros, quién pagara, en resumen. Durante este periodo cabalgamos junto al Cid y su mesnada a lo largo de territorio disputado y cambiante combatiendo a los sarracenos que hostigan a los colonos. Eso, al menos, al principio, pues pronto pasará al servicio del rey de Zaragoza, necesitado de hombres duchos en la guerra y aguerridos como fieras currupias para luchar y vencer a su hermano, el rey moro de Lérida. Y hasta ahí debo leer, pues aunque la historia del Cid está, de momento, en el currículo de la ESO, no es necesario venir aquí a destriparla.
La gran fortaleza de esta novela es lo excelentemente cuidada que esta su documentación, como suele ser habitual en el autor. Pérez-Reverte conoce el oficio como pocos, y no es raro verle compartir su proceso de documentación, siempre laborioso y exhaustivo. Al final de la novela, incluso, se incluye una pequeña bibliografía, prueba de que aquí se han venido con los deberes hechos. Esta labor de documentación permite que la inversión sea total la mayor parte de la novela, y digo la mayor parte porque la prolijidad suele venir acompañada de un defecto, el querer introducir más de lo necesario. A lo largo de la lectura no es extraño encontrar nombres de objetos y armas que para el común de los mortales son desconocidas; muchas por el contexto se pueden deducir, o si el contexto no aporta más datos siempre puede recurrirse a un diccionario. Puedo entender que a la gente esto le canse, porque a nadie le gusta detener la lectura para buscar el significado de un término, pero prefiero mucho más esto a añadir artificiosamente frases aclaratorias constantes: eso si que me saca por completo de la narración. Al menos estas aclaraciones las realiza el narrador omnisciente, de juzgado de guardia sería que el Cid tuviera que explicar a su alférez en qué consiste su cargo o qué es una cimitarra. Obviamente, esto es pecata minuta, no es algo que destroce la experiencia lectora, pero si es algo que luego de leer a determinados autores como Gene Wolfe, que son implacables con el lector por su forma de narrar, empiezo a tener más en cuenta. Quizá la mención al gran autor de ciencia ficción está de más en esta reseña, pero no lo estaría, por ejemplo, la de Juan Eslava Galán, que en su novela En busca de el unicornio recrea el habla y la forma de narrar propias del siglo XVII. Quizá acercarse más a ese estilo arcaico y totalmente inmersivo hubiera dificultado la lectura, pero desde luego habría provocado una inmersión total en la misma.
Pero si por algo destaca esta novela es por el excelente retrato que hace de su protagonista. En este país, la figura del Cid ha sido una de las más manoseadas, con muy distintas intenciones y para abanderar según qué movimientos conocidos por todos en los que no nos vamos a detener. Baste decir que la mención del Cid cercana a la del Cantar, la más hagiográfica, a día de hoy, es como mínimo sospechosa, sinónimo de naftalina y caspa; en tanto que la deconstrucción y desmitificación están a la orden del día, y eso en este país significa coger y pasar a según qué personajes por el fango hasta el punto que no los reconozca ni la madre que los parió. Baste mencionar a modo de ejemplo esa exquisita representación hecha en El ministerio del tiempo, en la que Don Rodrigo era poco más de un cafre asilvestrado sin honor y brutal, un borrico con tabardo y cota de malla que más que hablar gruñía, y que si por algo teníamos esa imagen heroica del Cid del Cantar y obras similares era gracias a que un agente del ministerio se había hecho pasar por él ex profeso. Ante tal alarde de profesionalidad uno, que es un poco malpensado, tiende a pensar que lo más sospechoso no es la figura mitificada del Cid y sus implicaciones, sino las intenciones de unos guionistas que se han propuesto tarea de divulgar la historia de un país. Y de la serie mejor ni hablo.
Pero aquí hemos venido a hablar del Cid revertiano, a mi parecer, un retrato bastante acertado, que mantiene un equilibrio entre la desmitificación lógica del personaje y la merecida fama que cosechó por sus hazañas, amen de su documentada mesura en las formas y su conocimiento de la morisma a la que, y con la que, combatió durante tantos años. Don Rodrigo es un hombre sencillo y honorable, pues por honor se exilió, parco en palabras, no especialmente culto pero buen conocedor de la naturaleza de los hombres, implacable al impartir justicia pero también sanguinario con los enemigos y los prisioneros cuando tocaba. El retrato que nos ofrece Reverte se centra, sobre todo, en como Rodrigo Diaz de Vivar paso a ser Sidi, El Cid, es decir, cómo se transformó de guerrero a líder y los sacrificios que realizó campaña tras campaña para convertirse en esa figura admirada por la que sus hombres morían gustosos. Y no es bonito lo que hace, aunque sobra decir que la guerra nunca lo es, y menos en la frontera, lugar en la que la disciplina es frágil y las más bajas pasiones están a punto de ebullición. Son varios los episodios en los que Reverte nos relata cómo ocurre esta transformación, en algunos de ellos siendo su heroísmo, su compasión y su justicia las que sobresalen, pero en los más siendo protagonistas las despiadadas formas que tenia la guerra en ese entonces. El Cid fue un gran guerrero y un buen líder, pero no fue un santo, la espada no la tenía precisamente de adorno. Y sobre todo, y más importante, no fue ese paladín de la cristiandad, porque como mercenario tuvo que pasar a cuchillo a mahometanos y cristianos a partes iguales, y si había que saquear, se saqueaba, y si había que vender al personal como esclavo, se ponía la mano para recibir los maravedíes y a otra cosa mariposa. Perez-Reverte se esfuerza mucho en recordarnos todo esto: la humanidad del Cid, lo cruda que es la guerra y que la reconquista fue un periodo complejo que no puede resumirse en cristianos y moros atizándose por el control de la península. Quizá me atrevería a decir que el autor casi se esfuerza demasiado en que todo esto quede cristalino, porque hasta se puede detectar un inconsciente tono exculpatorio en según que episodios, o quizá esa sensación me ha transmitido por tantas repeticiones centradas en cómo la vida guerrera moldea la naturaleza del hombre y lo hace cometer actos tan desagradables. No me voy a quejar por esto, precisamente porque Reverte es de los pocos rebeldes a los que les importan un comino el qué dirán, pero no se, quizá el peso de los años ha logrado atemperar el beligerante tono del cartagenero. O muy seguramente haya sido una impresión mía. Sea como sea, el retrato que Reverte realiza del Cid es muy maduro, y la madurez se echa bastante en falta en el género histórico, ya sea en libros como en cine.
Pero si algo he disfrutado por encima de todo es de los diálogos y de la acción. A tono con esa violencia cruda, los personajes hablan como a espadazos. Son hombres de armas, habituados a las estocadas, los cortes y las heridas abiertas; la retorica no es su fuerte, pero cada vez que hablan no dan puntada sin hilo. He recordado mucho los diálogos secos y cortos del western, en que cada frase se dispara al contrario y siempre da en el blanco. Hay frases que suenan a sentencia de muerte, chistes que te hacen reír por lo salvajes que son y por la poca importancia que le dan los personajes. Recuerdo uno que va con una ristra de orejas cortadas a modo de collar para vengar la perdida de la propia en plena refriega, y va el tío tan campante y dice: busque muchas pero ninguna me hacía juego. De perlas así está salpicada toda la lectura, y es un verdadero disfrute encontrarlas.
Podría seguir y seguir hablando del libro, pero entonces ni Dios se molestaría en leer esta reseña. Espero que esta reseña que por su extensión ya debería de recibir otro nombre -coñazo, por ejemplo- anime a los escépticos y se decidan a leerla. Aunque, seamos sincero, es Arturo Pérez-Reverte de quién hablamos: a quienes le gusta ya la habrán leído y quienes lo detestan da igual que haya escrito el relato más hermoso del mundo, no lo leerán en la vida: el precio a pagar por tener una columna de opinión, supongo. Ellos se lo pierden.