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338 pages, Kindle Edition
Published September 15, 2019
Literatura universal: «[…] fue Goethe quien acuñó el término de literatura universal (Weltliteratur) por vez primera allá por 1827», haciendo referencia a la «[…] literatura como expresión esencial e identificativa del ser humano y, por lo tanto, como superadora de meras fronteras geográficas, inoperantes cuando se trata de asuntos que conciernen al mapa de las emociones, pensamientos, preocupaciones y sentimientos humanos». Por otro lado, es también la única forma de «[…] satisfacer nuestra íntima tragedia de vivir solo una vida, pero ansiar miles (en cierta paráfrasis del decir del nobel Vargas Llosa). De esta manera, la literatura universal se convertiría en el lenitivo de nuestra insatisfacción existencial, de nuestra condición precaria».
Canon: «El concepto de canon encierra siempre un valor didáctico en tanto en cuanto se convierte en modelo ideal para los demás»; es un «[…] conjunto de obras o de autores representativos de una literatura».
Clásico: «[…] obras literarias que presentan algunas características como el hecho de su permanente actualidad, las reiteradas relecturas que suscita y, sobre todo, su significado inagotable, en virtud del cual se pueden extraer constantes interpretaciones», así como «[…] dos ámbitos fundamentales de representatividad: el placer lector (esa elección de una obra por aclamación lectora) o el academicismo (selección por cuanto una obra reúne magistralmente las características de un determinado movimiento estético o es conducida a las cimas de su género)».
Arte: Como Nietzsche expresó en El nacimiento de la tragedia, la creación artística surge de las pulsiones de lo apolíneo y de lo dionisiaco, donde «[…] lo apolíneo se relaciona con el dios Apolo y tendría que ver con la armonía, el equilibrio, la proporcionalidad, la musicalidad, la mesura, la racionalidad, la luz, la simetría; mientras que lo dionisiaco, inspirado en Dionisos, se caracterizaría por el desequilibrio, la desproporción, lo grotesco, los contrastes, la desmesura, lo irracional, las sombras, lo asimétrico. En todo caso, no se proponen como pulsiones enfrentadas, a pesar de su carácter antagónico, sino como complementarias, a modo de dos caras de una misma moneda: el arte».
«[...] una reacción lírica de estilización y naturalidad —frente al retorcimiento de la lírica provenzal, asediada por las antítesis, los juegos de palabras y las paradojas— que promueve la idealización amorosa en la figura de la donna angelicata, […] y cuyos rasgos se incardinan en la descriptio puellae».
«[…] cuyo espíritu es la recuperación de los clásicos grecolatinos».
«Esta exaltación de la belleza nacida del artificio, así como el hecho de desvincularla de la verdad, supone contravenir el espíritu neoplatónico del Renacimiento, que identificaba la belleza tanto con la naturalidad como con la idea de verdad y bondad. Además, aparece un auténtico cuestionamiento de los sentidos y, por lo tanto, de nuestra relación con el mundo, cuya percepción pivota en la duda sistemática y en la fusión de contrarios». «La obsesión barroca por lo aparencial desemboca de manera natural en la particular visión de la vida como un teatro en el que cada uno desempeña su papel de la mejor manera que puede; así, tienden a fundirse para confundirse ficción y vida, ilusión y realidad». Todo lo anterior «conduce a sus autores a experimentar con la forma y con la lengua literaria en la búsqueda del lucimiento, cuyo afán de deslumbramiento puede conducir al exceso, a lo grotesco, a la sobreabundancia, a lo onírico o, incluso, al feísmo».
«Eugenio Trías se refirió al crepúsculo del siglo XVIII como a un Siglo de las Luces enamorado secretamente de las sombras». «Hablamos de una concepción racional, empírica y científica, construida por el positivismo y el empirismo de John Locke y David Hume, los hallazgos en física y matemáticas de Isaac Newton, las propuestas de una economía moderna como las de Adam Smith o por la elaboración de la Enciclopedia que publicó Diderot». «También se da una crítica al legado de la tradición, que dará como resultado estético el Neoclasicismo, una reacción contra el Barroco y sus excesos, una vuelta a los clásicos grecolatinos y una concepción de la literatura desde presupuestos aristotélicos que suponen un encorsetamiento de la libertad creadora, supeditada tanto a la mímesis o imitación de la realidad como al precepto de verosimilitud en su naturaleza verificable. A ello se le suma la intencionalidad de un profundo didactismo en la creencia de que la literatura sirve para educar a la población, para ilustrarla».
«El arranque de esta nueva sensibilidad podemos situarlo en Alemania, a finales del siglo XVIII, con el movimiento conocido como Sturm und Drang, que pretende liberar al arte de un normativismo excesivo». «Tras el agotamiento de la razón como única fuente de conocimiento desde las concepciones apolíneas del neoclasicismo, en su propio seno se produce una indagación en las pulsiones dionisiacas para dar lugar al Romanticismo (para algunos estudiosos, el propio vocablo provendría del francés roman, ‘novela’, en el sentido de ficción o imaginación sobre la reflexión ilustrada), que encontrará su réplica con la modernidad y las corrientes de fin de siglo». Sus autores «[…] optan por la expresión libre de emociones y sentimientos como auténticos identificadores de la naturaleza humana, lo que conducirá a la búsqueda de la originalidad y, por tanto, a la idea del genio como creador individual e insustituible», además de que «se encuentran decididamente insatisfechos con el momento que les ha tocado vivir, la huida en el espacio y en el tiempo se convierte en un recurso necesario, de ahí la aparición de lugares exóticos (especialmente de lo oriental) y de épocas remotas (se prefiere sobre todo la época medieval)». Por otro lado «el Romanticismo insiste artísticamente tanto en la categoría estética de lo sublime como en la de lo siniestro, así como en su indagación en lo maldito y marginal a modo de reivindicación de la libertad y de la rebeldía. Además, se produce una apasionante concurrencia estética en la figura del monstruo, figura transcendental para este movimiento».
«Es una estética que ensalza el concepto de verosimilitud, en oposición al idealismo romántico, a lo irracional y a lo fantástico. Sin embargo, el hecho de que se encumbre la apariencia de verdad no significa que no exista poiésis o creación por parte de los autores, que no se limitarían a la mímesis aristotélica».
«[…] se basa en considerar la novela como objeto científico y en radicalizar el determinismo realista. Ello supone para la novela la asunción del fatalismo, la sordidez, el análisis científico, la disección, la denuncia social y la aparición de personajes marginados (de alcohólicos, prostitutas y dementes)».
«Este fin de siglo, desde el punto de vista estético, supone un paso más en la autonomía de la obra artística respecto de las referencias reconocibles para procurar una base excepcional a las vanguardias, que la elevarán a la máxima expresión mediante la autorreferencialidad, la conversión de la obra de arte en un objeto significativo en sí mismo». «Ciertamente, son artistas insatisfechos con el mundo que le ha tocado vivir, afectados por el spleen y por el ennui, esto es, por el hastío y el tedio vitales, por el aburrimiento existencial, pero, si se refugian en el arte, no es de manera superficial; feérica o meramente escapista, sino como una forma de reconciliarse precisamente con la esencia del ser humano».«Las principales corrientes de fin de siglo, que presentan las características que hemos abordado, son el parnasianismo, el simbolismo y el decadentismo, que, en numerosas ocasiones, se solapan o confluyen».
«El primero en utilizar el término simbolismo fue el poeta Jean Moréas en 1885, concretamente en su Manifiesto simbolista». «Surgió como contrapunto del realismo y del naturalismo en la reivindicación de lo ideal, lo espiritual, lo imaginativo y lo onírico y promovió el sensualismo mediante la sugestión y la contaminación de lenguajes artísticos, por lo que enalteció la sinestesia como principal resorte estético-ético que concitaba la idealización de la metáfora, la musicalidad y la plasticidad de las conexiones artísticas».
«El común denominador de las vanguardias es su espíritu rupturista, tanto de la tradición (aunque ello supuso encendidas polémicas, puesto que para algunos artistas resulta imposible hacer desaparecer todo lo anterior, con lo que necesariamente se disentía o se asumía, pero que seguía siendo algo imposible obviarlo) como de la realidad circundante».
«[…] la narrativa se diversifica en múltiples tendencias y se convierte en un discurso reivindicativo de la individualidad, en una potenciación de lo íntimo en la que se privilegia la historia particular».