El título "Los cárteles no existen" no es simplemente una frase provocadora de Oswaldo Zavala para repensar las nociones que tenemos sobre el crimen organizado y el tráfico de drogas en México, sino una afirmación literal del autor. Para Zavala, la violencia en México desde 2006 es atribuible exclusivamente al Estado y la clase política, quienes ejercerían un control absoluto sobre el crimen organizado. Desde esta perspectiva, el crimen organizado nunca ha tenido pretensiones políticas ni la capacidad de disputar el control soberano del territorio al gobierno federal.
Esta postura me resultó extremadamente simplista y argumentativamente insostenible. Si fuera cierto que los cárteles no tienen capacidad ni intención de desafiar al Estado, no veríamos el crecimiento de la violencia política en México, donde organizaciones criminales postulan candidatos, designan funcionarios e inclusive llegan a decapitar alcaldes de capitales del país. Tampoco podrían explicarse eventos como el derribo de un helicóptero Black Hawk del Ejército, el uso de drones con explosivos o el sitio de Culiacán. Si el Estado tuviera un control absoluto sobre estas organizaciones, como sugiere Zavala, no existirían estos episodios.
Es un acierto del autor abordar críticamente el fenómeno del tráfico de drogas y cuestionar las fronteras que separan al crimen organizado de la sociedad civil y el gobierno. Es válida su insistencia en que el crimen organizado evolucionó tras el colapso del régimen priísta y en que la imagen de los cárteles como entidades todopoderosas responde a un discurso que oculta dinámicas más complejas. Sin embargo, afirmar que los cárteles no existen, que no hay violencia entre ellos por el control de mercados ilícitos, o que el gobierno controla completamente estas organizaciones es, en el mejor de los casos, una postura ingenua y, en el peor, una visión dogmática y frustrante.
Aún más inverosímil es la idea de un Estado todopoderoso que maneja a todas las organizaciones criminales a la perfección ("la presencia absoluta, ordenada y eficaz del Estado", literalmente dice), el mismo Estado que es incapaz de proveer servicios básicos en todos el territorio nacional. Esta afirmación es más fantasiosa que la imagen del narco en las series estadounidenses que el propio Zavala critica. Es innegable que el Estado mexicano ha cometido violaciones graves a los derechos humanos en el marco de la llamada Guerra contra el Narco, pero sostener que la violencia en México única y exclusivamente existe por acción estatal es insostenible. Si asumiéramos esta postura, esperaríamos que la política del gobierno federal 2018-2024 de no confrontar directamente a los grupos criminales hubiera reducido la violencia. En cambio, los homicidios han superado los niveles de las dos administraciones anteriores, agravando aún más nuestra crisis de derechos humanos.
No todo en el libro es erróneo. Su divulgación del trabajo de autores como Luis Astorga, Juan Villoro, Roberto Bolaño, Charles Bowden y Julián Cardona es valiosa, aunque sus aportaciones originales son escasas. Sin embargo, la sección de crítica literaria, que sí es enteramente suya, es lo peor del libro. Resulta pretenciosa, vanidosa y desvinculada del objeto de análisis. Hay párrafos completamente innecesarios, como el siguiente: "el núcleo central de su obra: una práctica cosmopolita y erudita del ensayo, que busca utilizar un vasto y peculiar archivo cultural como repositorio de lenguajes para la figuración de una contemporaneidad cuya incertidumbre resiste la representación". Lejos de enriquecer el análisis, este tipo de divagaciones lo vuelven pesado y autorreferencial.
En conclusión, "Los cárteles no existen" ofrece reflexiones interesantes sobre el discurso en torno al crimen organizado en México, pero su postura central es demasiado extrema para ser sostenible. La negación absoluta de la autonomía de los cárteles y su insistencia en la omnipotencia del Estado terminan por debilitar un argumento que, de haberse formulado con mayor matiz, podría haber resultado mucho más convincente.