Alguno libros no necesitan reseñas. Tan solo requieren una dosis de paciencia para poder mostrarse, para aparecer en el momento adecuado de tu vida. Cruzan el umbral hasta adentrarse en una experiencia que tiene que vivir en sus propias carnes el lector, alejada a cualquier recomendación que puedas encontrar en las redes. De hecho, la dificultad que tiene hablar de una obra tan complicada como es la de Cero, de Kathe Koja es que es un libro que atrapa al lector como si de una infección se tratara. Te contamina, te hace pasar más de un mal rato durante su lectura y te deja secuelas que no tienen por qué ser agradables. Enfrentarse a esas situaciones requieren paciencia, autocontrol para poder seguir adelante y, sobre todo, requiere de profundas reflexiones acerca del proceso que supone leer una historia que no está hecha para saciar el apetito de aquel que busque en Cero una pura historia de horror. Que lo es.
Y es que lo que surge de la imaginación de Kathe Koja es el vacío. Camuflado desde un inicio con premisas sencillas, fascinantes y llenas de ilusión que te engañan al creer que te adentras en una obra convencional del agrado de los amantes del género. Esa ilusión poco a poco transfigura hacia una suciedad distinta. Esa que te agrede hasta causar rechazo. Un vacío que te contempla impávido desde su negrura esperando que te también te integres en su abismo. Con el transcurso de los capítulos las premisas iniciales quedan despedazadas en endebles fragmentos cuyo significado solo genera contrariedad y unas pizcas de animadversión.
El argumento de Cero entusiasma. Parte de la base de una pareja que descubre en un cuarto abandonado un agujero negro que no tiene ningún tipo de explicación. Esa nada les genera curiosidad, quieren comprenderla, saber lo que esconde en su interior y les obsesiona hasta el punto que no dejan de idear maneras de comprender lo que significa ese descubrimiento en sus vidas. Pero desde el momento en que interactúan con el agujero, y ven como transforma todo aquello que se acerca a su vacío, todo cambia a su alrededor.
Y también lo hace la prosa de la escritora hasta generar esa suerte de flujo de pensamiento que parte desde la mente de Nicolas, nuestro protagonista, hasta influir en todo lo que va descubriendo el lector desde el primer capítulo en adelante. Aquí habría que hacer un inciso acerca de la pesadilla que tiene que suponer el trabajo de traducción de una obra tan fascinante como es Cero y que llega a buen puerto de la mano de Pilar Ramirez Tello. La manera de narrar de Koja transforma los tropos convencionales de cualquier novela de terror a una borrasca de ideas que convierten la lectura de la propia novela en una pesadilla no fiable, llena de percepciones contaminadas por el amor, la frustración, el dolor y, sobre todo, el miedo. Un terror que deshace sus principios, que florecen en un primer capítulo aterrador lleno de ideas espeluznantes, hasta convertirse en pedazos de la soledad y el vacío profundo de que aterran al lector escondiéndose en las sombras de la intimidad.
Porque lo que encontramos en Cero no deja de ser una alegoría de la vida, de las relaciones humanas, de lo terrible que es sentir como por dentro de uno surge un hueco que nos devora hasta destruir todo lo que creemos real. El experimento que traslada Koja a su novela está lleno de cortes que sangran a cada página, cuyo olor consigue herir a todos los que se han tenido que asomar alguna vez al agujero. Esa incomprensión, ese deseo de rehacer las piezas de un puzzle derruido, esa desilusión por tratar de comprender un punto de vista que se nutre de lo absurdo. Cero aterra por su universalidad. Por que todos alguna vez hemos vislumbrado el abismo que se fragua al distanciarse de aquello que tenía seguro entre sus manos y que se ha ido vertiendo en las arenas ce Carcossa. Por muchas vendas que traten de paliar los efectos de la distancia, del tedio, de la nostalgia.
Una novela que encierra desesperación, violencia y aullidos, cargada de enigmas que, probablemente, estén alejados de cualquiera de las impresiones que yo pueda concebir tras la lectura. Una novela sucia, complicada, desesperante, exigente, llena de cerveza y de vómitos, de reproches y de frustración, una muestra afilada de como desangrar a los personajes hasta odiarles. Una historia que no gustará a todo el mundo porque, cuando se da cuenta, le ha generado un vacío que también terminará por obsesionarle.
Y es que la obsesión se esconde en la mente de quienes la experimentan hasta transformar la realidad en algo mucho más terrorífico. Algo que fluye desde el miedo y que nos arrastra sin piedad.