"El cine comienza con Goya" cuenta los orígenes y creación de un lenguaje universal que será la matriz original del cine. Goya creó ese lenguaje visual donde se funda el lenguaje universal del cine. A la matriz goyesca del lenguaje cinematográfico serán fieles todos los patriarcas fundadores. Georges Méliès, D. W. Griffith, Friedrich Wilhelm Murnau, Sergueï Eisenstein, Carl Theodor Dreyer, Fritz Lang, Alfred Hitchcock, Orson Welles, Luis Buñuel, Akira Kurosawa, Billy Wilder, John Huston, Stanley Kubrick, Andrzej Wajda, Jean-Luc Godard, Éric Rohmer, Néstor Almendros, Luis García Berlanga, Carlos Saura, entre otros grandes maestros, utilizan, rinden homenaje y enriquecen el lenguaje universal concebido y creado por Goya para tocar la técnica y herramientas fotográficas con la gracia de un arte nuevo compartido por todas las civilizaciones.
Juan Pedro Quiñonero es periodista corresponsal en París del ABC desde hace décadas. Este libro defiende la tesis de que el cine es heredero directo de la pintura de Goya, y trata de buscar las raíces seminales del lenguaje cinematográfico. Habla de que los desastres de la guerra son "el primer gran reportaje fotográfico de la historia, el primer documental cinematográfico". Goya fija las bases de lo que fue el primer lenguaje universal entendido por todo el mundo: el cine mudo. De hecho el lenguaje universal es como se llama el primer capricho de Goya.
Goya es un pintor importante pero aquí me parece que insistiendo tanto en su relevancia suprema, se llega a extremos a veces ridículos. Si Goya pinta un sueño, no significa que cualquier película de terror sea heredera directa e inexorable de su pintura o que "la imaginación y profecías oníricas de Goya son una de las matrices del relato visual y cinematográfico del terror político contemporáneo".
Además, el libro es aburrido, pomposo y pedante. Con una prosa muy tortuosa, llena de referencias eruditas nada explicadas (sin notas a pie de página), menciones a muchos cuadros no reproducidos en los capítulos, falta un hilo conductor, sobra desorden. La falta de claridad y sencillez expositiva lastra las tesis del autor con el plomo del sopor y la irrelevancia.