Del góspel al pop, de la balada al funk, del jazz al soul, Stevie Wonder supo desde muy chico ser fiel a sus orígenes culturales y, al mismo tiempo, lo suficientemente curioso como para asomarse en su música a nuevas expresiones. “El genio de 12 años de edad”, como lo definieron en la célebre discográfica Motown en 1962, desde su primera aparición en un escenario, ciego de nacimiento, logró sortear todos los obstáculos. Casi sesenta años después de aquel debut precoz, nos sigue conmoviendo y animando con sus canciones, su voz y su armónica. En ese derrotero hubo hits y megahits (I Just Called to Say I Love You, Isn’t She Lovely?), obras conceptuales (Journey Through the Secret Life of Plants) y experiencias menos felices. La suma de este variado repertorio, notablemente virtuoso, convirtió a Wonder en un clásico multigénero. Quizá porque, como canta en Sir Duke, el tema que le dedicó a Duke Ellington y a otros grandes del jazz, “la música es un mundo en sí mismo/con un lenguaje que todos entendemos”. A partir de un casete de In Square Circle grabado en su memoria, Edgardo Scott se propuso, con agudeza y erudición, pero sin piedad ni complacencia, “escribir la transformación de un gusto de infancia”. Esa patria que nos formatea para siempre, donde reina la canción.
Edgardo Scott nació en Lanús, provincia de Buenos Aires, en 1978. Fue fundador e integrante del Grupo Alejandría, que en 2005 inició en Buenos Aires el movimiento de lecturas y ciclos literarios en narrativa. Publicó No basta que mires, no basta que creas (nouvelle, 2008), Los refugios (cuentos, 2010), El exceso (novela, 2012), y Caminantes. Flâneurs, paseantes, vagabundos, peregrinos (ensayo, 2017). Es traductor y editor de Clubcinco editores. Colabora con artículos de crítica literaria en el diario La Nación, el blog de Eterna cadencia, y las revistas Otra parte e Inrockuptibles. Actualmente vive en Francia.
Debo decir que le tenia mucha fe a este libro (por algo lo elegí para ser la primera lectura del año). Es un ensayo, o un conjunto de ensayos a manera casi de playlist, me parece que muy bien logrados, sin aspavientos pero también sin caer en la complacencia, donde se pretende “escribir la transformación de un gusto de infancia”. Esa patria que nos formatea para siempre, donde reina la canción. 3,4 estrellas ⭐️
El libro es un precioso ensayo sobre cómo abordar una obra inmensa desde el sentimiento y las rutas de conocimiento personales. Detrás de un título pomposo que responde más a una exigencia editorial que a una búsqueda certera por intitular un libro, se encuentra un recorrido precioso por qué es lo que transmite Stevie Wonder y la música alrededor de él en el autor. Edgardo Scott da con los tiempos justos, repasa temas que le gustan en el que entran tanto hits como pequeñas cosas olvidadas no antologizadas. No se ahorra en críticas cuando debe hablar de la mala música (o la música fallida, porque gente como Stevie Wonder no hace "mala música", sino obras menos logradas), y al mismo tiempo nos hace partícipes de glorias personales propias y de Stevie. No es mordaz ni pedante y eso es un gran logro del libro. No explica ni busca convencer de por qué Stevie Wonder, pero ´si nos permite pasear un rato por un artista y su música y, si seguimos al pie las instrucciones de temas y discos que sugiere escuchar mientras leemos, es muy probable que sea una de las lecturas más disfrutables que se tenga en mucho tiempo.
Qué difícil es crear una antología no crítica en base a las canciones de un hombre mayúsculo como Stevie Wonder. En el libro se genera una competencia por mostrarse docto, por mantener la euforia a raya y proporcionar el máximo de datos “freak”. El autor agota el recurso de la intertextualidad, trenzando estas canciones con César Vallejo, Wilde, Faulkner y otros autores (hombres) para probar sus puntos: Stevie es Dios. Eso no lo discuto.