Hay varias cosas que me sacaron de onda al leer estos ensayos de Butler (algunos recitados durante conferencias en universidades, institutos, centros culturales ubicados en Berlín, Chile, México, Argentina, entre 2018 y 2019). Lo primero es que, salvo breves alusiones a Montserrat Sagot, Julia Fragoso, Hanna Arendt, Suad Amiry y un verso de la brasileña Cecília Meirelles, no encontré referencias a mujeres, migrantes, indígenas, trans, entre todos estos cinco textos de Buttler acerca de derechos de mujeres, migrantes, indígenas, trans; sobre seres llorables y no-llorables, la ampliación del mundo gracias a las lenguas y su traducción, el futuro de las humanidades, la importancia de preservar memoria histórica, etc.
En cambio, sí hallé meditaciones sobre el Malestar de la Cultura, de Freud, y la propuesta de no-violencia de Einstein; amplias reflexiones sobre postulados de Foucault, Jaques Attali, Bruno Latour, Helmuth Plessner. Incluso, un texto abre con una cita de Neruda 😐 que dice: "Quien no lea a Cortázar está condenado". Y, por supuesto, cita también a Cortázar: "cada uno tiene sus ametralladoras específicas. La mía, por el momento, es la literatura" 😐. Y yo digo: amic, no hacen falta nombres de hombres, en su mayoría ya medio caducos para la época, para validar y seguir construyendo tu teoría crítica. ¡Y LO SABES!
Pero hay otra cosa que no me deja en paz. A ver, primero, sí, de acuerdo con todo: no a la violencia, sí al diálogo y a la comunidad, abajo el fascismo, todos somos llorables, etc. Todo lo que dice Butler es razonable, viable, lógico, sano, articulado (y también un tanto repetitivo). Quizá personas que han tenido una vida a la que el sufrimiento les ha tocado de formas, digamos, "naturales" (enfermedades aparentemente inexplicables por la ciencia, muertes cercanas pacíficas, cosas por el estilo que, aunque no son menores, tendemos a aceptar con mayor facilidad—no lo digo yo, lo dice Beauvoir) podrán asentir y sentirse bien armadas para la resistencia frente a la violencia después de estos ensayos.
Pero, ¿cómo pedirle a alguien que sobrevive con la desaparición de alguien querido, a alguien que ha sido víctima de abusos, de violencia, de privaciones, que…? ¿Que qué?
Eso es lo que no me deja en paz. Y me parece muy bien que la ametralladora de algunos sea la literatura. Me parece muy bien hablar de todo esto, pensarlo, y la posibilidad de que alguien pueda pararse en foros a discurrirlo en voz alta —aunque casi siempre sea en ausencia de los no-llorables.
Sí, coincido en que: Los movimiento en pos de la transformación social generan muy a menudo problemas intelectuales para la academia; y la academia, en ocasiones, proporciona ideas o conceptos que inspiran a quienes buscan elaborar y defender las libertades básicas de todas aquellas personas que viven bajo restricciones autoritarias; una igualdad básica para las que sufren la discriminación y la desposesión; una justicia básica para las que han sufrido daños o han padecido pérdidas políticas de la mano de formas diversas de violencia de estado. Es en la academia donde empezamos a formular un concepto de derechos que va más allá de lo humano, que incluye lo animal, y que engloba también el entrono, la tierra, el mar, en cuanto que salvaguardas frente a la expropiación y la destrucción de la avaricia corporativa y un capitalismo cortapisas. (pág. 122).
Sólo que no encontré acá algún rayito de inspiración para elaborar y defender esas libertades básicas.
Compré el libro pensando que, como dice la portada, me ayudaría a encontrar formas de resistencia a la violencia de hoy que luego no me deja vivir mi propia vida. Pero no las encontré. 😓