La poesía de Nadia es desgarro, es belleza, siguiendo la premisa de que, por lo general, solo el dolor, la soledad, el desamor y la tristeza engendra hermosura en un parto de negro sobre blanco.
Equilibra de manera más que correcta el lamento con la lucha, el quiero y el puedo, la melancolía con la autoreivindicación, evitando así caer al otro lado de la delgada línea del victimismo.
Quizás solo le falte un background no más amplio pero si me surtido, que agrande y heterogeinice la paleta de sus versos, porque de musa ronda el superávit. Pero como opera prima es, cuando menos, encomiable