Alan Moore es Alan Moore es Alan Moore.
No importa que guionice cómics de súpers, de humor, de ciencia ficción o de terror; tampoco importa si hace un espectáculo de magia o, como en este caso, escribe una novela-río: es el mejor en lo que hace. Lo ha sido siempre.
La diferencia con otros guionistas de su generación, que han ido apagándose poco a poco, perdiendo progresivamente la ilusión y el talento, es que Moore adora lo que hace, y siempre tiene algo que contar. Lo puede narrar de la forma que le dé la gana, porque es Alan Moore, y punto. Porque es el genio que cambió los cómics para siempre (para bien y para mal, ¿eh?) Porque es el cultísimo y a la vez popular escritor que no para de sacar referencias claras y oscuras en su extraordinaria League of extraordinary gentlemen. Porque, por Dios, escribió From Hell. Nadie podrá superarlo nunca.
En esta ocasión, Moore se adentra en una historia que bordea el realismo mágico de un García Márquez o de un José Donoso: las cosas más asombrosas se nos presentan como cotidianas, porque el mundo del barbudo guionista es un mundo encantado (vamos a ver, que el tío es mago... es mago de verdad, leñe) donde todo puede suceder. Donde los ángeles juegan partidas de billar con almas humanas. Donde los fantasmas se alimentan de hongos y viajan por el tiempo. Donde existe un «piso superior» que no es necesariamente el Cielo, sino simplemente otro plano de existencia, con unas normas que iremos descubriendo según Moore nos las quiera contar. ¿Que tiene un ritmo lento? Venga ya. A ver si Da Vinci pintó La última cena en una tarde y pretendía que pasáramos por delante del cuadro sin fijarnos en el sinfín de detalles que contiene. Cualquier obra de arte verdadera requiere que tengamos la paciencia de admirarla, contemplarla, leerla... al ritmo que el autor le imprima, porque eso es lo justo, y porque si no, disfrutarla será imposible. ¿Se puede leer Calvin y Hobbes (por poner otro ejemplo de verdadera obra de arte) a toda leche? Pues claro, pero nos vamos a perder la impagable gama de expresiones faciales de Calvin, el ritmo de pantomima que Bill Watterson imprime a sus planchas (y dominicales) mudas, los dobles sentidos, la crítica social... y nos quedaremos con los chistes más básicos. Eso no es leer, eso no es disfrutar. Ahora, todo el mundo tiene prisa. Recuerdo que, cuando leí V de Vendetta por primera vez, me acababa a toda prisa el número entero, lo devoraba, y luego, con calma, me lo releía. Las veces que hiciera falta. El tomo primero de Jerusalén me ha costado un disparate de tiempo acabármelo, pero he disfrutado cada segundo; lo he leído en el váter, donde se me pasaba el tiempo como si fuera uno de los espectros de Moore; bajando a mi perra, mientras le tiraba la pelota; en el autobús yendo a cualquier parte; en la cama, donde me daban las mil. Y en cuanto termine de leer la obra completa (los tres tomos), me la pienso releer otra vez, de cabo a rabo.
Así de buena es.