La biografía de Álvaro Gómez Hurtado por Juan Esteban Constaín es una delicia. Muy bien escrita, como todas las obras de este autor, con tics literarios muy propios que recuerdan a Javier Marías, la obra rescata a una figura que, canonizada en algunos medios por las circunstancias de su muerte, en realidad pasó la mayor parte de su vida a la sombra de su formidable padre, El Monstruo, El Hombre Tempestad, Laureano Gómez Castro. Es muy cierto, como dice el autor, que Álvaro Gómez cargó al menos hasta la Constituyente de 1991 (de la cual fue uno de los artífices principales) con la cruz de ser el hijo de Laureano y el padre o hermano de la Violencia de 1948-1958. Como bien muestra Constaín, la Violencia mayor entre liberales y conservadores inició mucho antes, posiblemente con el regreso del liberalismo al poder en 1930, y no fue hija de Álvaro o Laureano, sino que tuvo muchos padres, muchos de los cuales siguieron en política activa después de 1958 pero lograron que la culpabilidad de las atrocidades de la época cayera casi exclusivamente en la estirpe de los Gómez. Los líderes liberales, con el diario El Tiempo a la cabeza, vendieron esta idea junto con algunos líderes conservadores, olvidando que en los años plomizos de la mitad del siglo casi todos los políticos colombianos mojaron sus manos en un río de sangre. Constaín cuenta bien la historia de la República Liberal, el regreso del conservatismo al poder, la Constituyente fallida de Laureano, el golpe de Rojas y el exilio para los Gómez, el descrédito de la dictadura, los acuerdos entre Laureano y Alberto Lleras, el Frente Nacional, la muerte de Laureano, las campañas presidenciales de 1970, 1986 y 1990, la Constituyente de 1991 y el asesinato de Álvaro Gómez en 1995. Condimenta la historia con la hermosa correspondencia entre Álvaro y su esposa Margarita Escobar (no creo que muchos políticos colombianos hubieran podido o querido escribir cartas semejantes a sus esposas) y con la profunda obra del biografiado, particularmente el libro sobre la Revolución en América. Lo que resulta evidente en Gómez Hurtado es su inteligencia viva, su permanente interacción con el entorno, su disposición al cambio y al aprendizaje, su amor por lo bello y lo bueno, atributos que le permitieron salir de la caverna en la que pasó la mayor parte de su juventud a las extensas llanuras de la mente en la que terminó sus días. Una obra meritoria y necesaria.