Un poeta que trasciende a su tiempo deja un legado tras su muerte que son sus poemas —su obra—, y estos nos ayudan a inmortalizar e idealizar al hombre que figura como autor; pero cuando el lector, además, tiene la oportunidad de ir más allá, y acercarse al ámbito privado por medio de las epístolas, lo que podemos topar es algo muy diferente de lo que podíamos haber interpretado mediante el trabajo literario, ya que en las correspondencia privada cualquier persona, y quizá más una artista de corazón, tiende a volcar todas y cada una de las emociones e inquietudes que lo asaltan en el día a día.
Esto es lo que podemos ver en la antología de cartas de John Keats de Alianza editorial; se trata de una colección recopilada por Ángel Rupérez y que agrupa cartas desde 1817 hasta el mismo año de su muerte acaecida en febrero de 1821. En la antología descubrimos a un Keats capaz de comunicar un rico muestrario de temas, que van desde postulados estéticos, proyectos editoriales, pasando por comentarios mundanos tales fiestas o críticas, hasta asuntos de exaltación romántica como el amor —por Fanny—, y las tribulaciones ciertas por la terrible agonía de una enfermedad mortal —la tuberculosis—.
En las epístolas que abarcan el periodo de 1817-1820, se concentran principalmente los muy interesantes postulados artísticos y estilísticos que ayudan a conocer el motivo y significado de su obra; véase cuando reflexiona sobre su sentido de la belleza relacionado con la verdad: «De nada estoy seguro si no es de la santidad de los efectos del corazón y de la verdad de la imaginación. Lo que la imaginación capta como belleza debe ser verdad» (p. 133). Y más adelante afirma: «Tengo la seguridad de que escribiré por el mero anhelo y amor por la belleza» (p. 223). Y es que para Keats la belleza resulta clave en el hacer poético, y esta junto a la intensidad y la 'capacidad negativa' vienen a orientar la razón y obra del artista. Porque para Keats la excelencia del artista está en la intensidad, la cual permite «disolver todo lo desagradable gracias a su estrecha relación con la belleza y la verdad» (p. 138) permitiendo así al artista «convivir con la incertidumbre, el misterio, las dudas, sin estar irritable, ni sentir la necesidad de echar mano ni de la razón ni de los hechos» (p. 140), lo que le lleva inexorablemente a crear la obra de arte.
Ahora bien, y como advierte el propio encargado de la edición, Ángel Rupérez, dicha prioridad por la belleza no tiene nada que ver con la idea de la «belleza por la belleza» tan en boga en movimientos posteriores que buscaron una construcción más artificial, sino más bien se trata de una belleza natural y sencilla surgida del entorno y que afecta los sentidos, las pasiones, y que en última instancia se relaciona con el disfrute de las cosas sencillas y de la propia felicidad: la felicidad de Keats se halla en «el aquí y el ahora. Solo el instante es capaz de sobresaltarme. El sol poniente siempre me restablecerá, o si un gorrión llega hasta mi ventana formo parte de su existencia y picoteo ante la gravilla» (p. 136). Con esta premisa podemos entender poemas como “Sobre la cigarra y el grillo”, “Sueño y poesía” o incluso “Lo que dijo el zorzal” creada en un momento de sentir en que «la mañana ha dicho que yo estaba bien. No tenía más idea que la de la mañana, y el zorzal dijo que yo estaba bien y parecía que decía [poema]» (p. 172).
De 1819, observamos un cambio en Keats, el poeta se replantea su futuro, hasta entonces había sentido bastante animadversión por la crítica literaria de los medios periódicos, en parte justificado por mala acogida de su poema narrativo Endymion. De hecho llegaría a atribuir un papel nefasto de los medios periódicos entre el público, precisamente por su capacidad de influenciarles: «Hay que tener paciencia porque las revistas han debilitado las mentes de las personas y han inoculado en ellas indolencia, de tal modo que pocos piensan por sí mismos […] Son como una superstición que cuanto más atonta a la muchedumbre y cuanto más prolonga su efecto, más poderosas son, en proporción directa con su creciente debilidad» (p. 276). Pero Keats se torna ahora más pragmático, más maduro también, y considera que podría esforzarse en conseguir alguna colaboración en los periódicos, actuando con hipocresía: «Confío en que seré capaz de trampear tanto como cualquier otro judío del mercado literario y brillar con un artículo sobre cualquier cosa sin tener demasiado conocimiento del tema […] No tengo ninguna confianza en la poesía, lo cual no me maravilla. Lo que me maravilla es que haya gente dispuesta a leerla y no en pequeña cantidad» (p. 382).
Sin embargo en 1820 los proyectos e intenciones de Keats se ven truncados: su salida periodística no termina de concretarse, además un drama en el que tenía muchas esperanzas 'Otto el Grande' no se estrenará, y al cabo hará aparición la terrible enfermedad que lo llevará a la tumba. De hecho a partir de la primera mención a la enfermedad en una carta de 6 de febrero el asunto poco a poco irá cobrando protagonismo, ni siquiera guarda esperanzas en 'Lamia, Isabella, La víspera de Santa Inés y otros poemas' que se publicaría en julio de ese año: «Mi libro sale con muy pocas esperanzas y ningún ánimo por mi parte. Esta será mi última prueba; si no tengo éxito, miraré a ver lo que puedo hacer en el campo de la medicina» (p. 459-460) (Keats había estudiado medicina); se equivocaría aquí el autor porque este libro sí sería bien recibido, aunque poco podría disfrutarlo, pronto marcharía a Italia aconsejado por los médicos para recuperarse, y ese viaje lejos de ayudarle solo conseguiría agravarle aún más la enfermedad. A partir de ese momento, las epístolas son una sucesión de lamentaciones jalonadas con breves chispazos de esperanza, donde el amor doliente y romántico se sublima en las cartas dirigidas a Fanny, y la desesperanza embarga al artista que es consciente de su irremediable final.
Más temas y asuntos hay aguardando en la antología de cartas de Keats que ha publicado Alianza editorial, además caben destacar los poemas que aquí y allá acompañan los textos, y que por sí solos configuran una nada desmerecedora antología poética del autor; por ello y por el lado humano que se esconde aquí, esta recopilación epistolar se convierte en una obra más que interesante y apta no solo para los adeptos del poeta británico, sino para los interesados en las biografías y la poesía en general.