Releer a Víctor Hugo Viscarra es, para mí, una experiencia inquietante. Además de las sensaciones usuales que causa (que se las encuentra ampliamente en la red), me llama la atención la cercanía de su lenguaje con el resto de la sociedad paceña; gran parte de los modismos que utiliza el autor de seguro también fueron utilizados en los corredores del Palacio de Gobierno y en los de la Casa de la Cultura.
Leer al Victor Hugo es incómodo, muy incómodo. Este libro no es gran literatura (entendiendo esta como terreno de intelectuales) sino que este libro es la calle, es caminar de noche por La Paz, con frío, con lluvia y de cantina en cantina para terminan en el Pen.
Este libro no tiene adornos y tiene mucha realidad, realidad jodida que preferimos no ver. El Víctor Hugo sabe que nos hacemos los opas por eso nos las restriega en la cara, con todo el barro, con toda la mierda.
Este libro es denuncia y al mismo tiempo es ofensa, es denuncia porque relata lo estructural de la violencia, de la pobreza y de la miseria; es ofensa porque durante muchas partes del libro sientes que el Víctor Hugo se burla de ti, de tu mirada burguesa sobre lo que dice y la verdad es que tiene razón…
Lo vuelvo a decir, es un libro incómodo, muy incómodo pero en mi opinión, un gran libro