Los pueblos pequeños suelen esconder secretos inmensos. Poco importa en verdad si alguno de ellos resulta revelado; lo que sí cuenta es lo que trasunta, lo que se percibe, el frenesí con que se relata aquello que esconde. Marcelo Rubio, pesquisa de lo nimio, sabe adentrarse como pocos entre los intersticios y hendiduras que dejan estas historias pobladas de hombres y mujeres al borde del camino, que siguen el ritual de una trama velada y de la que parece no haber huida. En El Cristo roto, un restaurador de imágenes sagradas y un cura, dos personajes que juegan en los márgenes, pícaros y escépticos, se unen en el ardid de fabricar un falso milagro. Todo el pueblo está pendiente de ello y el tiempo se detiene. El prodigio, sin embargo, radica en la propia escritura de esta novela, en los personajes secundarios que animan la espera, en los diálogos que Rubio utiliza con la eficacia de una estrella fugaz. de allí el asombro y la maravilla. Todo milagro literario, en definitiva, así como toda blasfemia, se resume en una cuestión de fe.
Una novela corta pero atrapante. Empieza como un policial negro, casi como un western. Un forastero en un pueblo pequeño al que tiene que salvar de su miseria. La historia es un misterio que se mantiene hasta ser explosivo y cuando se descubre, el libro está al borde de terminar. Rubio maneja los diálogos y los tiempos con soltura para crear una atmósfera de expectación crepitante llena de personajes de lo más sospechosos. Lo malo es que no sea 10 veces más larga.
Estamos ante una novela corta que toca un tema muy interesante, la religión. En tan solo 71 páginas nos encontramos con una historia simple y compleja a la vez que tiene un final que me dejó sin aliento. Son ese tipo de finales perfectos para las historias que le da a la obra en general un sentido de unidad. Si tienen ganas de leer algo corto entonces “El Cristo Roto” es para ustedes.