“El Viaje” de Anaí López me gustó a diferentes niveles, y por distintas razones:
Empiezo por un sitio obvio, dado el tema del libro: en mi práctica profesional de tanto en tanto trabajo con jóvenes en procesos de orientación de distinta índole. Invariablemente el tema de las drogas está presente: como terreno inevitable, como interrogante, como realidad cotidiana. He encontrado que “El viaje” es un buen recurso para comenzar y extender el diálogo. El tema que sirve como trasfondo a la novela aborda este universo de manera abierta, directa, con inteligencia. No se coloca en el lugar común del consumo o de la adicción, ya no digamos de la moralina, sino que lo hace a un nivel de un cuestionamiento más esencial: ¿qué anhelos te habitan? ¿qué heridas cargas? ¿qué quieres hacer de tu vida? ¿cómo dirimes los dolores que tienes? ¿cómo tocas lo que sientes? ¿dónde estás listo para simbolizar lo que te pasa, y dónde, aún, necesitas un soporte que te tranquilice? ¿qué haces para consolarte? ¿cómo lidias, en suma, con la vida y con la parte de muerte que va irremediablemente pegada a ella?
La segunda razón está muy pegadita a la anterior, y tiene que ver con el retrato que consigue hacer Anaí de un momento en el ciclo vital. Un tramo de vida en el que uno está en busca de redondear su identidad, en el que uno se lanza a la exploración de la vida, y apuesta por dejar atrás el terreno conocido de la familia. La confusión, la incertidumbre, la ambivalencia está bien retratada.
Pero más allá de esta pertinencia, la novela consiguió transportarme a la época de la universidad; pude volver a un universo que me resultó familiar. Los personajes dialogan, van, vienen, experimentan, viajan, sienten, se preocupan, se enamoran, se pelean, se molestan, se ríen, de maneras que me recordaron a mis amigos, mis primos, mis compañeros de aquella época. Creo que ese es uno de los méritos más importantes de la autora, pues consigue construir personajes que van adueñándose de tu imaginación, que hablan y se extienden en tu cabeza; con los que te identificas y en los que depositas afecto. El vínculo emocional se establece, creo, en la medida en que la variedad de situaciones que los personajes enfrentan, remiten de manera efectiva a situaciones por las que todos hemos pasado: amores, desamores, pérdidas, experiencias de trabajo, dudas vocacionales, inquietudes creativas, crisis espirituales…
Me parece que el jalón que la historia de Anaí consigue se debe, en buena medida, a su talento narrativo. Su prosa consigue recrear mundos, uno se siente en verdad montado en un cochecito junto a sus amigos, lo mismo que caminando por las calles de Malinalco, o caminando en el desierto en Real de Catorce. A lo largo de la lectura uno experimenta la anticipación de la experiencia de consumo, el mareo inicial de la sustancia entrando al cuerpo, el alucine del viaje o el malestar de la cruda. Quizá tenga que ver con el hecho de que Anaí es guionista de cine y series, pero su escritura tiene una cualidad cinematográfica: en una misma página consigue llevarlo a uno con fluidez del presente al pasado, y de ahí varios años adelante, en el futuro; de un coche a otro; de una geografía a otra; de un sitio a otro; del diálogo formal entre personajes al diálogo interior de uno de ellos. Hace esto con maestría, sin que se noten las costuras de la trama, como si todo fuera un hilo de palabras.
Por último, me gusta de esta autora que hay una cierta continuidad, un guiño a sus historias anteriores. Quizá esto sea intencional o quizá sea una conexión que sus lectores hacemos en la fantasía. Imagino que el efecto se produce en parte por el orden en que sus libros han ido apareciendo y cierta correspondencia cronológica con el ciclo vital: Elena en secundaria, Elena en Prepa; Elena entrando a la Universidad, y ahora estos jóvenes cerrando el ciclo universitario. Sin embargo, intuyo que es algo que trasciende a los personajes e incluso el tipo de inquietudes que los cruzan. Por un lado, en la superficie, hay una coherencia estilística que produce ese efecto; por otro, en lo profundo, palpita un latido autobiográfico que anima esta literatura, y que envuelve al lector en la intimidad de un espíritu apasionado, inquieto, vivo.