Autor de novelas, ensayos literarios y crónicas históricas. Pertenece a la llamada Generación del Crack, junto con Ignacio Padilla y Jorge Volpi.
De formación literaria —estudió Lingüística y Literatura Hispánica en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla—, ha sido funcionario público, académico, profesor universitario, investigador, editor, promotor cultural, chef, árbitro de fútbol. En 1991 obtuvo una maestría en Ciencias del Lenguaje en su alma máter y en 1997 se doctoró en en Ciencias Sociales por El Colegio de Michoacán.
La intriga de corte religioso es un género que, a lo largo de las últimas décadas —cuatro, quizá—, ha gozado de cierta popularidad. Desde los libros clásicos escritos por Morris West —que es quien, en cierta medida, sentó el canon en la materia— hasta la obra infumable de Dan Brown —justo quien trató de modificar ese mismo canon y que, tal vez por lo mismo, gozó de amplio éxito comercial aunque, como literatura, sus mamotretos no valgan gran cosa—, pasando por varios más —el mismo Pérez-Reverte, por ejemplo—, los libros de religiosos malvados, de papas asesinos o de monjas promiscuas no han dejado de verse con regularidad en los estantes de las librerías. Los textos pertenecientes al género suelen ser bien acogidos por el público, ávido de enterarse, así sea a través de novelas —novelas con fuertes pretensiones referenciales, vale decirlo—, del lado oscuro, negro, sucio o cuando menos percudido de aquellos que dicen comunicarse con sus divinidades particulares. Libros redactados por sujetos que, entre lo que investigan y lo que inventan, suelen dejar a los prelados —católicos, en la inmensa mayoría de las ocasiones— muy mal parados, en el mismo nivel que cualquier politiquillo de barrio.
Escribir una buena novela de intriga religiosa, en mi opinión, exige lo mismo que cualquier otro texto inscrito en cualquier otro género: saber de qué se habla y, por supuesto, contar bien eso que se sabe. La primera condición es inexcusable para crear un efecto de realidad sólido, en el que los elementos de ficción terminarán anclándose y crearán un universo narrativo verosímil. Carecer de ese entorno creíble, lo sabe cualquiera, hará que la novela simplemente no camine. O camine, pero de forma extraña. O camine solo para aquellos a quienes una conspiración montada por un papa extraterrestre dotado del poder de leer la mente no les resulte una locura, sino algo interesante.
El libro de Pedro Ángel Palou —hijo, claro está—, El dinero del diablo, no pasa por demasiados problemas en lo que se refiere a construir un escenario verosímil para la intriga que despliega frente a los ojos del lector. Por el contrario, tanto Roma como el Vaticano son descritos con mucho cuidado, incluso con sabor, con atención al detalle, con los elementos necesarios para situar al lector en los dos momentos de que se ocupa la narración —el presente y un pasado especialmente turbulento, caracterizado por el auge de los regímenes totalitarios italiano y alemán—. El espacio descrito es, si no impecable, sí al menos adecuado para el desarrollo de la trama.
Las complicaciones aparecen, justamente, al poner atención al desarrollo de la misma trama. Y son complicaciones de dos tipos: narrativas y factuales. Complicaciones que lo mismo se observan en el mal desarrollo de la historia que en los episodios de que echa mano para movilizarla. Unas, las primeras, determinan que el lector se enfrente a un texto apresurado, en el que los elementos claves aparecen de la nada, sin el debido proceso narrativo, sin que exista algo que los justifique. Las otras, las segundas, tienen que ver con el partido que toma el autor en una controversia histórica de cierto interés: el papel de la Iglesia en la Segunda Guerra Mundial, concretamente en relación con el Holocausto.
Narrativamente, el libro de Palou es por demás criticable al observar cómo es que avanza la trama. Porque, la verdad sea dicha, lo hace a saltos. Un par de detalles interesantes, muy propios de las buenas novelas de suspenso —luces que se apagan, tiros que suenan en la oscuridad, llamadas telefónicas misteriosas—, no son suficientes para ocultar una equivocación garrafal en la que incurre el autor: el móvil completo de la novela no aparece como parte de algún tipo de investigación, no es revelado por alguno de los personajes, no es tampoco vislumbrado por quienes toman parte de la trama. Nada de eso. El meollo de la trama es mencionado por el narrador —un narrador omnisciente, para colmo— en dos oraciones: «El conflicto era tal. Y había gente que quería ocultarlo». Así de simple. Así de mal. Así de sintomático de una novela que demuestra que al autor, como de costumbre, le faltó paciencia para disponer las piezas en el entorno que construye con mucho esmero... y sí: con mucha paciencia. Sin embargo, el ansia le gana al relatar lo que tiene entre manos. En muy pocas páginas, el buen hombre intenta contar dos historias distintas, ocurridas con una diferencia de setenta años. Si bien es cierto que una de ellas, la más antigua, le queda bien, la otra le queda de espanto. Le queda tan mal que, si no fuera por el hecho de que dos personajes son muy sólidios —los protagonistas, el padre Gonzaga y su amiga judía Shoval—, y de que entre ambos se las componen para darle cierta sustancia a la narración, el texto sería infumable.
La segunda complicación es de tipo histórico. Amplia es la controversia que existe a la fecha en torno al papel jugado por el Vaticano en lo relacionado con las persecuciones llevadas a cabo por los nazis, particularmente de judíos y de católicos alemanes. Mucha tinta ha corrido al respecto, tanto para defender a la Iglesia y al papa —lo que equivale a decir que en ningún momento se mantuvieron silentes frente a las atrocidades que, literalmente, se cometían en sus propias narices—, como para atacarlos —que es sinónimo de que el Vaticano no hizo nada para proteger a los judíos ni a los católicos—, lo mismo desde el ámbito académico que desde el cine —basta con recordar la cinta Amen, dirigida por Costa-Gavras— y, por supuesto, desde la literatura. Aunque, a la fecha, no hay un veredicto definitivo, es palpable que las posiciones a favor de la Iglesia cuentan con buenos argumentos para defender la gestión de Pio XII y poner de manifiesto los esfuerzos realizados para salvar a católicos y a judíos por igual, tanto en Italia como en otras partes del continente. Esto no implica que los detractores no cuenten con sus propios argumentos y que algunos de ellos sean de peso. No obstante, si de emitir un juicio se trata, y si el fin es evitar incurrir en el mundo maniqueo del blanco y el negro, quizá sea posible decir que la Iglesia no se quedó de brazos cruzados y que hizo lo que podía, aunque quizá pudo haber hecho mucho más o, al menos, pudo haber gritado más fuerte.
La controversia referida es el centro de la novela de Palou. El autor se planta frente al asunto y, para justificar la postura asumida —en el bando de los detractores—, recurre a un truco narrativo hábil, pero trillado: el ya clásico «gracias a la ayuda de amigos a los que no puedo mencionar tuve acceso a documentos secretos que cuentan toda la verdad», lo que puede ser una bonita confesión, pero que por lo general no es sino un truco —en alguna ocasión empleado, y posteriormente analizado, por Umberto Eco—. Como sea, a esos documentos se les hace pasar por efectivamente existentes y se les da un valor testimonial innegable. Y es alrededor de esos documentos no conocidos que gira la trama y que se mueven las acusaciones que, en la novela, le llueven al Vaticano. «¿Y cuál es el problema?», podría preguntar cualquiera. «¿No es eso una novela? ¿No tratan de eso las novelas, de construir mundos ficticios y dotarlos de distintos tipos de referencialidad?» Sí, por supuesto. Sin embargo, como se ha discutido ya en este espacio en un par de ocasiones previas, no es lo mismo una novela cualquiera que una novela que se presenta como «histórica». La novela histórica no puede tratar de modificar lo que se sabe acerca de cierto episodio a partir de datos muy secretos que solo sabe el autor. Puede hacerlo, pero eso la rebaja al nivel de la ridiculez, a la categoría de los textos infames como los que pergeñan Villalpando, Rosas, Martín Moreno y la fauna que los acompaña y de la que no vale la pena ocuparse a detalle. Textos absurdos que, como sea, intentan decir que eso que se sabe —porque de ello se tienen mínimamente pruebas o conjeturas de alguna manera fundamentadas— no es cierto. Que hay otros datos, otras cifras, otra realidad, invisible para el conjunto, pero presta a ser develada por el sagaz novelista. Un camelo total.
Ese es el problema definitivo de la obra, al que por supuesto hay que sumar sus atorones narrativos: trata de contar algo que pretende hacer pasar por histórico —o, lo que es lo mismo, por verdadero—, pero sin respetar los procedimientos mínimos que sigue la construcción del conocimiento histórico. Esto es, sin decir quién dice qué en qué parte y cómo es que se le ha dado validez a eso mismo. Nada de eso. Todo se reduce a una fórmula sosa —que funciona con las ficciones menos comprometedoras—, equivalente a sacarse de la manga los datos que, según se pretende, reescribirán la historia. Mayor ingenuidad no puede haber. Menos aún si se piensa que el vehículo para dar a conocer esos datos es un texto narrado con dificultad.
El dinero del diablo hace referencia a los tratos que realizó el Vaticano siendo Papa Pio XI con Benito Mussolini y Adolfo Hitler para obtener fondos previo a la 2a. Guerra Mundial, esto provocó posteriormente un conflicto de intereses debido a los actos criminales del nazismo contra los católicos, pero el artífice de estos tratos fue Eugenio Pacelli que posteriormente se convirtió en Pio XII. Pio XII para algunos fue un papa que apoyó a los judíos y católicos y estuvo en contra del fascismo y el nazismo, pero para otros Pio XII es conocido como el papa de Hitler y se cree que mandó a asesinar a Pio XI.
En la trama se une la parte histórica de cómo el Vaticano se hizo de los recursos monetarios, y por otro lado de varios asesinatos que ocurren en el presente y que de alguna forma tienen que ver con ese periodo histórico.
La trama, gozadora: contraespionaje dentro de la mismísima cúpula del Vaticano, asesinatos encubiertos, planes para deshacerse del sumo pontífice poco antes de que Hitler iniciará la Segunda Guerra Mundial… y todo basado en información fidedigna, dice el autor. La narración, grata, de fácil lectura, pero poco más. Un libro dominguero, temo decir.
Se me hizo algo confusa la historia, especialmente en los cambios de tiempo. Sin embargo, la historia es interesante porque combina intriga, suspenso y a la vez confusión por saber qué es lo que realmente está pasando dentro del Vaticano, quiénes son realmente en quienes debe confiar el protagonista y quienes no.
Es una buena novela que poniéndola dentro de una de las religiones más grandes del mundo, te enreda dentro de la historia, el suspenso y un poco de romance mientras que Shoval e Ignacio pasan por muchas situaciones de crímenes atroces y amenazas de muerte, un buen libro para pasar el rato.
Una historia interesante, una novela que desentraña los misterios que rondan a una ciudad como lo es el Vaticano, una historia que te mantendrá atento a los sucesos, a los detalles y datos históricos, y que te hara reflexionar... ¿El fin justifica los medios?
If I had a nickel for every book I’ve read including a crazy shrink in the last months I’d have 2 nickels… which isn’t a lot but it’s weird that it happen twice.
Muy buen libro, Palou es garantía, y para variar este libro tiene un estilo completamente distinto de otros libros que ha escrito. Esta novela está escrita en 2 distintos presentes, uno en 1936, y otro en el presente. una serie de asesinatos nos lleva a descubrir las arte ras acciones del cardenal Paccelli, que posteriormente se convertiría en Pío XII, el papa de Hitler.