«Ya hubiese caído en Hiroshima o en cualquier otro lugar, la bomba atómica no fue más que la cruel secuela de una guerra que ya había concluido.»
«Uno no entiende la vida hasta el mismo momento de la muerte. Con la piel marcada por el terrible síndrome de la bomba atómica, continuamos vivos a fuerza de voluntad. Pero, como muertos en vida, las cicatrices de nuestras almas se manifiestan por todo nuestro cuerpo.»
Testimonio de una superviviente de la bomba nuclear de Hiroshima. La novela es especialmente dura, ya no solo por su tema, sino por la forma en la que lo aborda. Ōta comienza a escribir esta obra poco despues del desastre, por lo que no deja tiempo para el distanciamiento y plasma sus recuerdos crudos, sin casi manipularlos. Es así que el libro no plantea una retrospectiva de la tragedia, que es mucho más cómodo para el lector y en la que los eventos se racionalizan, sino que nos fuerza a mirar el horror a través de los ojos de una víctima.
La autora no presenta una historia ni se mantiene un género definido, sino que se mueve en varios registros. Mezcla su historia personal con la investigación periodística y también la crítica política. Esta ambigüedad echó a los críticos literarios de la época para atrás e hizo que, si bien valoraban su testimonio, no apreciaran su calidad literaria. No obstante, yo creo que es esta voz polifónica la que vuelve la obra tan peculiar y hace que transporte tan bien la realidad de la tragedia. No hay nada seguro ni definido, ese flujo de pensamiento es tan convulso como la realidad de la autora.
Lo que más me ha sorprendido de «Ciudad de cadáveres» es la forma en la que me ha transportado al miedo de las víctimas. En el momento en el que cayó la bomba, nadie sabía del todo como funcionaba. Era un mal desconocido, y es este desconocimiento lo que la volvía tan peligrosa. Y es que, como la misma Ōta escribe: «La peculiaridad de los daños causados por la bomba atómica radica en la infinita ansiedad que provoca el hecho de que la verdad no se sabrá hasta dentro de muchos años.»
Es debido a esta ignorancia y este miedo que la obra intercala algunos fragmentos periodísticos, donde los científicos pretendían explicar el funcionamiento de la bomba y las consecuencias que tenían la radiación en sus víctimas. Y es que estos artículos imprecisos eran lo único que tenían las víctimas para comprender esa bomba que había acabado con un pueblo entero en tan sólo un instante. Leer los documentos originales que explican tragedia y ver los descubrimientos progresivos que iban haciendo, evidencia aún más la ignorancia de las víctimas.
La obra me parece ante todo experiencial, una vivencia pura del horror de la guerra. Ōta consigue tranmitir la angustia y retrata la destrucción de Hiroshima, pero, lo que más me ha inquietado de todo, es la manera en la que transmite el miedo a lo desconocido. El miedo a la bomba atómica no se limita solo a la explosión, sino también a las consecuencias de la radiación. Presenciamos de primera mano ese horror desconocido, esa muerte que acecha en silencio, que flota invisible en el aire y que, en cuanto crees que te has salvado de la bomba, te arranca los dientes y el pelo, te cubre la piel de ulceras y te hace expulsar sangre hasta que no te queda nada en las entrañas.
«La muerte se paseaba ante nuestros ojos. Noche y día vivíamos enfrentándonos a la muerte. Los pacientes de cáncer y los leprosos que están ingresados en un pabellón de enfermos terminales ven a gente morir cada día a su alrededor [...] Saben que sus enfermedades son incurables, al igual que nosotros. Pero nosotros ni siquiera estamos enfermos. Ni ellos ni nosotros tenemos cura, pero nuestro caso es diferente. Más que una enfermedad incurable, es lo desconocido. Lo desconocido nos mata a la fuerza. Los informes teóricos que aún hoy en día están en desarrollo también condenan a las víctimas a morir.»