Mi pregunta al haber acabado el libro sigue sin respuesta. ¿Ha desaparecido el caciquismo de España?
La Restauración se basó como señala Preston en una gran chapuza democrática en la que los gobiernos eran elegidos antes de las elecciones y los gobernadores civiles se encargaban en cada provincia de cuadrar los resultados previamente establecidos por el denominado “encasillado”. Se dejaba un amplísimo margen de decisión, del cual el rey, el “frívolo Alfonso XIII”, abusaba frecuentemente. A Cánovas Preston lo trata de “culto y muy leído”, Madariaga de “personalmente honesto y honorable” pero “el más corrupto de la vida política que la España moderna ha conocido”, lo cual hace preguntarse si Cánovas también sacaba tajada o se conformaba con el poder y sus prebendas. La base del sistema era el caciquismo cuyos males sólo se podían atajar, para Joaquín Costa, recurriendo a un “cirujano de hierro”. Lo que en mi opinión falta en el libro en esta etapa fundamental de nacimiento en falso de la democracia es un estudio en profundidad de los males sociales que para los regeneracistas aquejaban al sistema.
“Escuela y despensa” y “siete llaves al sepulcro del Cid” son mencionados (a principios del siglo XX el 75% de la población española era analfabeta y hay numerosas referencias a las plagas y hambrunas que sufría la población) pero no las críticas de Joaquín Costa al “liberalismo abstracto y legalista imperante que ha mirado no más a crear y garantizar libertades públicas con el instrumento ilusorio de la Gaceta” ni al hincapié del mismo a la “europeización de la agricultura, de la minería y del comercio, de la educación nacional, de la administración pública y de la política”. Habría que esperar casi un siglo para que Felipe González nos hiciera miembros paritarios del club europeo (que los tecnócratas del Opus no consiguieron por carecer España de una democracia). Lo que Preston no destaca suficientemente a mi parecer es la falta de un auténtico civismo español. El origen del mal era la falta de respeto por la ley o el “para los amigos el favor, para los enemigos la ley”. Sí señala la falta de libertad de los jueces y una desamortización que, aunque valiosa en potencia, mina el espíritu emprendedor y provoca el rentismo de una burguesía incipiente. También destaca la nociva influencia de los restos de un imperio incapaz de competir con la rapacidad de las nuevas potencias industriales. La lectura de los textos de Joaquín Costa, como la de muchos grandes pensadores, puede llevar a conclusiones contrapuestas. Primo de Rivera se inspiró en su crítica a la corrupción sustituyendo a los gobernadores provinciales por militares, lo que fue en principio bien acogido por la población, así como recogiendo las propuestas de regadío de Costa que Prestón no menciona. A su vez Costa inspira a los antiimperialistas con sus claros ataques a la expasión colonial (y a sus adalidades, los africanistas, el primero de los cuales fue Franco) que, sin embargo, no van a impedir a Primo de Ribera y a los franquistas apropiarse de su legado.
El sistema político español es hoy representativo, no hay denuncias de pucherazos, pero sufre una profunda crisis de legitimidad que en gran parte se debe a la percepción generalizada de una extendida incompetencia política y de una corrupción por momentos demoledora. La crisis de legitimidad del sistema ha sido aprovechada pero no resuelta por los nuevos partidos como Podemos, Ciudadanos o Vox.
La última legislatura del gobierno de Felipe González estuvo dominada por numerosos escándalos, algunos de los cuales se comentan en el libro: los GAL, Filesa, Roldán, los PER, Banesto, KIO, las promociones de viviendas de UGT, etc. sin verse un hilo conductor entre ellos.
Aznar nada más llegar al poder recalentó la industria inmobiliaria con su liberalización del suelo. Lo que en principio iba a abaratar el precio de la vivienda acabó en una espectacular burbuja en 2007 a consecuencia de la entrada masiva de capital barato, como menciona el libro, pero también por el lavado de dinero negro, nacional e internacional, ante el inminente cambio de moneda con la complicidad de muchos ayuntamientos y cajas de ahorro dominadas por el PP o el PSOE en la mayoría de los casos.
Es necesaria una lectura de los acontecimientos menos cronológica y más causal. No es el fracaso de Bankia lo que lleva a las tarjetas black sino que la compra de votos y favores del Consejo de Administración de Caja Madrid por Blesa y luego Rato impide a este órgano de decisión funcionar de forma profesional o al menos racional con el menoscabo final de unos 36.000 millones de euros para el erario público. No es un caso aislado, se produce en casi todas las cajas de ahorro que fueron fundadas con un noble propósito social y acabaron engullidas por el clientelismo, la falta de profesionalidad y la negligencia de sus gestores.
José Manuel Naredo, economista español, habla de un “neocaciquismo financiero inmobiliario” donde el bien fundamental ya no se ubica en la producción agraria sino en el patrimonio inmobiliario. Varios rasgos distintivos de la relación caciquil/clientelar siguen resultando válidos: su vocación rentista-extractiva, en rentas producidas gracias a contactos con las instituciones y la información privilegiada; las relaciones clientelares se constituyen como forma normal del ejercicio del gobierno; y, por último, la desigualdad estructural resulta constitutiva de una relación jerárquica entre las partes implicadas.
El caso de Jesús Gil en Marbella es paradigmático del neocaciquismo. Encarnación de la cultura del pelotazo, condenado por derrumbe de sus obras que produjeron en Los Ángeles de San Rafael 68 muertos, indultado dos veces (por Franco en 1972 y por el gobierno de González en 1994), llegó a Marbella catapultado por su popularidad como Presidente del Atlético de Madrid. Allí, promete echar a todos los políticos y dejar el ayuntamiento en manos de los que saben (“Esto no es un tema de políticos, es un tema de mentalidad de empresarios, mentalidad de solucionar problemas” defendía en el vídeo promocional que envió a los marbellíes en 1991 como presentación de sus intenciones, más que de un programa) . Él y los suyos no van a robar porque son “personas que ya tienen una autosuficiencia económica y no tienen por qué venir a robar”, señalando que el primer problema de la ciudad es la delincuencia y la droga por lo que nadie quiere invertir en la ciudad. Los políticos son unos “analfabetos urbanísticos”, “incompetentes incapaces de gestionar lo suyo propio” y aquí “todo problemas, todo pegas, todo cortapisas”. Él no viene a robar pero sí tiene intereses propios “hemos dicho mil veces que yo también tengo grandes intereses que defender, pero hay una cosa clara, que la defensa de mis intereses va unida a la defensa de los vuestros”. La solución de los problemas está en el mercado inmobiliario y más exactamente en el suelo “dicen que no hay suelo, veréis como conmigo sí hay suelo, va a sobrar suelo”. La vaguedad de sus propuestas, la violencia, la chabacanería y la pobreza de su lenguaje recuerdan mucho a Donald Trump. El populismo no es una exclusividad española pero el caciquismo difícilmente podría enraizar en un país tan grande y variopinto como los Estados Unidos. Unas vidas paralelas de Donald Trump y Jesús Gil pondrían en evidencia los parecidos y las diferencias entre el selfmade man neoyorquino y el constructor español postfranquista que acaba saltando a la política en una huida hacia delante de sus acreedores y sus juicios pendientes. El discurso antiestablishment, la avaricia y saltarse la ley a la torera es común. Los resultados en los sistemas políticos no, quizá porque la existencia de los partidos es más laxa en Estados Unidos y porque existe una limitación de mandatos. En el caso de Gil sabemos que el cerebro de todas sus operaciones era Juan Antonio Roca, que como señala Preston “había creado una red de empresarios, abogados, policías e incluso jueces, utilizando los contactos creados por el cónsul alemán en Málaga Hans Hoffmann, y su hijo Juan. Cabe recordar que Hans Hoffman había sido el pionero de los negocios inmobiliarios en la cercana localidad de Fuengirola que enriquecieron a José Antonio Girón de Velasco (antiguo ministro falangista de Trabajo en época de Franco).” Sin embargo, Preston despacha el caso de Marbella en dos páginas y no llega a desarrollar conceptualmente, con el montón de datos de que dispone, algo parecido al neocaciquismo inmobiliario de José Manuel Naredo.
Otro claro ejemplo contemporáneo de neocaciquismo es sin duda Carlos Fabra, del PP, expresidente de la Diputación de Castellón, responsable del fallido aeropuerto y aliado del exministro (y expresidente de la Comunidad Valenciana) Zaplana que salió de la cárcel tras sólo ocho meses y medio de prisión por cargos de corrupción. El mismo Zaplana confesó que necesitaba hacerse rico porque “me lo gasto todo en política”. Cuando Carlos Fabra fue acusado por primera vez, Rajoy salió en su ayuda calificándolo de ciudadano ejemplar. Rajoy se encuentra retirado de la política en su casa de Santa Pola (Alicante) donde mantiene un registro de la propiedad.
En resumen, el libro de Preston resulta enciclopédico pero no es la gran monografía de la corrupción en España que me esperaba. Es, sin duda, una obra muy bien escrita y traducida y que se lee de corrido.