Henricus Institoris, inquisidor para la Alta Alemania, agoniza en algún lugar del Sacro Imperio Romano Germánico. En su lecho de muerte es interpelado por voces que, desde las sombras, lo conminan a examinar su propio pasado. Al mismo tiempo que biografía imaginaria del autor del tristemente célebre Malleus Maleficarum, De las sombras es una pregunta, una larga interrogante sobre las decisiones que tomamos en el curso de una vida que transcurre en el mundo, pero también en los intersticios de nuestra propia consciencia, allí donde, sin saberlo, transitamos tantas veces entre la oscuridad y la luz, entre el bien y el mal. “…la obra recrea un narrador coral, polifónico, que inquiere al inquisidor en una suerte de propuesta metaliteraria y dramática, capaz de conformar una atmósfera oscura que hace eco a la vida del propio personaje.” Jurado del Premio Bellas Artes de Novela José Rubén Romero 2018.
Nació en Toluca, Estado de México, el 22 de abril de 1974. Estudió la Licenciatura en Antropología Social en la UAEM. Maestra en Sociología y doctora en Ciencias Políticas por la Universidad Laval. Ha colaborado en la Revista Erotana. Primer lugar en el V Concurso Nacional de Poesía y Cuento Benemérito de las Américas 2001, en la categoría de cuento, por el trabajo Los días del verano más largo. Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2011 por Las babas del caracol. XII Premio Internacional de Narrativa Ignacio Manuel Altamirano 2015 con la obra Archipiélagos. Parte de su obra está incluida en las antologías Antología de ganadores del V Concurso nacional de poesía y cuento Benemérito de las Américas, Universidad Benito Juárez de Oaxaca, 2001 y en la Antología de Ganadores del X Concurso Internacional de Cuento Carmen Báez, Universidad de Morelia / Colectivo Artístico Morelia, 2004. Seleccionada por el Borderlines Writer´s Circle en Edmonton, Canadá, 2015. Premio Bellas Artes de Novela José Rubén Romero 2018 por De las sombras. Premio Bitácora de Vuelos para Publicación de Obra 2019 por El criado y otras historias de aflicción.
Si por algo destaca De las sombras es por su capacidad de exponer el verdadero horror a través de una recreación ficcionada de la vida de Henricus Institoris. Este personaje, que en un principio nos puede resultar anónimo, es clave en el desarrollo de uno de esos libros a los que se debería denominar como malditos. Y no porque se dedique a exponer entres sus páginas el poder de ciertos conjuros secretos que permitieran a los eruditos realizar invocaciones destinadas a la acumulación de conocimientos. La famosa creación de Henricus apela a la superstición, al silencio y al horror. Y, a través de él, al control absoluto de la población. Alma Mancilla nos narra a través de esta interesante novela el regreso de todas aquellas voces que fueron silenciadas, las cuales regresan para ajustar cuentas a la vida de este inquisidor alemán, conocido por ser el autor de ese tratado para el reconocimiento y castigo de aquellas mujeres a las que se acusaba de brujería. Hablamos, claro está, del Maleus Maleficarum, ese martillo con el que se golpeó de manera cruel y continua a unas 50000 mujeres a lo largo de toda la geografía europea. Y lo plantea a través de una falsa asepsia, aprovechando el lecho de muerte del inquisidor para asaltarlo a través de esas voces que se niegan a queda relegadas al olvido. Esos fantasmas que reclaman su derecho a mirar a los ojos al creador del libro que los condenó para mostrarle las consecuencias derivadas de su soberbia. Mancilla los recuerda en cada uno de los episodios de la vida de Henricus exponiendo las atrocidades que fue cometiendo y de sus consecuencias, conformando el despertar de un auténtico monstruo cuyas garras quedarían diseminadas por Europa gracias a las páginas de su libro. Esa enumeración de episodios de la vida de este personaje, ficcionada pero cargada de toda la fuerza de una realidad mucho más aterradora, conforma una colección negra de sucesos que suponen un retrato quirúrgico de una época oscura en la historia de la humanidad, cuyos gritos aun resuenan en nuestros tiempos. Quizás es ese uno de los mayores aciertos de esta propuesta. El sentir que esos ecos se mantienen activos aún a día de hoy, camuflados a través de otro tipo de martillos igual de contundentes. A día de hoy nos resulta fascinante estos episodios macabros de la historia de la humanidad. Pero, cuando terminas el libro, surge el estremecimiento derivado del sonido de las hoguera que nunca apagaron los gritos.
Me fascinó el uso de las voces narrativas, que funcionan casi como las propias “sombras” de las mujeres asesinadas tras el Malleus Maleficarum. No son solo voces: son presencias. Están ahí incluso cuando no hay diálogo, envolviendo el texto hasta el punto de que, por momentos, parece más un guión teatral que una narración. El hecho de que se presenten desde su lecho de muerte evoca algo muy profundo: ese miedo primitivo y colectivo que aparece cuando somos conscientes de nuestra propia finitud. Las preguntas están ahí, flotando constantemente: ¿existe algo más allá? ¿Qué es el bien? ¿Qué es el mal? Y, sobre todo, ese tambaleo de la fe. Es a través de estas preguntas que acompañamos a las presencias, haciendo que nosotros mismos nos planteemos las mismas incógnitas. A través de esas voces también se construye el pasado de Heinrich. Nos permiten ver que no siempre estuvo tan ligado a la Iglesia: fueron precisamente esas mujeres —las mismas que luego serían condenadas— quienes actuaron como figuras cuidadoras en su infancia. Y, sin embargo, ni el amor por su madre ni por su hermana fue suficiente para generar empatía ni piedad. Me llamó especialmente la atención el uso de la sangre como símbolo. No solo remite a Jesucristo, sino también a un proceso casi alquímico, transformador, recordándonos al mismo tiempo algo mucho más simple y brutal: todos compartimos la misma condición humana. “Carne de mi carne, sangre de mi sangre.” Las voces también le devuelven a Heinrich aquello que ha intentado negar: mientras él rezaba en latín, su madre protegía la casa con objetos de superstición. Desde el principio convivían dos mundos. Ya existía un espacio liminal en su infancia —el hogar, el bosque, lo que lo rodeaba—. No es que lo oscuro llegara después: siempre estuvo ahí. La diferencia es que él decidió darle la espalda. Hay un momento que me parece especialmente potente: cuando Heinrich cree ver un demonio en el fondo de un recipiente, pero en realidad lo que tiene delante es su propio rostro deformado por el agua y la luz. Aquí es inevitable pensar en la idea junguiana de la sombra: aquello que rechazamos de nosotros mismos. Al ver su reflejo como algo deforme e inhumano Heinrich niega su propia naturaleza. Todos poseemos múltiples rostros pero el prefiere la ceguera voluntaria. Y ahí es donde entra una de las críticas más potentes del texto: la de la Iglesia y su hipocresía, ese “saco de contradicciones” que se niega a aceptar como parte de la naturaleza humana. Mientras condena, reprime y castiga, también es incapaz de enfrentarse a sus propias sombras. Por último, resulta inquietante cómo esta necesidad de purificar y señalar al otro como encarnación del mal no pertenece solo a un momento concreto, sino que reaparece en distintos contextos históricos. Cambian los nombres, cambian las épocas… pero el mecanismo sigue siendo el mismo. "Daemones Intus Sunt"
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Me gustó mucho la manera en que aborda la biografía de Henricus Intisitoris a partir de las voces de sus víctimas, considero que esta perspectiva es muy valiosa y tiene algo de La dimensión desconocida de Nona Fernández. Me encantó la labor de manejo del lenguaje y su sentido estético. Las imágenes que crea a través de ello me recordaron a El nombre de la rosa de Eco.
Es el segundo libro que leo de Alma y el segundo que me saca del bloqueo lector.