«Voy a comer.» Con esta escueta frase arranca este libro sobre la comida. Sobre la comida y la vida, la comida y los recuerdos, la comida y la literatura. No es esta una narración sobre alta gastronomía, ni contiene recetas elaboradísimas y rebuscadas, ni habla de chefs mediáticos. Este libro se desarrolla alrededor de un modesto cocido que la protagonista se dispone a comer en su casa. Y, a partir de ese plato humilde y tradicional, los sucesivos capítulos nos hablan de la tienda de barrio que vende comida preparada, de los ingredientes del cocido –las carnes, las legumbres, las verduras...–, del agua y el vino y el pan que lo acompañan, del mantel y los cubiertos, de las aceiteras y de la sal, del proceso de cocinado y de las mujeres que preservaron y transmitieron el saber culinario de generación en generación... Y a través de todos estos elementos la autora se adentra en la vida cotidiana, en los recuerdos de infancia y de más allá de la infancia, en las páginas literarias en las que la comida es protagonista... El resultado es un texto que maravilla sin levantar la voz, que emociona sin necesidad de acudir a pirotecnia estruendosa, que atrapa la vida sin envolverse en ostentosas piruetas. Un libro bellísimo en su aparente sencillez, sabroso como el plato de comida alrededor del cual está escrito.
Paloma Díaz-Mas nació en Madrid en 1954 y allí se doctora en Filología y se licencia en Periodismo.
Está especializada en lengua y literatura sefardíes, y escribe varios estudios sobre la cultura sefardí, así como sobre el Romancero y poesía tradicional. Su ensayo, Los sefardís: Historia, lengua, cultura , quedará Finalista del Premio Nacional de Ensayo.
Su primera obra la publica en 1973, a los 19 años, Biografías de genios, traidores, sabios y suicidas, según antiguos documentos. En 1983 obtiene el Premio de Teatro Breve Rojas Zorrilla con su única obra de teatro hasta el momento, La informante.
Dos años más tarde gana el Premio Cáceres de Novela Corta con Tras las huellas de Artorius. Queda finalista del Premio Herralde el 17 de noviembre 1983 y gana este premio en 1992.
Fue profesora de Literatura Española del Siglo de Oro en la Universidad del País Vasco durante varios años; actualmente es científico titular del Instituto de la Lengua Española del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) de Madrid.
Un libro apasionante sobre el acto cotidiano del comer y sus rituales. Desde la mantelería y los enseres hasta las prescripciones religiosas, pasando por supuesto por los alimentos, y haciendo especial hincapié en lo mucho que debemos (¡todo!) al saber sencillo de las mujeres que a lo largo de siglos se consagraron a las cocinas y transmitieron sus conocimientos a las siguientes generaciones. Y, sobre todo, está tan pero tan bien escrito que da gusto saborear cada párrafo.
Paloma Díaz-Mas propone una premisa cotidiana y original: a partir de su plato de comida —un cocido madrileño— enlaza fragmentos, ideas y narraciones que abarcan todo el proceso alimentario: producción, diferencias de género, técnicas de cocina, referencias literarias, avances tecnológicos, la entrada en el imaginario colectivo de nuevos alimentos... Me ha gustado bastante, aunque he de admitir que en algunos capítulos me encontraba pensado "esto no me parece tan interesante como los datos/narraciones de otros capítulos", pero para gustos, colores. También he de decir que la reflexión en torno a la carne fue bastante decepcionante, sobre todo desde el lugar del veganismo que yo habito; siempre es chocante que la gente se ampare en la tradición y lo natural para justificar su consumo de carne, una vez saben lo que hay detrás. Pero bueno, cada una utiliza las justificaciones necesarias para seguir viviendo como mejor le parece.
Es sencillo, pero que me ha gustado mucho. Gira en torno a un cocido, habla y reflexiona no solo de como se hace y como se come un cocido, también habla de la comida en general y todo lo que conlleva, de familia, de historia, de tradiciones y costumbres, de mujeres, por cierto, las que han cocinado toda la vida, de nuestras abuelas, madres en fin..., es muy especial, para saborearlo con tranquilidad igual que una buena comida. Un libro para recordar y muy útil para gente joven que quiera saber como era la España de antes, eso sí abstenerse vegetarian@s y ateos, ya que habla muchísimo de religión y por supuesto de carne, pero en este libro es necesario para entender de donde vienen muchas cosas.
dáme moita pena non ter conectado con este libro, porque fala de todo o que me gusta: a cotidianeidade, as tradiciós, os costumes, as mulleres, a historia, a gastronomía... ademais, está cheo de referencias literarias. con todo, non me gustou. fíxoseme moi lento, houbo partes que non me interesaron nada e non se me fixo nada fácil de ler. quixen rematalo igualmente porque me gustou moito como está narrado e porque houbo moitas partes e reflexiós que si que estaba desfrutando moito, ademais de que me pareceu moi orixinal en canto a contido e estrutura.
Sin ser un gran libro es una lectura entretenida y llena de datos interesantes sobre el acto de comer y todo lo que implica social y antropológicamente. He aprendido muchas curiosidades sobre la alimentación. A nivel literario no tiene nada que ofrecer, salvo las referencias a obras de la tradición donde se menciona la comida y todo lo que gira en torno a ella. Un libro simpático, en definitiva.
"Un trabajo hermoso sobre memoria, cultura y cocina. Paloma Díaz-Mas indaga, a partir del respeto por cocineros y productores de los alimentos, por utensilios y técnicas, en su memoria personal y en las muchas referencias culturales históricas que cualquier acto culinario tiene." Nacho Borraz
Un libro que desde algo tan específico como la receta de un cocido madrileño, profundiza en la gastronomía como medio de comunicación pero sobre todo, como un medio para brindar y recibir amor.
Comemos sin pensar en todo lo que hay detrás de cada bocado. Pero Paloma Díaz-Mas sí lo hace por nosotros en El pan que como (Anagrama), un viaje que nos lleva desde la historia de los alimentos hasta el menaje de nuestras mesas, pasando por la biografía sentimental que se teje alrededor de la comida. Entre cucharas olvidadas y copas mal usadas, entre cocidos comprados y recetas heredadas, este libro nos muestra que comer es mucho más que alimentarse: es memoria, cultura y evolución.
Sentarnos a la mesa y prepararnos para una comida es un acto de cuyas implicaciones no somos plenamente conscientes. Pero
Paloma Díaz-Mas hace esta labor por nosotros en El pan que como (Anagrama), un recorrido mezcla de historia, cultura popular, saberes olvidados y biografía personal que se lee con la misma facilidad con la que se degusta el cocido madrileño que la autora toma como punto de partida.
Pero, si de puntos de partida hablamos, hemos de remontarnos al origen de esa comida que ahora tenemos en el plato, a cómo se siembra, recolecta o compone, del complejo proceso y por la infinidad de manos que colaboran en el empeño por traernos a la mesa elementos tan sencillos como unos garbanzos, un trozo de chorizo o unos fideos. Las manos que los cultivan o alimentan, las de quienes matan a los animales, las de aquellos que transportan, pesan, envasan, reparten y así hasta nuestra mesa, una complicada red que implica a una infinidad de participantes invisibles que dotan de un sentido laico a la bendición de agradecimiento por los alimentos que vamos a tomar.
Pero el viaje continúa porque la comida es solo uno de los aspectos que se abordan en este libro, no el más extenso. Porque, ¿alguna vez nos hemos preguntado por la vajilla o el menaje? Ese complejo juego de recipientes, platos, cubiertos, vasos, copas, un enjambre sobre el que se diserta y se dan clases, ya no solo para el uso correcto, sino para su mero conocimiento. Porque tenemos los cuchillos de carne, de pescado, de postre, los jamoneros o los que se emplean para el corte de verduras y hortalizas, los apropiados para el corte del pan, los que se utilizan para el corte de materias blandas como la mantequilla o los que sirven para crear las porciones de una pizza.
Aunque en nuestro día a día apenas usamos unos pocos de todos ellos, lo cierto es que esos juegos de vajillas y menaje que eran tan comunes antiguamente cuando uno se casaba, descansaban en un cajón o armario a la espera de una gran ocasión que no solía darse o que, cuando llegaba, parecía pretencioso usarla, tan plateada y reluciente nos parecía. De alguno de ellos hemos cambiado su uso original, así la espumadera, empleada originalmente para espumar, separar la espuma del caldo y reducir así su gelatinosidad facilitando la digestión, que ahora se emplea indistintamente para servir productos liberando el exceso de líquido. Y, ¡cómo son los tiempos!, unos utensilios caen en el desuso y otros llegan a nuestras vidas aunque nunca hubiéramos imaginado que los necesitáramos. Ahora no distinguimos muy bien los tipos de copas y servimos el agua en la del vino o viceversa, pero tenemos un cajón lleno de trastos para caramelizar el azúcar o de termómetros para bizcochos, tenemos batidoras con múltiples componentes para todo tipo de batidos, cortes y combinados o robots de cocina que hacen de todo por nosotros. También acumulamos infinidad de tablas de plástico diferenciadas por colores para poder cortar en unas la carne, en otras el pollo, el pescado, las verduras y aún habrá quien separe las crucíferas del resto porque alguna sustancia dañina para las mitocondrias de nuestras células podría pasar de una a otra y nada hay que nos preocupe más que nuestra salud, o al menos en eso pensamos mientras esperamos a que el microondas recaliente una porción de lasaña precocinada.
Pero limpiemos nuestra mente y también nuestras manos en ese agua de la que la autora nos cuenta el largo camino recorrido hasta que se llega a ese símbolo del progreso que consiste en girar una manecilla y ver brotar el líquido sin más, limpio, depurado. Que se lo pregunten a todas las mujeres que cargan (y cargaban) con baldes para cocinar, fregar, lavar, limpiar baños y cocinas.
Y si de líquidos se trata, la autora también nos lleva al vino, al aceite, esos tesoros de nuestra cocina tan caros hoy en día pero que son el asiento perfecto del resto de alimentos, más aún si hablamos del cocido que la autora come a medida que escribe. Y no importa que algo de líquido se nos derrame en la mesa puesto que acostumbramos a cubrirla con manteles, más bastos y simples en los días de diario, más elaborados, con una larga tradición de tejido y confección en el caso de los reservados para las celebraciones especiales, los que formaban parte del ajuar de toda novia, futura esposa y que, en ocasiones, pasaba de generación a generación.
Esos manteles que se desplegaban en las mesas del llamado comedor, esa estancia reservada para visitas, para celebraciones, un espacio completo de nuestra casa para homenajear a los amigos, como buenos anfitriones, dejando para las comidas más rutinarias la cocina, unas cocinas que, como la misma autora recuerda de su infancia, eran el verdadero centro del hogar, el cuartel general, cocinas espaciosas que, por los cambios en nuestros estilos de vida han ido menguando hasta el punto de no contar más que con una pequeña barra a modo de mesa para una comida rápida, casi un refrigerio puesto que ahora lo que se estila es comer fuera, o no poder volver a casa a comer en la pausa del mediodía, especialmente en las grandes ciudades. Porque las cocinas son ese fiel reflejo de nuestro modo de vida, de aquello a lo que damos importancia o de lo que ha comenzado a perderla.
Volvamos a posar los ojos en esa comida y en todo lo que la rodea que forma una especie de biografía sentimental de cada uno, teñida de recuerdos, de escenas alegres y distendidas, tal vez otras menos memorables. Porque la comida es una cápsula cultural, no solo porque ahora lo llamemos gastronomía y se venda cara como símbolo de modernidad sino porque refleja un saber decantado por el tiempo, un tránsito que nos une al pasado y en el que también nosotros aportaremos nuestra pequeña parte.
Especial capítulo merecen los recetarios, esas moles repletas de recetas de las que apenas sobrevivirán las que se pueden contar con los dedos de la mano, una idea cogida aquí, un plato original allá, pero otras tantas serán desdeñadas, bien por su complejidad, porque desconocemos algunos de los ingredientes o porque, en el fondo, solemos recurrir a lo ya sabido, a la receta aprendida de nuestras madres o a la que nos cuenta un amigo después de probarla en su casa.
El estilo de la autora es sencillo y pausado, repleto de reflexiones personales, de anécdotas y guiños. Una cierta nostalgia lo tiñe a menudo, si bien, recordar no siempre es aprobar y las críticas al papel de las mujeres relegadas siempre a esas cocinas con lumbre permanente es una denuncia y otra prueba de que los tiempos cambian. Con ella aprendemos que platos como ese cocido que ahora ya está terminando, tiene su origen en la adafina judía, plato al que los cristianos, según algunos sostienen, añadieron embutidos de cerdo para ofender a aquellos hebreos que acostumbraban a prepararlo con un fuego lento desde la tarde del viernes para así no tener que violar el sabbath com el trabajo deshonroso.
Y en esta lectura, acompañamos a la autora en su propia vivencia y recreamos la nuestra. Porque en torno a la mesa podemos dibujar cada uno esa biografía sentimental o ese recorrido vital, el nuestro y el de toda una generación. Sin duda una lectura que sorprenderá a más de uno por su familiaridad y, al tiempo, por la enorme cantidad de información que recoge y sobre la que apenas reparamos.
Cerramos el libro mientras Díaz-Más concluye el postre y se prepara para recoger la mesa. Y ahora afrontamos la breve siesta reparadora, momento en el que nuestro subconsciente asentará todo lo leído. Tal vez soñaremos con nuestros propios recuerdos, evocaremos algunos pasajes y olvidaremos otros tantos. Y, como ocurre con toda buena lectura, ésta nos dejará un buen sabor de boca, al menos equiparable al del cocido que ha servido de excusa para este hermoso y completo viaje y que la autora, en un arranque desarmante de sinceridad, reconoce no haber cocinado sino que lo ha comprado en un establecimiento de comida preparada porque, no lo olvidemos, con el pan que como también damos de comer a otros.
Un libro muy interesante sobre la comida. Partiendo de un cocido la autora nos va contando la historia de cada elemento que tiene en la mesa dispuesta para comer, desde todos los ingredientes del cocido como cada utensilio que es necesario. Muy interesante. No se deja por el camino ningún tema, el desperdicio de alimentos, la sociedad que ha dejado de cocinar porque vive estresada, la mala alimentación, el sentirse culpable por comer... Muy interesante.
El cocido, plato tradicional sobre el que gira el relato, que la autora va desgranando para realizar reflexiones, introducir recuerdos de su infancia, desde las personas que cocinan, las que producen esos alimentos, de dónde vienen.... Muy interesante
La temática de la comida es simplemente el hilo conductor de una narración sobre curiosidades de la historia y cultura españolas. Es un libro de curiosidades muy interesantes.
Precioso libro, en cierta forma gastronómico (no de recetas), lleno de reflexiones de vida en torno al cocido español. Me costó entrar en él y por poco lo dejo, lo bueno es que decidí continuar y lo disfruté muchísimo. Muy recomendable.