Este no es un libro. En realidad se trata de ocho «minilibros», conformados, a su vez, por un número variable de microcuentos. Y es que cada autora ha planteado un conjunto donde los textos, pudiendo leerse de manera independiente, se enriquecen en su relación con los demás.
Como ocurre con ciertos libros sagrados, cada conjunto ofrece revelaciones que contribuyen a una revelación mayor, que en este caso se refiere a la escritura misma. Un primer aspecto de tal revelación es que las ocho escritoras poseen un lenguaje propio, uno que las identifica, y a través de ese lenguaje nos dan acceso a un universo único, claro y distinto, que le es inherente a cada una. Un volumen como este permite confrontar esos estilos, identificar sus diferencias y, a partir de ahí, entender, por ejemplo, que no existe tal cosa como «una escritura femenina».
Un segundo aspecto es que estas narradoras guardan —a veces de manera evidente y otras, no tanto— una deuda con una escritura que las antecede y con la que, de algún modo, dialogan: la voz de Blanca Varela parece resonar en todas, pero no como un tono que se impone para ser imitado, sino como un aliento, como una ética de la creación, donde cada palabra cuenta. Y es en torno a esa voz y mediante estas ocho voces que este libro existe.
Son ocho pequeñas colecciones de microcuentos de ocho escritoras peruanas. Pensé que podía ser una buena manera de hacerse una rápida composición de lugar sobre literatura peruana contemporánea, pero tal vez el género no ayude mucho: es un género exigente que se desliza fácil hacia el poema en prosa, la entrada de diario y hasta la anécdota. Muchos de estos microcuentos no pasan de ser imágenes apenas ingeniosas o ejercicios de taller de escritura. Los mejores, me parece, los escribieron Fortunata Barrios ("El beso") y Nataly Villena ("Regalo"): cuentos decantados y sugerentes, despojados de su forma, pero contenidos en su esencia.
De las autoras que participan en este libro, me quedo con las propuestas de Claudia Salazar, Kathy Serrano y Victoria Guerrero porque trabajan pensando en una unidad.