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Bruno

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Bruno est considéré comme le philosophe de l'infini. Défenseur de la théorie héliocentrique de Copernic, il ose franchir un pas de plus en concevant un Univers sans limites, peuplé d'innombrables mondes. La Terre, selon lui, n'en est pas le centre, perdant ainsi sa position de "supériorité". Affirmer l'infinitude de l'Univers, c'est ouvrir la porte sur un monde de liberté : Dieu a créé un Univers infini dans lequel l'homme est libre, parce qu'il ne vit plus dans un espace clos. Outre cette conception cosmologique révolutionnaire, le penseur aborde d'autres questions philosophiques, telles que la magie appliquée à la pensée politique, l'importance pour l'homme d'être doté de mains... Brisant les modèles établis, les idées de Bruno finiront par lui attirer les foudres de l'Inquisition et par le conduire au bûcher. Aujourd'hui, elles continuent incontestablement de fasciner.

158 pages, Hardcover

Published November 1, 2019

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Oriol Ponsatí-Murlà

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Oriol Ponsatí-Murlà (Figueres, 31 de juliol de 1978) és un editor, traductor i escriptor català. És doctor en Filosofia per la Universitat de Girona i professor lector de filosofia antiga en aquesta mateixa universitat.

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March 14, 2026
"La propia libertad, la voluntad y la necesidad son uno y lo mismo".
[Suma de términos metafísicos]

Giordano Bruno fue un filósofo italiano del siglo XVI nacido en Nola, una ciudad muy pequeña cercana a Nápoles. Allí entró en la Orden de los Dominicos, pero a causa de su discrepancia con las tesis ortodoxas de la Iglesia, pronto se tuvo que exiliar, pasando largas temporadas en París, Ginebra, Londres o Praga. Tras varios años, terminar volviendo a Italia, donde fue acusado de hereje, juzgado por la Inquisición y condenado a morir quemado vivo.

El siglo XVI en Europa estuvo dominado por las guerras de religión que se libraban entre la Iglesia Católica de Roma y las distintas variantes protestantes que surgieron: el luteranismo en Alemania, el calvinismo en Suiza, o la Iglesia anglicana en Inglaterra. A lo largo de su estancia en todos estos países, Bruno no duda en adoptar la religión imperante en cada uno de ellos, si bien acaba discrepando de todas ellas, que terminan por excomulgarlo.

En la Baja Edad Media el panorama filosófico europeo estaba dominado por el neoplatonismo, representado por Agustín de Hipona y el aristotelismo representado por Santo Tomás. En líneas muy generales, el neoplatonismo se usaba para explicar las verdades de la fe, y el aristotelismo para explicar las verdades de la razón o de la ciencia. Es la época de la "teoría de la doble verdad", conforme a la cual se acepta que las verdades de la fe y las verdades de la religión no coincidan. Esto en la época de Bruno, el Renacimiento, ya no era posible y por eso a él no le valió esa línea de defensa ante el tribunal que lo juzga en Napoles la primera vez. Ahí comienza su exilio.

Bruno tiene una cosmovisión panteísta; considera que el universo es infinito, sin centro, poblado por infinitos mundos, en muchos de los cuales hay vida. En este universo todo está conectado; lo que ocurre es que el hombre está bombardeado constantemente por innumerables estímulos sensoriales, y esto le desconcierta, hasta el punto de que percibe los fenómenos como hechos aislados sin conexión entre sí. Pero la realidad es que todos los sucesos están interconectados entre sí a través las ideas. Las ideas que nosotros tenemos son en realidad sombras de las verdaderas ideas que conectan toda la malla.

Bruno dedicó varios trabajos al arte de la memoria. Consideraba que el olvido era una consecuencia del entendimiento deficiente, de nuestra incapacidad para ver la conexión que existe entre todos los fenómenos que nos aparecen aislados. Si el hombre fuera capaz de reconocer esa estructura coherente y orgánica en la que todo está perfectamente conectado, no tendría ningún problema en recordarlo todo, excluiría cualquier sombra de casualidad en su comprensión de la realidad, y se percataría de cuál es la verdadera concatenación de causas y efectos que la rigen. De ahí que identifique la memoria con el conocimiento de la realidad.

El hecho de convertir al universo en algo infinito, le sirve a Bruno para justificar la libertad humana. La toma de conciencia de esta libertad que encuentra su infundamento en la infinitud, no puede sino despertar en el ser humano un sentimiento de heroico furor, es decir, de entusiasmo contemplativo ante la grandeza ilimitada del universo. Quién ha experimentado este sentimiento, que es filosófico, místico y poético a la vez, verá convertida su vida de forma irreversible.

Bruno acaba con la distinción aristotélica entre mundos lunar y sublunar. Sólo existe un único universo infinito, poblado por infinitos mundos. Y si Dios es infinito, y su creación-el universo- también, no queda otra que concluir que ambas son una y la misma cosa. Todo es dios.

El nolano también rechaza los cuatro tipos de causa aristotélicos (causa material, formal, eficiente y teleológica), lo mismo que la distinción entre materia y forma o entre potencia y acto. Más que de causas prefiere hablar de "principio". No es que haya una o más causas externas a la materia responsables de los cambios que se producen en ella, sino que dentro de la materia está ya inserto el principio que actúa y es responsable de dichos cambios. Para explicar dicho principio, Bruno retoma el concepto neoplatónico de "alma de del mundo", para designar aquello que se hace presente en todos los ámbitos de la creación e impregna toda la materia, siendo su principal facultad el intelecto universal esparcido a través de la Naturaleza entera. Hasta el átomo más pequeño lleva a Dios dentro de sí, y por tanto todos ellos tienen la misma dignidad.

A diferencia de lo que pensaba Aristóteles, para quien el es una idea creada por los hombres para poder medir el movimiento, Bruno opina que el tiempo es algo que precede al movimiento, algo que se da per se, que existe con independencia de que haya movimiento o no. Para él, el tiempo es eterno, porque a Dios en su infinita e inmóvil perfección no se le puede atribuir ningún cambio. Por tanto, el universo y el tiempo existen desde siempre, Dios no pudo crearlo en ningún momento, puesto que su eternidad no conoce momentos. Eso sí, ese tiempo universal y eterno es experimentado de distinta manera en cada uno de los infinitos mundos que lo pueblan, en función de los movimientos que les son propios.

Para él, la religión debía servir a un doble propósito. Por un lado, debía servir para ordenar la convivencia. La religión no podía ir por libre con respecto a las leyes civiles. Religión y política, debían colaborar en la creación de una sociedad armoniosa y cohesionada, en la que los hombres convivieran pacíficamente. Todos los hombres sin excepción, llevaban inserto en su alma una parte de Dios, lo que les hace iguales en dignidad. Por eso fue muy crítico con la colonización de América. Y no solo los hombres, los animales y las plantas también tenían alma, también llevaban a Dios dentro de sí.

En cuanto a la polémica en boga en aquellos tiempos, sobre si el hombre podía salvarse gracias a su esfuerzo y a sus obras, Bruno fue de la opinión de que el hombre requería de su esfuerzo para salvarse, en contra de lo que pensaban los protestantes, para quienes la gracia divina era esencial para la salvación.

Bruno también confirió una enorme importancia a las manos, llegando a decir que estas son tan importantes como el intelecto, que eran lo que distinguían al hombre de las otras bestias. Las manos son el símbolo del esfuerzo, con ellas el hombre es capaz de transformar la naturaleza. El hombre, para alcanzar la virtud ha de ser capaz de combinar en igual proporción la contemplación y la acción, sin cualquiera de las dos, el hombre no puede llegar a alcanzar su máximo potencial. Por ello, Bruno rechaza la vida indolente y ociosa, considera que el hombre debe ejercitarse en el esfuerzo, y que la necesidad es en última instancia buena para él.

Inspirado en la obra hermética "El Asclepio", atribuida a Hermes Trismegisto (sabio mago y alquimista grecoegipcio de existencia legendaria), Bruno postuló la creación de una religión natural. Para ello se fijó en la antigua religión egipcia que veía a Dios en todas las cosas; no que todas las cosas fueran Dios, sino que Dios estaba presente en las cosas. En este sentido, llegó a decir que no es un salvador lo que el hombre necesita para encontrar a Dios: necesita simplemente de sí mismo y necesita tomar conciencia del hecho de que él mismo es Dios, en la medida en que es materia animada por un alma universal e infinita. La función que debería asumir la Iglesia es, como la de la religión egipcia, ayudar a tomar conciencia del hecho de que Dios está en todas las cosas.

En el apartado de la epistemología desarrolló lo que se conoce como su teoría de la asinidad, inspirada en los rasgos característicos del asno. Distinguió entre la asinidad negativa y la asinidad positiva. En la asinidad negativa sitúa a los partidarios de la filosofía aristotélica, a quienes acusa de ser excesivamente optimista sobre las posibilidades humanas a la hora de conocer; a los seguidores más ortodoxos de la religión católica, encadenados a un puerto de falsa seguridad que les impide alcanzar ningún conocimiento verdadero; y a los escépticos, que se rinden ante las dificultades que entraña la búsqueda de la verdad. Con la afinidad positiva lo que hace es resaltar aquellas virtudes del asno, como son la perseverancia, el esfuerzo y la humildad, virtudes necesarias para embarcarse en la búsqueda de la verdad. Para Bruno, la actitud correcta es la del héroe futioso, que es consciente de la imposibilidad humana de llegar a alcanzar la verdad absoluta, pero que aun así poner todo el empeño y no desiste en su búsqueda, sagedor se qud el esfuerzo requerido por si solo tiene valor en sí mismo.

A lo largo de su vida, Bruno mostró un enorme interés por la magia y la alquimia. Consideraba que estas disciplinas tenían valor filosófico porque podían servir para descubrir la red que entreteje el universo. La magia bien entendida ayuda a experimentar como el universo está íntimamente relacionado, conformando un todo único. Si todo está verdaderamente vinculado, si el cosmos entero no es sino la manifestación plural de una sola esencia, entonces debe ser posible experimentar los puntos de unión, los nodos entre todo aquello que existe. A Bruno le sorprendía que muchos de estos nodos, aun siendo iguales, mostraban enormes diferencias entre sí. Pensando en el caso de los hombres, todos iguales, se puede comprobar las enormes diferencias de intereses, carácter, deseos, etc. De ahí que el buen gobernante deba ser un poco mago y conocer muy bien los rasgos de sus súbditos, para poder organizarlos de la mejor manera posible, a fin de obtener lo mejor de dada uno y una sociedad lo más armoniosa posible. Dado que la naturaleza humana no cambia nunca, un buen líder debe en primer lugar, conocerse a sí mismo, y después conocer las capacidades, debilidades y deseos de sus gobernados, para poder organizarlos del mejor modo.

En los últimos años de su vida, Bruno fue sometido a un larguísimo proceso por parte de la Inquisición que le acusaba de sostener ideas heréticas. Dado que no se retractó de sus ideas, fue condenado a morir en la hoguera y quemado vivo en Roma.
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