3/5 Estrellas
Periódicamente asistimos a crisis mundiales, en las que se pone en juego el equilibrio de poder entre las principales potencias mundiales. En ellas, presidentes, reyes, primeros ministros, generales diseñan planes, estrategias sobre el papel que se traducen de forma mortífera en conflictos, que una vez iniciados, pueden quedarse en conatos o derivar en guerras a escala regional o mundial. Una vez que suenan los tambores, el río de la guerra puede ser imparable e impredecible.
En 1914, las principales potencias mundiales eran, todavía, europeas. Conflictos fronterizos, enconos generacionales, odios seculares, peleas coloniales acabaron explotando en la cara de una civilización occidental que en un principio no consideró demasiado relevante el asesinato del heredero Habsburgo al trono Austro-Húngaro a mano de un imberbe serbio, Gavrilo Princip. Parecía un conflicto regional, ya se arreglarían las cuentas entre ellos. Pero una red de alianzas absurdas, que comprometían las lealtades de unas naciones con otras, fue extendiendo el conflicto como una serpiente de piezas de dominó y, cuando los europeos se quisieron dar cuenta, se estaban pegando tiros y hundiéndose en el barro en la frontera franco-belga.
¿Cómo puede ser el ser humano tan descerebrado de mandar a la muerte a miles de hombres en cuestión de horas y de mantener un conflicto donde, al cabo de varios años, el terrible frente de trincheras se movió unos pocos kilómetros en una u otra dirección a costa de centenares de miles de muertos y de la destrucción total del territorio?
¿Cómo la mente humana puede justificar esto? ¿Cómo unos pueden mandar y los otros obedecer? ¿Qué mecanismos llevan a la deshumanización del que pergeña la masacre y del que sale al matadero?
En 1914 la tecnología militar ha avanzado de forma notable. Las ametralladoras, los obuses, los gases venenosos, los tanques, los submarinos, los zeppelines, los destructores, contribuyen a aumentar de forma exponencial la orgía de muerte. Poco se aprendió, unos años más tarde repetiríamos.
El autor nos plantea un acercamiento muy personal y muy crítico a este conflicto, repasando muchos de estos aspectos. A fuer de ser tan personal y de abordar el tema de forma muy poco sistemática e histórica se pierde visión del conflicto, que se centra sobre todo en el avance alemán sobre Francia, a través de Bélgica, que pretendía acabar con el ejército francés y con la guerra en pocas semanas, el Plan Schlieffen. No salió bien y todo acabó con el terrible empantanamiento de las trincheras y el agotamiento teutón.
En estos momentos asistimos a otra agitación del equilibrio de poder a nivel mundial. En este caso los europeos pintamos poco, ya lo dimos todo en las guerras mundiales. A ver que surge de todo esto. En cualquier caso, mientras los exaltados, extremistas, negacionistas y descerebrados sigan siendo capaces de alcanzar cotas de poder elevadas, estamos muertos.
El libro está bien. Vuillard siempre te ofrece otra visión de la Historia, al menos original.