En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército humanista, las tropas utilitarias alcanzan sus últimos objetivos militares. Margaret Thatcher gana batallas después de muerta y cada vez sucede menos, como quería Montaigne, que sea el gozar, y no el poseer, lo que nos hace felices. Todo lo malbarata esa apoteosis, y también se está apoderando de la práctica del alpinismo. En la actualidad, ocurre por ejemplo que al mismo tiempo que los clubes de montaña menguan en afiliación, ven incrementarse dramáticamente la media de edad de sus miembros y desesperan por atraer savia joven que garantice su supervivencia, esos mismos jóvenes abarrotan maratones de montaña que, con frecuencia, reciben varios miles de solicitudes para apenas unas decenas o cientos de plazas. Los runners se han ido adueñando de los caminos y de los grandes espacios naturales: de competir se trata estos días; de no dejar de hacerlo en ningún momento; de incluso el ocio convertir en negocio. Es contra ese thatcherismo alpinista que se yergue este ensayo y en defensa de un montañismo lento, porque en la estela del manifiesto Slow mountain de Juanjo Garbizu, hace suya la convicción de que nada bueno se ha conseguido jamás deprisa y corriendo, de que sólo en el campo semántico de la paciencia se alcanza la excelsitud humanística y de que la velocidad arruina e idiotiza. Ilustrado también, porque no lo es este alpinismo apresurado que buscando el apagamiento de los sentidos renuncia al aprendizaje que a través de ellos se obtiene; que no busca conocer, sino que lo conozcan; que no se atreve a saber, porque no se atreve a detenerse ni a renunciar a los laureles equívocos del éxito deportivo. Y anticapitalista además, porque sólo tal puede ser el ejercicio total, sincero, de estos principios que colisionan inconcesivamente con los que animan y sostienen la tiranía del capital
Quin guster. Una declaració d’amor a la muntanya i un beef sense pietat a qui només l’entén com un circuit de carreres. Funciona com a assaig sociològic però té capítols que podrien ser una bona novel·la d’aventures. M’ha fet idolatrar personatges desconeguts com Henriette d’Angeville o John Muir, matisar un ídol d’adolescència com en Kilian i acabar d’odiar un imbècil com n’Ajram. Per a una tortuga com jo és reconfortant pensar que la lentitud també pot ser revolucionària. Igo behar dugu!
Fantástico ensayo, canto de amor a la montaña, que va más allá, elaborando una filosofía necesaria para sobrevivir a la vorágine capitalista del siglo XXI, presentándonos personajes que representan perfectamente esos valores que, aunque puede que ahora perdidos, nos esforzamos en recuperar
¿En qué momento la montaña se convirtió en un estadio para competir en lugar de un espacio para contemplar su belleza?¿Cabe la posibilidad de reivindicar una vuelta a un alpinismo lento, o la obra de Pablo Batalla es un canto al aire?
Antes de anticipar la ¿reseña? del libro de Pablo Batalla “La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista” valga decir que quien escribe estas líneas a buen seguro guarde más de una semejanza con alguno de los seres del averno que el autor del libro crítica: los Jornets, Ajrames y Sanjuanes de turno. No tanto por las conquistas deportivas, a años luz de las de los mencionados, sino por la relación que he mantenido y mantengo con el deporte.
He corrido maratones, me encanta competir y he caído más de una vez en la trampa del discurso deportivo de superación personal. Y aunque fuera con un doble tono crítico-jocoso en torno a la alegoría deportiva dentro del discurso emprendedor, no puedo manifestar mi inocencia cuando en la portada de “Emprender en Criminología” salgo precisamente corriendo. Ni valga decir que el deporte forma una parte fundamental en mi vida y que no me gusta perder ni en las pachangas de futbito.
Dicho lo cual, toparme con este libro supone una interpelación directa a algunas de las perversiones que estamos alcanzando con esa noción de trasladar a todos los espacios de la vida cotidiana la competitividad propia de la esfera laboral. Y cómo ese círculo vicioso en el que el deporte solo se asocia al gen hipercompetitivo termina tornando en una validación del sistema capitalista: si trabajas duro y superas tus miedos, estarás en el lugar de los ganadores; de lo contrario, pasas a formar parte de lo lumpen, de la vulgaridad. Y por supuesto, estar en uno u otro bando depende de ti como individuo.
¿Cómo se estructura la obra de Pablo Batalla?
El libro cuenta con dos partes sustancialmente diferentes, tanto que incluso podrían ser independientes una de la otra, principalmente la primera sobre la segunda.
La primera parte elabora todo un diagnóstico en torno al auge de los espacios naturales y la montaña como lugares de competición invadidos por runners, speed climbers, bikers y un compendio de sujetos terminados en -ers que suponen una antítesis con la forma tradicional de entender la montaña. La velocidad y la puesta a prueba de uno mismo es el rasgo identificativo: cada vez se quiere correr más y cada vez se quiere hacer más rápido.
Como contraparte, el autor reseña la crisis sufrida por los Clubes de Montaña, con cada vez mayores dificultades para mantener su estructura y captar adeptos. ¿La causa? El ritmo de los Clubes de Montaña parece no ser el mismo que el que buscan los nuevos invasores de la montaña, más ávidos de experiencias rápidas, que les agoten la respiración y les vacíen la mente de todo los problemas que tienen en su día a día.
Se podría distinguir entre un montañismo lento de tomar conciencia frente a un montañismo de vaciar la conciencia. El segundo es una vía de escape mientras el primero sería una vía de búsqueda de significado.
La segunda parte de la obra el autor la dedica a predicar esa forma lenta de entender la montaña a través de lo que considera “Vidas ejemplares”, personas cuyas acciones o cuyo compromiso con el entorno natural que exploraban con minuciosidad de alguna forma podrían ser una fuente de inspiración o un modo de entender lo que quiere transmitir el autor con la idea del alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista.
Así, veremos pasar por esta segunda parte las historias de figuras como Henriette d’Angeville, Casiano de Prado, Henry Moore, John Muir, John Mallory o Parvaneh Kazemi.
¿Es posible vindicar un alpinismo lento hoy en día?
Iría más allá con la pregunta ¿Es posible vindicar algo lento en la sociedad actual?
Nos hemos acostumbrado tanto a obtener pequeñas gratificaciones de poco recorrido que parece que hayamos perdido la paciencia necesaria para hacer las cosas a un ritmo más pausado, pero con la gratificación de tener un mayor grado de conciencia sobre nuestras acciones.
Nuestro tiempo, o mejor dicho nuestra ausencia del mismo, también condiciona esa búsqueda del input placentero fugaz: nuestro día a día hace incompatible la búsqueda de actividades reposadas en las que el reloj no sea omnipresente. Tenemos vidas hiperprogramadas con un hueco tan pequeño para la ociosidad que nos vemos obligados a realizar actividades de consumo rápido.
Se corre en la montaña porque no queda tiempo para caminar.
¿Es posible vindicar un alpinismo ilustrado hoy en día?
Partiendo de la frase con la que cerramos la anterior cuestión: del mismo modo que se corre porque ya no queda tiempo para caminar, al no caminar se deja de pensar. Y al dejar de pensar se deja de entender la dimensión del entorno en el que se pasa veloz.
Los tiempos en los que la montaña era fuente de significación parecen quedar atrás, quedando para el autor como un producto de consumo vacuo en manos de los bobos (burgueses bohemios).
La montaña pasa a ser un escenario más, un souvenir, un lugar que ni se piensa ni se utiliza para pensar. Un escenario que ya solo se consume. Ya no cabe más literatura para la montaña, ahora el protagonista de la historia es el ego.
¿Es posible vindicar un alpinismo anticapitalista hoy en día?
Es fuente de crítica a lo largo de la obra la transformación de la montaña en negocio tanto a través de las figuras influyentes que se lucran con un discurso lifestyle aparentemente apolítico pero de carácter abiertamente liberal cuyo rasgo característico es la megalomanía. Figuras que incitan a la superación personal a través del autoejemplo, figuras que Batalla ve en connivencia con el egoismo de Stirner.
A ello se suma el auge de las competiciones cada vez más extremas, pensadas para que el propio participante precisamente pueda colgarse la medalla de que puede con todo en la vida: trails, ultras, titans, y toda una suerte de eventos extremos con precios prohibitivos en algunos casos y cuyo impacto en la naturaleza cuenta todavía con pocos estudios al respecto. Pruebas en las que importa más uno mismo que el territorio y la historia que lo envuelve y lo hace trascendente.
¿Existen excepciones a este tipo de pruebas? Según menciona el propio autor, todavía queda lugar para eventos que adquieran a la vez un compromiso firme con el entorno en el que se celebran, como el caso de la Sahara Marathon.
¿Guarda esperanza el autor por recuperar el terreno perdido de ese alpinismo lento?
Quizá si nos quedáramos solo con lo narrado en la primera parte, con la relativa al diagnóstico del estado del montañismo, la conclusión que nos llevaríamos es que el autor se muestra resignado a aceptar que reivindica una época que ya no volverá.
Sin embargo, es gracias a la segunda parte dedicada a las figuras ejemplares pasadas y presentes que Pablo Batalla parece albergar ese hueco para la esperanza. Figuras que emergen con compromiso y sacrificio ante aparentes causas perdidas pero que terminar triunfando en su empresa (ups, esto último precisamente ha quedado un poco Ajram style).
5 claves por las que vale la pena leer “La virtud en la montaña” de Pablo Batalla
1. Es un libro sincero, sin medias tintas y cargado de amor por la montaña. 2. Desentraña el vacío discurso de alguno de los referentes de ese montañismo de consumo rápido. 3. Su postura va a contracorriente y como tal dará lugar a que más de uno se dé por aludido durante su lectura. 4. La segunda parte sobre vidas ejemplares permite de algún modo recorrer la montaña a través de figuras que para el autor merecen ser reconocidas. 5. La dimensión de muchas de las disertaciones de Pablo Batalla va más allá de la noción de montañismo que debe pervivir.
Precioso, duro y para nada imparcial. Si lo que esperas es un libro sobre montaña, vas listo. Durísima crítica al montañismo de ahora y a cómo el capitalismo más salvaje invade cada milímetro de nuestro ocio, una oda a la vida lenta y pausada, a la reflexión y al deleite que los picos nos ofrecen. Muy radical, fuerte y firme en afirmaciones, pecando de sentimentalismo en algunas páginas. Un libro obligatorio para todos aquellos que nos gusta patear desniveles.
A ratos un poco agresivo o como que barre para casa, romantizando hasta un extremo el romanticismo de la escalada y la montaña, pero en general me ha parecido un punto de vista muy interesante, e incluso me he reído bastante. Las referencias bibliográficas me han gustado mucho también!
He aprendido bastantes cosas y me ha hecho replantearme algunas actitudes, cabrearme con el turbocapitalismo bajo todas sus formas, tener ganas de ir al monte (que las tengo siempre) y de apuntarme a un club de montaña (que las tengo nunca)... Pocas cosas más se le pueden pedir a un libro. Recoge, además, un montón de referencias interesantes a la filosofía, historia, política, arte/literatura, feminismo, ecologismo...
Apenas suelo leer ensayos, pero el autor usa un lenguaje tan claro y directo que todo su discurso se sigue sin problema; no lo hace más denso o rebuscado de lo necesario para parecer más listo. Me ha gustado más la primera mitad, donde desarrolla la mayoría de las ideas, que la segunda, con relatos de las vidas de algunxs alpinistas y que es un poco más irregular. Los capítulos intercalados, donde el autor cuenta algunas de sus propias experiencias, emocionan y transmiten mucho amor por la montaña.
"Hoy, ya se sabe, es más fácil imaginarse el fin del mundo que el del capitalismo".
La segunda mitad tiene partes que me han gustado, pero la primera es muy cansina, se trata básicamente de criticar a killian Jornet. Moralista, sólo está bien lo que al autor le gusta. Mira que soy una defensora de la vida slow, del decrecimiento, contemplar y el humanismo, pero este moralismo es violento.
Un ensayo muy trabajado de lo que nunca debería de haber dejado de ser la montaña, el montañismo y los montañeros. De lo que más me ha gustado en los últimos 10 años. Ojo.