Durante toda la noche había estado oyendo el constante martillear de los que levantaban el patíbulo. Por la mañana, cuando una claridad color plomo penetró a través de la única ventana de la celda, se hizo el silencio. A Jerry y a Richard les habían dejado tranquilos para dormir cuando ya no les quedaba un ápice de sueño. —Desde aquí puedo ver la horca —dijo Jerry sin moverse de la litera—. Da risa pensar que un tipo como yo ha estado haciendo trabajar a cuatro honrados carpinteros durante toda la noche. —Debes de ser un hombre importante, Jerry —opinó el otro, con los ojos entrecerrados—. Aquí no levantan un patíbulo por cualquiera. Cuelgan a casi todo el mundo de un árbol.
Uno de los primeros westerns de González Ledesma. Un tanto deslavazada y con un final demasiado brusco pero con bueno momentos de tensión y un protagonista interesante y bien descrito.
Las novelitas del oeste supusieron un antes y un después en mi vida como lector. Antes yo ya leía, y bastante, para los estándares de la época. Tenía todos los Hollister, los Siete Secretos, los Cinco, los tres investigadores de Hitchcock y todos los Mortadelos, Rompetechos, ZipiZapes, Sacarinos y 13 Rue del Percebe que había podido encontrar en mi haber. Y sin embargo, cuando descubrí estas novelitas -salían los viernes, tenían 90 páginas y costaban 90 pesetas (5 años antes costaban 50, en un año pasaron a costar 100, y 10 años después estaban en 175. Gran medidor inflacionario, estas novelillas)- me aficioné muchísimo (pero muchísimo) a ellas. Las había de ciencia ficción (Espacio), de "espías", de terror, románticas y del Oeste, que yo recuerde. Pero solo me enganché a estas últimas. Durante tres años, del 89 al 91, fui fielmente al kiosko todos los viernes a pillar lo que viniera. Cuatro novelitas de media a la semana, 52 semanas al año, al menos 3 años, salen casi 700 novelitas del Oeste que disfruté una a una.
Silver Kane siempre estaba, igual que Clark Carrados. Eran estajanovistas de la novela del Oeste. Los demás estaban a veces: Donald Curtis, Joseph Berna, Lou Carrigan, Keth Luger... Todos eran seudónimos de escritores que vivían de encadenarse a la mesa, aunque algunos fueran además novelistas en toda regla: Silver Kane era Antonio González Ledesma, padre de Enric González. En esta breve historia de las novelitas del Espacio se los menciona a casi todos (le daban a todos los palos, por supuesto).
Tras arrancar con los tebeos y las novelas infantiles, a los 14 comencé con esta fase que luego me llevaría a una vida lectora más al uso, pero esto fue mi verdadero trampolín. Recuerdo mi época de novelitas con muchísimo cariño.