Leer Temporada de Avispas es echar un ojo a escondidas al diario que Nuria escribe desde que es pequeña, donde odia a Javier, hasta que en la treintena describe cómo odia su trabajo.
Es echar la mirada atrás, a la infancia. Es mirar a tu madre y saber que ella lo hizo lo mejor que sabía y podía, y que no es la mala de la historia. Es un relato íntimo, que pasa volando, en un suspiro. Un diálogo sin diálogos, imagen tras imagen. Es una historia tranquila, sin pretensiones, pausada, calmada. Donde no pasa nada, y a su vez pasa todo. Es una reconciliación con un padre ausente, con una familia extraña. Es un recorrido por los fantasmas del pasado y del presente. Es un perdón, y un lo siento. Es la casa de la playa, las calles de Madrid, es el hospital, la revista, el colegio, el autobús, la piscina. Son las avispas, las hojas secas, los bichos muertos flotando en el agua. Son las fotos y las cartas. Son los recuerdos. Es la precariedad, la treintena, los pisos zulos. Es el trabajo de mierda, el paro. Son los libros, cuadernos, rotuladores, cómics y servilletas.