Angel González (Oviedo, 1925) es sin duda uno de los mayores y más representativos poetas de la « Generación poética del 50 ». El presente volumen recoge ciento un poemas seleccionados por el propio autor de su ya mítica obra « Palabra sobre palabra », además de 19 poemas inéditos. Ángel González obtuvo el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1985 y en 1996 el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. En este mismo año de 1996 fue elegido miembro de la Real Academia Española
Nació en Oviedo el 6 de septiembre de 1925. Su infancia se vio fuertemente marcada por la muerte de su padre, fallecido cuando apenas tenía dieciocho meses de edad. La descomposición del seno familiar continuó durante la Guerra Civil Española, cuando su hermano Manolo fue asesinado por el bando franquista en 1936. Posteriormente su hermano Pedro se exilió por sus actividades republicanas y su hermana Maruja no pudo ejercer como maestra por el mismo motivo. En 1943 enferma de tuberculosis, por lo que inicia un lento proceso de recuperación en Páramo del Sil, donde se aficiona a leer poesía y empieza a escribirla él mismo. Tres años más tarde se halla ya por fin recuperado, aunque siempre arrastrará una insuficiencia respiratoria que al cabo le produciría la muerte, y decide estudiar derecho en la Universidad de Oviedo; en 1950 se traslada a Madrid para estudiar en la Escuela Oficial de Periodismo. El poeta Luis García Montero ha publicado en 2009 Mañana no será lo que Dios Quiera, donde con un lenguaje poético y emocionado cuenta estos primeros años de la vida de Ángel González. Cuatro años después, en 1954, oposita para Técnico de Administración Civil del Ministerio de Obras Públicas e ingresa en el Cuerpo Técnico; le destinan a Sevilla, pero en 1955 pide una excedencia y marcha a Barcelona durante un periodo en el que ejerce como corrector de estilo de algunas editoriales, entablando amistad con el círculo de poetas de Barcelona, formado por Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma y José Agustín Goytisolo; en 1956 publicó su primer libro, Áspero mundo, fruto de su experiencia como hijo de la guerra; con él obtuvo un accésit del Premio Adonais. Vuelve a Madrid para trabajar de nuevo en la Administración Pública y conoce al grupo madrileño de escritores de su generación, Juan García Hortelano, Gabriel Celaya, Caballero Bonald y algunos poetas más.
He querido leer a Ángel González para revivir mis primeras clases de Comentario de texto del año pasado porque extraño la filofac a muerte. Me ha gustado mucho, pero creo que a partir del año 1975 el poeta que a mí me gusta va cada vez a menos. En los primeros poemas se nota muchísimo la influencia de Salinas -como dice Luis García Montero en el prólogo-, pero luego deriva hacia una estética más urbana y abstracta que no me ha encantado tanto. 3.5🌟
Descubrí a Ángel González hace unos años a través de un disco que compartió con Pedro Guerra, me encantó el tono de su voz y la musicalidad de sus poemas, varios de los de ese disco aparecen acá en su versión completa. A mi parecer uno de los grandes poetas hispanos del último tiempo.
Ángel González es uno de los mejores poetas que ha dado España. Y no lo digo únicamente yo: lo dicen sus libros, sus reconocimientos y, sobre todo, el enorme legado que ha dejado en generaciones de poetas posteriores. Si alguien todavía no lo conoce, esta antología me parece una de las mejores maneras de acercarse a él. Porque en sus páginas aparece, de una forma casi completa, aquello que hace reconocible su poesía: el autodescubrimiento, la sencillez, la cotidianidad, el amor, el paso del tiempo y esa capacidad tan suya de convertir cualquier pequeño acontecimiento en algo digno de ser escrito.
Esta antología se presenta, por tanto, como un libro fundamental para conocer al poeta asturiano. Un recorrido por diferentes momentos de su obra, acompañado por un prólogo de Luis García Montero, uno de los poetas que mejor ha entendido y continuado buena parte de la tradición de González. La selección permite observar cómo evoluciona su escritura, cómo cambia su manera de mirar el mundo y cómo, detrás de diferentes formas y registros, permanece siempre una misma obsesión: la vida. Porque la poesía de Ángel González es, en buena medida, una forma de mirar la vida con una precisión casi quirúrgica. Habla de lo cotidiano sin necesidad de convertirlo en algo grandilocuente. Habla del amor, del deseo, de la memoria, de la vejez, de la muerte o de la política, pero siempre consigue que lo aparentemente pequeño termine adquiriendo una dimensión enorme. Sus metáforas no buscan alejarse de la realidad, sino iluminarla. Y quizá ahí esté una de sus mayores virtudes: en su sencillez. González consigue escribir poemas aparentemente sencillos que, cuando uno vuelve sobre ellos, esconden una profundidad enorme. Un ejemplo perfecto es «Me basta», uno de esos poemas en los que el amor deja de ser una idea abstracta para convertirse en la contemplación absoluta de otra persona:
ME BASTA Si yo fuese Dios y tuviese el secreto, haría un ser exacto a ti; lo probaría (a la manera de los panaderos cuando prueban el pan, es decir: con la boca), y si ese sabor fuese igual al tuyo, o sea tu mismo olor, y tu manera de sonreír, y de guardar silencio, y de estrechar mi mano estrictamente, y de besarnos sin hacernos daño -de esto sí estoy seguro: pongo tanta atención cuando te beso-; entonces,
si yo fuese Dios, podría repetirte y repetirte, siempre la misma y siempre diferente, sin cansarme jamás del juego idéntico, sin desdeñar tampoco la que fuiste por la que ibas a ser dentro de nada; ya no sé si me explico, pero quiero aclarar si yo fuese Dios, haría lo posible por ser Ángel González para quererte tal como te quiero, para aguardar con calma a que te crees tú misma cada día, a que sorprendas todas las mañanas la luz recién nacida con tu propia luz, y corras la cortina impalpable que separa el sueño de la vida, resucitándome con tu palabra, Lázaro alegre, yo, mojado todavía de sombras y pereza, sorprendido y absorto en la contemplación de todo aquello que, en unión de mí mismo, recuperas y salvas, mueves, dejas abandonado cuando -luego- callas... (Escucho tu silencio. Oigo constelaciones: existes. Creo en ti. Eres. Me basta.)
Lo maravilloso de este poema es que González consigue construir una declaración de amor inmensa a partir de cosas aparentemente insignificantes: una sonrisa, un silencio, un beso, una mano. Incluso introduce el juego de imaginarse Dios para terminar llegando a una conclusión profundamente humana: no quiere crear a alguien perfecto, quiere ser Ángel González para poder querer a esa persona tal y como es. Y es precisamente esa humanidad la que hace que su poesía siga funcionando tantos años después. González no escribe desde una posición distante, como si estuviera por encima de aquello que cuenta. Escribe desde dentro de la vida. Se equivoca, desea, recuerda, envejece, ama y observa cómo todo aquello que parece permanente termina desapareciendo. Por eso leerlo es, en cierto modo, reconocerse.
Sin embargo, creo que su poética varía bastante a lo largo de su trayectoria, como es lógico. Personalmente, me quedo con la primera parte de su obra. Hay en esos poemas una frescura que me resulta muy atractiva, una manera directa de acercarse al lector sin perder nunca la profundidad. Después, su poesía se vuelve en determinados momentos más metafórica, más compleja y, en ocasiones, más enrevesada. Pero incluso ahí merece muchísimo la pena detenerse, pues aparecen poemas en los que el paso del tiempo se convierte en el gran protagonista. El tiempo en Ángel González no es simplemente algo que pasa: es algo que transforma, que desgasta, que devuelve recuerdos y que termina modificando nuestra manera de mirar aquello que fuimos. En esa etapa aparecen además numerosos guiños históricos, mitológicos y literarios que enriquecen sus imágenes y demuestran hasta qué punto su poesía dialoga con toda una tradición anterior.
Y eso es algo que me encanta de González: puede partir de una referencia culta, de un personaje histórico, de un mito o de otro poema y conseguir que termine hablando de nosotros. La cultura nunca aparece como un adorno. Está al servicio de la emoción.
Ángel González es, en definitiva, un poeta que demuestra que la poesía no necesita alejarse de la vida para ser grande. Al contrario: puede encontrar la belleza en una conversación, en un beso, en una habitación, en un recuerdo o en la simple conciencia de que estamos envejeciendo. Su poesía tiene humor, ternura, ironía, deseo, melancolía y, sobre todo, una extraordinaria capacidad para mirar de frente aquello que somos.
Acabo de descubrir uno de mis poetas favoritos hasta el momento.
Con un manejo del ritmo brillante y con una ironía única característica, Ángel González, a través de un uso económico de palabras nos habla del amor, la poesía social, las reflexiones sobre cosas que para muchos son de la monotonía cotidiana y así, entre un poema y otro te va guiando por perspectivas fascinantes que se quedan resonando en ti. Me quedo con varios de estos poemas en mi colección.
Por aquí dejo uno de mis favoritos de esta antología:
"Despertar para encontrarme esto: la vida así dispuesta, el cielo turbio, la lluvia que lame los cristales. Abrir los ojos para ver lo mismo, poner el cuerpo en marcha para andar lo mismo, comenzar a vivir, pero sabiendo el fracaso final de la hora última. Si esto es la vida, Dios, si éste es tu obsequio, te doy las gracias —gracias— y te digo: Guárdalo para ti y para tus ángeles. Me hace daño la luz con que me alumbras, me enloquece tu música de pájaros, pesa tu cielo demasiado, oprime, aplasta, bajo y gris, como una losa. Todo está bien, lo sé. Tu orden se cumple. Pero alguien envenenó las fuentes de mi vida, y mi corazón es pasión inútil, odio ciego, amor desorbitado, crisol donde se funden contrariedades con contradicciones. Y mi voluntad sigue, inútilmente, empeñada en la lucha más terrible: vivir lo mismo que si tú existieras."
El prólogo de Luis García Montero aclara la línea poética de Ángel González. Explica recursos utilizados en poemas señalados y esto permite ver la evolución del autor, al igual que nos da pistas sobre el momento histórico en el que el autor escribió cada poema. Esta edición, a parte de rescatar algunos de mis poemas favoritos, recoge poemas inéditos y fragmentos. Estas dos han sido mis favoritas
"(...) los hilos de tristeza que formaban la trama de la vida (inconsistente tela, pero qué estambre terco, la esperanza)."
ha sido un viaje por una obra delicada y preciosa, con cuidado de cada detalle, y con un tono íntimo y, en ocasiones, irónico e irreverente, que hace que el autor te acerque aún más a su obra.
De gran facilidad rítmica y sagaz ironía, me he llevado varios poemas de este libro conmigo. No le pongo cinco por aquellas postales que no resultan ni ingeniosas ni incisivas.
ÁSPERO MUNDO (1956) Un hombre con un año para nada delante de su hastío para todo.
CUMPLEAÑOS Yo lo noto: cómo me voy volviendo menos cierto, confuso, disolviéndome en aire cotidiano, burdo jirón de mí, deshilachado y roto por los puños.
Yo comprendo: he vivido un año más, y eso es muy duro. ¡Mover el corazón todos los días casi cien veces por minuto! Para vivir un año es necesario morirse muchas veces mucho.
FINAL Entre el amor y la sombra me debato: último yo.
Prendido de un débil sí, sobre el abismo de un no, me debato: último amor.
Tira de mis pies la sombra. Sangran mis manos, mis dos manos asidas al frío aire: último dolor.
Éste es mi cuerpo de ayer sobreviviendo de hoy.
IGUAL QUE SI NUNCA ¿Es algo más que el día lo que muere esta tarde? El viento¿qué se lleva, qué aromas arrebata? Desatadas de golpe, las hojas de los árboles ciegas van por el cielo. Pájaros altos cruzan, se adelantan a la luz que los guía.
Sombría claridad será ya en otra parte —por un instante sólo— madrugada.
Con banderas de humo alguien me advierte:
—Míralo todo bien; eso que pasa no volverá jamás y es ya igual que si nunca hubiese sido efímera materia de tu vida.
Trascendente. No he podido disfrutar a alguien más que exalte tanto la poesía del tiempo como este autor. Exhibe un control impresionante del enfrentamiento y derroche del tiempo sobre nuestras existencias. Y de todo lo demás, también habla. Uno de mis más favoritos.
Mis poemas favoritos: para que yo me llame Ángel González, trabajé el aire, ayer, camposanto en colliure, elegido por aclamación, me basta así, otras veces, hoy, igual que si nunca, el día se ha ido, diatriba contra los muertos, acaso un nombre pueda modificar un cuerpo, al lector.
Este poemario me lo regaló una persona muy especial para mí. Un 8 de noviembre del 2017, cuando aún estaba en 2° de carrera y no entendía mucho de literatura (tampoco hoy lo hago). Ahora que lo releo, me encuentro con mi yo de esa época y me fascina leerlo como yo de ahora. Ángel González fue, ante cualquier etiqueta, un poeta: un explicador de sentimientos, un músico de letras.
"Del fragmento deduzco la grandeza, De la totalidad la pequeñez..."
"CUMPLEAÑOS".
Yo lo noto: cómo me voy volviendo menos cierto, confuso, disolviéndome en aire cotidiano, burdo jirón de mí, deshilachado y roto por los puños.
Yo comprendo: he vivido un año más, y eso es muy duro. ¡Mover el corazón todos los días casi cien veces por minuto!
Para vivir un año es necesario morirse muchas veces mucho.
Leer y releer a Ángel González es reconocer a un poeta con mayúsculas. Sencillez, que no simplicidad, cercanía, lo cotidiano, el paso del tiempo, las heridas abiertas o mal curadas que dejan cicatrices reumáticas que se hacen crónicas, nostalgias y un sentido del humor que sirve de escudo protector y de maestro. Adjetivos, adverbios... palabras que juegan, alejadas de artificios y florituras para quedarse con la pregunta, porque como dice Ángel González: " la pregunta debe estar detrás de la respuesta, porque la pregunta sólo tiene sentido en contra de lo que suele decirse". "Pero no es cierto; hay algunas respuestas verdaderas: nunca, nada, jamás, tampoco, no, mentira".
"Tú, Piedra, hijo de Pedro, nieto de Piedra y biznieto de Pedro, esfuérzate para ser siempre piedra mientras vivas, para ser Pedro Petrificado Piedra Blanca, para no tolerar el movimiento para asfixiar en moldes apretados todo lo que respira o que palpita."
"Lo malo que tienen los muertos es que no hay forma de matarlos. Su constante tarea destructiva es por esa razón incalculable. Insensibles, distantes, tercos, fríos, con su insolencia y su silencio no se dan cuenta de lo que deshacen."
Es una antología que recoge algunos poemas de sus poemarios atravez de los años.
Adoro su estilo en el cual hace una crítica social y personal, utiliza la íronia y otros recursos para hacerlo. Algunos son fuertes, otros profundos. Suelen llamarlo a este estilo, "poesía social".
Aveces se pone pesimista, pero en realidad no se aleja mucho de tener razón.
Acabo de leer/conocer a mi nuevo escritor y poeta favorito. Para mi, leerlo, resulto totalmente innovador.
Ángel González es la perfecta unión entre el romanticismo y la fina ironía. Todo este poemario me ha resonado de una forma u otra y me ha encantado descubrirle.