«Hola: Mi nombre es Eva. Es importante que no me abras. Lo que hay dentro de mí no es de dominio público. Soy la alegre vida privada de una niña que ve el mundo desde unos ojos tristes. Soy los datos personales que van un poco más allá del nombre, la edad o los dígitos del pasaporte. Soy los números de la inseguridad social con la que crece por crecer en un país que “coquetea continuamente con todas las formas en las que puede ir mal”. Soy su amiga imaginaria. Soy el mundo real en el que desearía vivir.
En el caso de que me hayas encontrado en un lugar en el que se supone que no he de estar, por favor, deposítame en la sección de objetos perdidos. Y no te preocupes, vendrán a por mí».
Cómo escribe César Brandon, es que no tengo palabras. Todas las palabras que utiliza, los conceptos, las metáforas. De verdad que de los mejores poetas de ahora.
Hola, Eva: ¿Te he contado el cuento del niño que acabó sin manos por leer? Era un niño cuyo padre no estaba de acuerdo con los libros que leía. Eran libros que él no consideraba «buenos». Y siempre que le pillaba leyendo le amputaba una parte del cuerpo. Hasta que al final, cansado, resignado y enfadado porque su hijo no dejaba de leer lo que le hacía feliz, le dijo: —Debí haber empezado por tu corazón. —Todavía no lo entiendes —le respondió el hijo—. Debiste haber empezado por mis ojos. El corazón no lo necesito para leer a esos pobres desgraciados como yo.